La importancia de llamarse Ferrari

El amanecer de la temporada 2011 en el Mundial de Fórmula 1 sobresaltó a Ferrari con una cruel revelación: la de constatar, con la mayor parte del campeonato todavía por disputarse, que alcanzar el título iba a ser poco menos que una quimera. Reducidas sus opciones por la extraordinaria superioridad de los Red Bull, la lógica imponía una única salida: olvidarse del presente y comenzar a trabajar para reconquistar el Mundial en 2012. Pero ese tipo de ideas, por sensatas que puedan parecer, no entran en la filosofía de la marca italiana, a cuya esencia van siempre asociados la ambición y el espíritu ganador.

Debería el amante de la F1 agradecer sinceramente ese espíritu combativo, así como el de McLaren. Gracias a ello, lo que podría haber sido el campeonato más aburrido de los últimos años (incluso a la altura de aquel de 2009 en que los Brawn GP sentenciaron el título con meses de antelación) se ha tornado en todo lo contrario: un Mundial plagado de carreras vibrantes y en el que, pese a lo difícil de la empresa, nadie descarta que Sebastian Vettel pueda todavía dilapidar la cómoda renta que le mantiene en lo alto de la clasificación.

La incorporación del DRS y otros retoques en la normativa han ayudado considerablemente a mejorar el espectáculo, pero nada de ello habría servido de mucho si McLaren y Ferrari hubieran arrojado la toalla cuando ya parecía claro que tenían el Mundial perdido. Ambos han seguido trabajando por situar sus monoplazas a la altura de los Red Bull, y a fe que sus esfuerzos han resultado productivos. Aunque en la calificación todavía suelen dominar los coches de la bebida energética, en carrera McLaren y Ferrari se han mostrado incluso superiores en algunos de los últimos grandes premios. No en vano, de no haber arrasado Vettel en las primeras citas del año, estaríamos seguramente ante el Mundial más emocionante jamás visto, pues son apenas 15 los puntos que separan a los cuatro pilotos que persiguen al alemán (Fernando Alonso, Jenson Button, Lewis Hamilton y Mark Webber).

La temporada ha alcanzado su ecuador y, pese a que el título parece decidido, pocos serán los que abandonen la cita de los domingos al mediodía en frente del televisor. Carreras como la de Hungría son las que crean afición, independientemente de que haya mucho o poco en juego en lo que a la clasificación general se refiere. Además, la capacidad que Ferrari y McLaren han demostrado para evolucionar sus monoplazas con éxito invitan a mirar con optimismo el futuro cercano del Gran Circo, que evoluciona en la buena dirección para favorecer la emoción y el espectáculo, algo que el público menos apasionado siempre le había reclamado.

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Errores de principiante en el Tour

Johnny HoogerlandEl Tour de Francia 2011 está dejando algunas de las imágenes más macabras que en los últimos años se recuerdan. Las caídas y los accidentes han acaparado el protagonismo en el inicio de la ronda gala. No en vano, apenas transcurridas nueve etapas, no llegan los dedos de las manos para contar los lesionados de gravedad que han tenido que hacer las maletas para, previo paso por el hospital, regresar a sus casas.

Por lo general es injusto hablar de culpables habida cuenta del grado de peligrosidad que implica rodar por carreteras secundarias a 90 kilómetros por hora sin más protección que un minúsculo casco. El infortunio -un manillar que se engancha con otro, una cadena que se sale en el momento más inoportuno- suele tener gran parte de culpa en la mayoría de incidentes. Sin embargo, en el presente Tour, ya desde los primeros días, los ciclistas han denunciado varios errores de organización impropios de la ronda más importante; errores que, posiblemente, de no haberse cometido hubieran ahorrado más de un disgusto.

Curvas peligrosas mal señalizadas, carreteras o tramos demasiado estrechos y -lo que más ha impactado a la opinión pública- conductores sin el más mínimo respeto por quienes, aferrados a un manillar, se juegan el esfuerzo de toda una temporada en tres semanas de sufrimiento. Son descuidos que serían normales en cualquier vuelta menor. Pero no en el Tour. Parece mentira que una carrera de tanto prestigio falle en cuestiones organizativas tan básicas.

La embestida del coche de la televisión francesa a Juan Antonio Flecha es el ejemplo más flagrante. Ningún conductor con dos dedos de frente o, al menos, con cierta experiencia en el mundo del ciclismo se hubiera decidido a realizar ese adelantamiento en un lugar tan inadecuado, como si los corredores fueran un elemento secundario o simplemente no estuviera allí. Tampoco es cuestión de crucificar al hombre, que tal vez se puso excesivamente nervioso al ver que le pedían paso por detrás. Pero estas cosas se solucionan con algo más de criterio a la hora de dar los volantes de los coches que participarán en la carrera. De hecho, algunos medios franceses aseguran que el conductor era un conocido presentador de la televisión gala.

A buen seguro que el Tour cuidará más esos detalles a partir del año próximo. Sin embargo ya no podrán reparar el daño causado a corredores como Johny Hoogerland o Alexandre Vinokourov. Es una pena que tengan que suceder desgracias de este tipo para que uno se dé cuenta de las cosas que está haciendo mal.

'Chapeau' por Roberto Martínez y su Wigan

Como jugador apenas disputó unos partidos en Primera, nunca ha entrenado en España y su apellido carece de la sonoridad de otros como Guardiola, Emery o Del Bosque. Para el público mayoritario Roberto Martínez probablemente no sea más que el nombre de un antiguo compañero de clase. Pero los amantes del buen fútbol saben perfectamente que Bob, como le conocen en Inglaterra, es uno de los mejores técnicos españoles de la actualidad. En una liga tan competitiva como la Premier y con uno de los presupuestos más bajos de la categoría, el entrenador de Sabadell ha conseguido mantener al modesto Wigan entre la élite por segundo año consecutivo, un logro que bien podría alcanzar la categoría de proeza teniendo en cuenta el carácter demostrado por Martínez y la prodigiosa reacción de sus jugadores en las últimas jornadas.

Estuvieron sumidos en el descenso durante 34 fechas de las 38 con las que cuenta el campeonato. Sin embargo, la serenidad de Roberto Martínez fue todo lo que necesitó la afición del Wigan para saber que iban a salvarse. Elegido mejor jugador de la historia del club (donde jugó seis temporadas procedente del Zaragoza), Martínez es un ídolo en esa pequeña ciudad de la región de Gran Manchester. Y allí, convencidos los fans de que poseen a unos de los managers con más talento de la Premier, supone todo un alivio escuchar las palabras condundentes y tranquilizadoras del español después de cada tropiezo.

Y lo cierto es que este año Martínez ha tenido que serenar a las masas desde el micrófono en más de una ocasión, pues durante los dos primeros tercios de la temporada el rendimiento del equipo fue muy preocupante. En un vestuario en el que han llegado a convivir 22 nacionalidades distintas y en el que cada año varían unos cuantos nombres, no es fácil conseguir la adaptación de todos a la minuciosa metodología del sabadellense. Roberto Martínez se ha hecho un nombre en las islas por conseguir que sus equipos jueguen con un estilo más español que inglés, más creativo que directo y con más toque que músculo. Pero el proceso para conseguir imponer esos ambiciosos planteamientos, plagada la plantilla de futbolistas que apenas se conocen entre sí, es inevitablemente lento. Y ello lo han evidenciado esta campaña más incluso que en la anterior, en la que habían destacado por ser un equipo de lo más cambiante, tan capaz de propinar una goleada escandalosa como de recibirla dos días después.

Es loable, sin embargo, el trabajo del técnico español para conseguir, a base de constancia y de confianza en sus métodos, extraer lo que quiere de sus jugadores. Tardó, pero en el último tercio de la temporada el Wigan fue exactamente lo que su afición y sus preparadores deseaban que fuera. Con solo dos derrotas en los últimos nueve partidos y con un cautivador despliegue de buen fútbol en las cuatro jornadas decisivas, los Latics lograron in extremis el objetivo del que su entrenador nunca había dudado. Seguir al Wigan en estas fechas finales de la Premier ha sido una experiencia que devolvería la pasión por el deporte rey hasta al espectador más desencantado. En los medios españoles no se le ha otorgado todo el reconocimiento que merece, pero Bob Martínez está, con toda probabilidad, a la altura de los mejores técnicos nacionales. Si consigue reforzar el equipo este verano sin perder a sus principales estrellas, seguro que empezará también a acaparar portadas a este lado del canal.


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Con Mussolini el deporte era más rentable

La Universidad Carlos III de Madrid acaba de publicar un estudio que cifra en 40 millones de euros el dinero que cuesta fabricar un oro olímpico. Es decir, que esa es, aparentemente, la inversión que un Gobierno ha de realizar para que un deportista alcance la gloria en los Juegos. ¿Es éste un ejemplo más del escaso criterio con el que se gestiona el gasto en investigación? Si Benito Mussolini despertara del sueño eterno podría, seguramente, ofrecer una opinión contundente al respecto.

El otrora dictador italiano fue un maestro en el arte de utilizar el deporte para el ensalzamiento de su persona y del régimen fascista. Sus mecanismos propagandísticos incluyeron una forma de rentabilizar la inversión en deporte que, de seguir vigente, bien podría haber contradicho a los citados investigadores de la Carlos III.

Italia finalizó en séptimo lugar en los Juegos Olímpicos de París 1924, conquistó un impresionante segundo puesto en Los Ángeles 1932 y ganó más de veinte medallas en Berlín 1936. Todo ello siguiendo una estrategia muy sencilla: centrar gran parte de sus inversiones y esfuerzos en los deportes más minoritarios, los menos populares y en los que la competencia es mucho menor, como por ejemplo las diferentes modalidades de tiro y las disciplinas menos practicadas del atletismo.

¿40 millones de euros por un oro olímpico? Parece difícil pensar que formar un equipo competente de cama elástica, de curling o de sófbol pudiera costar tanto. El hecho de que en los Juegos Olímpicos se incluyan deportes de tan escaso pedigrí bien podría servir de incentivo para que algún país retomara las prácticas de Mussolini en nuestra época para tratar de triunfar sin tener que desembolsar (si es que el estudio tiene algo de cierto) esos 40 kilos.

El deporte, herramienta del fascismo italiano

No sólo en ese aspecto se sirvió Mussolini del deporte. Empeñado en adoctrinar al pueblo para crear una especie de veneración hacia su figura, el Duce se retrataba frecuentemente como un valeroso jinete, un experto tenista, un gran campeón de esgrima o un musculado atleta. Fotografías que luego hacía llegar a los italianos con la intención de suscitar su admiración.

Las actividades deportivas adquirieron también una relevancia importante en la integración de los jóvenes en el movimiento fascista. En la Opera Nazionale Balilla (ONB), única organización juvenil permitida por el régimen, utilizaba el deporte como medio de "educación física y moral". O, dicho de otro modo, como una forma de lavar cerebros.

La mecánica propagandística de Mussolini es la culpable, igualmente, de que en el lenguaje deportivo italiano se instauraran términos como "calcio", "rigore" y "volata". La Subsecretaría de Prensa y Propaganda (más tarde conocida como Ministerio de Cultura Popular) veló por la romanización e italianización del habla en todos los ámbitos, evitando que en el deporte se propagasen anglicismos como "fútbol", "penalti" y "sprint". Por ese motivo Italia es uno de los pocos países donde el fútbol no se llama fútbol, sino calcio. Una curiosidad que, al igual que mucho éxitos olímpicos del pasado, los azzurros deben a su ex dictador.


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Money 'can' buy me, love

No es que profese una especial predilección por alguno de los equipos implicados, por estas fechas, en la amarga lucha por eludir el descenso. Sin embargo, esta temporada deseo fervientemente que al menos se salven del horror Málaga, Racing de Santander y Getafe. De hecho, por una cuestión meramente pragmática, cualquier aficionado imparcial que anhele los tiempos en los que la española era la mejor liga del mundo debería apoyar a esos tres clubes en los escasos partidos que restan del campeonato. ¿Por qué? Sencillamente, por su dinero. Parafraseando a los Beatles, puedo afirmar que en este caso Money 'can' buy me, love.

Uno está harto ya de que la Liga se decida en dos únicos encuentros, los que disputan Real Madrid y Barcelona entre sí. Ya pueden ganar estos dos equipos todos los títulos habidos y por haber en España, Europa y el mundo que eso no servirá para elevar el pedigrí del campeonato español ni para devolverlo al lugar de privilegio que ocupó durante años, cuando todo el planeta bebía los vientos por la llamada Liga de las Estrellas.

Lo que la mayoría de aficionados españoles deseamos, entiendo, es que nuestra liga vuelva a superar a la Premier League. Que, como en Inglaterra, la emoción de lucha por el título se perciba cada jornada porque haya cuatro, cinco o seis equipos implicados. Que un club de la mitad de la tabla tenga capacidad económica para realizar un fichaje de relumbrón con el que poder escalar algún peldaño. Que los equipos secundarios, y no solo Madrid y Barça, puedan configurar planteles capaces de aspirar a la máxima gloria europea (¿quién no se emocionó con las gestas continentales del Valencia hace unos pocos años?).

La única forma de que eso se produzca, dada la situación actual y habida cuenta de las enormes diferencias económicas que separan a los equipos españoles, es mediante enormes inyecciones de dinero que lleguen desde el extranjero. Así emergieron Chelsea y Manchester City, dos de los mejores equipos de Europa en la actualidad. Y solo así parece posible que en España surjan conjuntos capaces de revitalizar el campeonato.

Málaga, Racing de Santander y Getafe son, por el momento, los únicos que han optado por ese camino. Tal vez las inversiones que manejan no se puedan comparar a las de Chelsea y City, pero al menos gracias a ese dinero se encuentran en mejor situación para progresar que algunos históricos de la Liga, como Valencia o Atlético de Madrid, endeudados ambos hasta las trancas. Hay, ciertamente, miles de ejemplos que demuestran que el dinero no lo es todo. Pero si se realizan proyectos serios e inteligentes, a medio plazo el impacto que estos equipos pueden tener en la reestructuración de nuestro fútbol puede ser enorme. Incluso, si esos proyectos funcionan, podrían fometar la llegada de inversiones estratosféricas como la realizada por Roman Abramovich en el Chelsea. ¿Se imaginan unas semifinales de la Champions con Barça, Madrid, Espanyol y Manchester United?

Para que alguna de esas elucubraciones pueda hacerse realidad, el primer requisito es que estos equipos recientemente adquiridos por magnates extranjeros se mantengan en Primera División, aunque tenga que ser en detrimento de algún club con tanta tradición como Zaragoza, Osasuna o Real Sociedad. Después, veremos si saben manejar sus nuevos presupuestos con cabeza o si pierden el norte fichando nombres aislados y no jugadores para un proyecto bien definido (como ya ha hecho el Málaga este mercado de invierno). El Sevilla y el Villarreal, con menos recursos, se han codeado con los grandes de Europa. Ojalá dentro de unos años más equipos españoles recreen las hazañas de sevillanos y castellonenses.


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Lluvia artificial y mujeres, el futuro de la F1

Nadie puede negar que Bernie Ecclestone, octogenario patrón de la Fórmula 1, posee un don excepcional para los negocios. Ambicioso y calculador por naturaleza, el amo del gran circo ha elevado el nivel de cotización de su deporte a un tope histórico, y pese a su avanzada edad no deja de escudriñar nuevas fórmulas para multiplicar el espectáculo y los beneficios.

Salvando la lúgubre temporada 2009, en la que los dominadores Brawn mitigaron la emoción desde el inicio, los constantes cambios introducidos por Ecclestone en su deporte han brindado campeonatos cada vez más vibrantes. Este año, sin ir más lejos, aunque los Red Bull parten como favoritos en todas las quinielas, los nuevos neumáticos y las variaciones en el reglamento han creado un ambiente de incertidumbre que tiene a la afición y los profesionales de los circuitos en vilo.

Con todo, Ecclestone, innovador como es, ya tiene en mente nuevas ideas que podrían aplicarse en un futuro para atraer a más espectadores y aumentar los beneficios. La primera de ellas es introducir sistemas de lluvia artificial en los circuitos. Ninguno de los cambios introducidos hasta la fecha, ni siquiera el tan llamativo KERS, han logrado satisfacer una de las eternas demandas de la afición: que se produzcan más adelantamientos. La lluvia artificial, opina Ecclestone, solucionaría este problema.

"Siempre tenemos carreras más interesantes cuando llueve, así que debemos pensar en hacer llover, hay muchos circuitos en los que sería fácil instalar sistemas de lluvia artificial", sostiene el inglés. El planteamiento es muy simple: "¿Por qué no hacer que llueva en mitad de una carrera durante 20 minutos o en las últimas 10 vueltas? Tal vez con un aviso a los equipos dos minutos antes. El suspense estaría garantizado y todos estarían en igualdad de condiciones", explica.

Lo de la igualdad de condiciones es lo que no está tan claro. Cuando un piloto va primero en carrera, lo último que quiere es que comience a llover. El baile de entradas a boxes que ello acarrearía provoca un riesgo que al final pocos equipos estarían dispuestos a aceptar. Será complicado que Ecclestone consiga aquí el apoyo de las escuderías más fuertes, aunque desde luego para el aficionado sería un regalo bien recibido.

La otra medida que plantea Ecclestone es conseguir que una mujer forme parte de la parrilla, algo que considera que podría suceder en tres o cinco años. "Creo que las mujeres no se dejan atrapar tan fácilmente por su propio ego y eso puede ser un factor a su favor", comenta. El peligro de este tipo de situaciones, es que se le dé un volante a alguien por el simple hecho de ser mujer, aunque sus habilidades sean limitadas. La historia de la F1, no obstante, está plagada de pilotos que han llegado a la élite por dinero, más que por calidad. De hecho, cualquier fémina que sepa pisar el acelerador probablemente le dé mil vueltas (por poner un ejemplo) a Yuji Ide, piloto de Super Aguri en 2006, cuyo mayor logro fue finalizar una única carrera, antes de que le retiraran la licencia.

Problemas económicos en la Fórmula 1

El ser todo un verdadero maestro del business puede tener también consecuencias negativas. Ecclestone ha sido capaz de conseguir que en apenas 15 años, albergar un gran premio de Fórmula 1 pase de costar algo más de un millón de euros a los 23 millones que se abonan en la actualidad. La ampliación del Mundial hacia las economías emergentes de Asia y Oriente Medio ha sido una de las jugadas más inteligentes del inglés. Pero, en plena crisis, ello ha provocado las quejas de numerosos países occidentales que ven peligrar sus carreras por problemas de pagos: la mitad de los organizadores se han quejado del excesivo precio, Australia asegura que no renovará su contrato y se comenta que Valencia podría quedarse sin gran premio por morosidad.

Ecclestone, convencido de que siempre habrá países dispuestos a pagar lo que él pide, ya ha dicho que ninguna carrera es imprescindible, ni siquiera Mónaco. Está claro que cualquier medida que suponga ganar dinero, por extraña que parezca, tiene un hueco en la agenda del patrón de la F1. En el futuro a medio plazo se vislumbran condiciones meteorológicas artificiales, más curvas (femeninas, entiéndase) y la posible desaparición de carreras con gran tradición pero limitados recursos.


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Esos locos hinchas británicos

Tras vivir un año en Inglaterra y otro en Gales uno se da cuenta de que el porcentaje de chalados que plagan los campos de fútbol británicos es sensiblemente superior al del resto de países europeos. Ya sea porque realmente están locos o simplemente porque les encanta hacer majaderías para salir en la prensa, toneladas de tinta retratan cada día a los pirados más variopintos en las páginas de los periódicos ingleses.

Los protagonistas de estas historias son fanáticos del fútbol que deciden tatuarse la imagen de un jugador, cambiar su nombre por el de su ídolo o por el de su equipo. Estas situaciones, tan poco usuales entre los seres civilizados, abundan en el Reino Unido. Tanto que es posible encontrar rankings en los que se valora los casos más destacados. Nosotros hemos decidido elaborar el nuestro, liderado, cómo no, por el desafortunado Fernando Torres, un hincha al que no hace mucho todos conocían como Shaun.

1. Shaun McCormack, seguidor del Liverpool, decidió cambiarse de nombre para honrar a su ídolo futbolístico. Ahora se llama Fernando Torres. Pero el destino ha querido que tras solo un mes luciendo su nueva identidad, el delantero español se haya tornado en un villano para los reds al fichar por el Chelsea londinense. Tras semejante revés, el protagonista de la citada estupidez ha declarado hallarse "destrozado". "Me encanta el nombre Fernando, pero ahora no sé qué hacer", confesó a una web británica. El caso es que su primera idea fue tomar el nombre de Stephen Gerrard. Ahora estará más que arrepentido.

2. Chris Atkinson, apasionado hincha del Manchester City, estaba tan convencido de que Kaká ficharía por su equipo en el verano de 2009 que resolvió, en un alarde de frenesí, tatuarse el nombre del astro brasileño en su pecho. Kaká, finalmente, escogió el Real Madrid, y Atkinson fue objeto de múltiples burlas. Aún así, no escarmentó. Esta vez esperó a que el traspaso se confirmase para, cumpliendo una apuesta, grabar el nombre de Robinho en su piel. El ex madridista resultó una ruinosa inversión para los sky blues y regresó a Brasil, por lo que Atkinson ha tenido que idear una manera alternativa de aprovechar su inversión en tatuajes: "Esperaré a tener hijos y les llamaré Robinho y Kaká", relató a la BBC.

3. El pasado otoño, los rumores apuntaban a que Wayne Rooney podría dejar el Manchester United para fichar por el City, su vecino y eterno rival. Simon Hart, fan de los citizens, se dejó seducir tanto por las habladurías que, seguro de la llegada del delantero inglés a su equipo, cubrió su espalda con una enorme imagen de Rooney tatuada. Sobre ella figuraba la frase "Rooney, Leyenda del City". Después de conocer que el jugador permanecería en las filas del enemigo, Hart fue incapaz de contener su rabia: "El United me ha vuelto a fastidiar. Ahora tengo la imagen de Shrek pegada a mi espalda".

4. Frazer Boyle quería demostrar a todo el mundo que nadie apoyaba con más entusiasmo que él al Motherwell, equipo de la liga escocesa. Para ello, entró en un concurso de una emisora de radio en el que se premiaba con 1.000 libras (unos 1.200 euros) al hincha más comprometido con sus colores. El dinero se lo llevó Frazer, que cambió su nombre por el de Motherwell Football Club. Las pocas luces que iluminan la mente de este chaval de 20 años salieron a relucir cuando declaró a la BBC que "a veces me desoriento en los partidos, porque cuando la gente grita 'Motherwell' no sé si me están hablando a mí". Su familia, lejos de recriminarle tamaña tontuna, le rió la gracia.

5. Otro iluminado joven de 19 años, Christopher Alderslade, creyó que su selección, la inglesa, se proglamaría, sin ninguna duda, campeona en el Mundial de Suráfrica 2010. Para conmemorar tal hazaña antes de tiempo, acudió al juzgado y borró su nombre del registro para inscribir, en su lugar, "Dr. England Three Lions Churchill" (literalmente "Doctor Inglaterra Tres Leones Churchill), tomando el nombre y dos de los principales iconos de su país. Tras la eliminación de su equipo ante Alemania, Christopher no sabía cómo contar a sus padres lo que había hecho. "Les va a dar un shock cuando lo vean en el periódico", se lamentaba.

Estos son algunos ejemplos llamativos de lo que en Inglaterra es algo relativamente habitual. Los desequilibrados y los fanáticos sin cabeza, para qué negarlo, abundan también en España. Pero estos extremos es más frecuente verlos en la pérfida Albión. Nos quejamos mucho de nuestro sistema educativo -que verdaderamente es deficiente- pero lo cierto es que el británico -y servidor lo ha vivido durante dos años- tiene tantas o más lagunas y produce personajes de este tipo por docenas. Eso, no obstante, es harina de otro costal, y merece un artículo más profundo y un espacio más adecuado que esta humilde bitácora deportiva.

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Ajedrez, modelo ético contra el dopaje

Acostumbrados como estamos a ver en la competición a deportistas que en algún momento de sus carreras se doparon y fueron sancionados por ello, sorprende el esperanzador caso del ajedrez, un deporte (o juego) en el que los castigos por hacer trampas deberían servir de modelo a otros muchos. No son frecuentes las prácticas ilegales sobre el tablero cuadriculado, donde imperan la nobleza y la caballerosidad. Pero, cuando alguien se sale del carril, la reacción contra el tramposo es contundente.

Así ha sucedido esta semana con tres ajedrecistas franceses, apartados de la competición por la federación de su país sin que tan siquiera se haya probado todavía su culpabilidad. Sébastien Feller, Arnaud Hauchard y Cyril Marzolo están siendo investigados por hacer trampas de forma organizada durante la pasada Olimpiada de Janti-Mansisk (Rusia), posiblemente por dopaje electrónico. La FFE, lejos de aferrarse al patriotismo y hacer oídos sordos, como ocurre en un sinfín de ocasiones en el ciclismo español, ha reaccionado de forma rápida e inflexible.

Y es que el ajedrez ha sido testigo ya de sanciones ejemplares, como la que recibió el indio Umakant Sharma, suspendido por diez años tras probarse que le habían chivado las jugadas a través de un pinganillo. Incluso aunque no haya sanción oficial, las trampas marcan la carrera de un ajedrecista enormemente. Cualquiera que sea cazado es expulsado automáticamente del torneo en que se encuentre, y durante el resto de su vida porta una mancha imborrable que le costará invitaciones a otros campeonatos y la repudia de sus compañeros.

Uno se pregunta qué sucedería si las federaciones de ciclismo o atletismo funcionaran de la misma manera. Posiblemente cientos de deportistas, como Alejandro Valverde o Dwain Chambers, hubieran sido apartados para siempre de la competición. Seguramente, el proceso contra Alberto Contador, a estas alturas, ya estaría resuelto. Y es muy probable que las prácticas ilegales destapadas por la Operación Galgo hubieran salido a la luz mucho antes. En el ajedrez, si uno sospecha que alguien hace trampas, lo denuncia. En el resto de deportes impera el secretismo y el enmascaramiento. Bien harían muchos en tomar ejemplo.


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Millones extranjeros, oxígeno para la Liga

Ha desembarcado en un club español otro multimillonario extranjero y miles de puristas han exprimido sus gargantas a coro para denunciar con fervor tal perjuicio a la esencia del fútbol patrio. Sinceramente, no lo entiendo. Desde una perspectiva pragmática del negocio del fútbol, está claro que es lo mejor que le puede pasar a la Liga, dada la situación en la que se encuentra.

La ecuación es muy simple. Es obvio que en España el reparto de las riquezas entre los clubes –sobre todo de los derechos televisivos– es tan desigual que antes de llegar al ecuador del campeonato el nivel de emoción roza lo absurdo, con un abismo mediando entre los dos grandes y el resto. Puesto que parece imposible alcanzar un acuerdo para dividir más justamente el pastel porque los más beneficiados no ceden, la única forma de conseguir que los demás equipos puedan alcanzar un nivel decente es con la inyección económica que proporcionan los acaudalados inversores extranjeros.

Si la liga inglesa nos supera con creces desde hace años es, en gran medida, por esto. Chelsea y Manchester City, por ejemplo, se hicieron grandes gracias a sendos multimillonarios foráneos, y ello ha propiciado que ahora mismo hasta cinco equipos peleen encarnizadamente por un vibrante campeonato. Y a ello contribuye también el que allí, en la pérfida Albión, el reparto de los derechos televisivos se realiza de forma racional, sin discriminaciones. Mientras en España equipos como el Sporting de Gijón o el Málaga reciben 11 veces menos dinero que Real Madrid y Barcelona, en Inglaterra las diferencias son escasas, pues el peor pagado cobra más de la mitad de lo que perciben Manchester United, Liverpool o Chelsea (aquí los datos de 2010).

El Málaga fue el pionero en la Liga con la llegada del jeque catarí Abdullah ben Nasser Al Thani, y ahora el Racing de Santander sigue su ejemplo al vender la mayoría de su capital al indio Ahsan Alí Syed. Tras el anuncio de la operación, he leído comentarios como “Si se pierde la esencia del club y su historia, se perderá todo” o “Mi equipo también está mal de dinero y no quiero una operación de esas en mi club”. Quienes opinan así deberían pararse a reflexionar y analizar qué es lo que más les conviene.

Cierto es que estos señores no conocen la historia ni la tradición de los clubes que compran, pero casi todos –siempre hay algún inconsciente que quiere controlar todo y se acaba estrellando– vienen con una idea de negocio clara y con la intención de rentabilizar su inversión obteniendo éxitos deportivos. Si una invasión de señores como estos hace que los clubes saneen sus cuentas, iguala la competición y eleva el rendimiento de los equipos españoles en competiciones europeas, bienvenidos sean. Ojalá lleguen tres o cuatro más y dentro de unos años podamos decir que la española vuelve a ser la mejor liga del mundo.

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De competiciones y competencias

Ahora que el temporal en la guerra por los derechos televisivos del fútbol había amainado, calmados Mediapro y Sogecable por un concurso de acreedores y el inicio de la competición, el Gobierno de Canarias ha levantado las espadas en duelo contra la Liga y las televisiones. El Tenerife – Las Palmas de la próxima jornada de la Liga Adelante, si nadie lo evita, se emitirá en abierto por deseo del presidente de la comunidad. Y Canal+, que había escogido ese partido para retransmitirlo el domingo por la mañana, perderá uno de los choques más atractivos del calendario.

El asunto cobra relevancia porque la decisión del ejecutivo canario se acerca mucho, a simple vista, a una cacicada. Las comunidades autónomas no poseen, según la ley, competencia para determinar qué partidos son de interés general. Y el gobierno que dirige Paulino Rivero se ha tomado la licencia de adjudicarse esa potestad con total impunidad, adoptando una medida populista que solo servirá para avivar la controversia en los siempre espinosos litigios sobre los derechos televisivos del fútbol.

Con las vergonzosas cantidades de dinero que pagan Mediapro y Sogecable por televisar el deporte rey, lo último que van a consentir es que por ganar unos cuantos votos cualquier gobierno autonómico de turno pueda chafarles las retransmisiones más interesantes. Sobre todo cuando ese tipo de partidos no se acerca ni por asomo a lo que la ley reconoce como acontecimientos de interés general. Lo lógico es que los jueces actúen rápido y paren los pies a Rivero y compañía, porque de lo contrario en el futuro surgirán graves problemas en situaciones similares, cada vez que se dispute un derbi regional.

Si los canarios quieren ver el partido y no tienen Canal+, que vayan al bar, como el resto de los mortales. El aficionado de a pie debe entender que las televisiones son las que sostienen económicamente la Liga. Por ello, en infinidad de ocasiones, las decisiones impopulares son justas y necesarias para el futuro de la competición. Si obligamos a dar en abierto todo acontecimiento deportivo que tenga un mínimo interés, las plataformas de pago se quedarán sin partidos que ofrecer, y su quiebra supondría el final de la Liga tal y como la conocemos.


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