12/5/08

Dopaje genético: la última conjura contra la salud del deporte

La honradez en el mundo del deporte mengua a pasos agigantados. Numerosas lacras amenazan con destruir los valores de deportividad y honestidad originados en la antigua Olimpia. La última que ha surgido se llama dopaje genético. La posibilidad de crear superhombres mediante las más avanzadas técnicas de ingeniería genética ya ha puesto en alerta a federaciones, organismos deportivos y especialistas.

En 1997, un grupo de científicos de la Universidad de Chicago dirigido por Jeffrey Leiden, sin saberlo, dio el pistoletazo de salida a la carrera por la creación del atleta perfecto. Leiden y sus colaboradores realizaron un experimento en varios monos y ratones a los que inyectaron un gen que hacía aumentar la producción de eritropoyetina (vulgarmente conocida como EPO) endógena, lo que aumentaba su densidad de glóbulos rojos hasta en un ochenta por ciento. Éstas cifras se mantenían durante periodos de hasta tres meses en el caso de los primates. Un aumento similar del nivel de glóbulos rojos en la sangre de un ser humano elevaría su resistencia hasta límites insospechados.
Este descubrimiento suscitó de inmediato la atención de los tramposos que inundan el mundo del deporte. Hasta el punto de que varios deportistas se ofrecieron a Leiden para que experimentase con ellos. Lo que, en principio, se había desarrollado con fines médicos, para curar patologías como la distrofia muscular, se había convertido en la trampa definitiva para lograr campeones artificiales.

Reacciones al descubrimiento
Los organismos deportivos también se percataron pronto del peligro. La Asociación Mundial Antidopaje (AMA) y el Comité Olímpico Internacional (COI) situaron, en 2002, al dopaje genético en la lista de prácticas consideradas como dopantes, y por tanto prohibidas. Esta iniciativa también la siguió el Consejo Superior de Deportes (CSD), pese a que, como reza en su lista de sustancias prohibidas “la mayoría de las tecnologías de transferencia genética se encuentran todavía en fases experimentales (…) y se desconocen los efectos que pueden producir”.
El alarmismo de los organismos internacionales no carece, en absoluto, de fundamentos, habida cuenta de la escasa ética personal mostrada por los deportistas en los últimos tiempos. Según algunos expertos, como el director del programa de terapia génica de la Universidad de Califonia, Theodore Friedmann, los atletas preferirán poner en riesgo su salud con tal de aumentar al máximo su capacidad física. Un buen puñado de deportistas ha demostrado que la avaricia no tiene límites. La nobleza y los valores originarios del deporte, el espíritu de los primeros Juegos Olímpicos, se han ido sustituyendo por la falta de integridad y la preponderancia de los intereses económicos.
Esta degradación ha alcanzado tal magnitud que la validez de muchos de las plusmarcas conseguidas en la actualidad ha quedado en entredicho. “No me pienso creer un sólo récord mundial más de velocidad, lo haga quien lo haga, al menos hasta que pase un puñado de años” afirmaba tajante Alejandro Delmás, uno de los periodistas deportivos más preocupados por la cuestión del dopaje.

Los ratones Schwarzenegger
Las técnicas para llevar a cabo el dopaje genético definitivo en humanos todavía no se han desarrollado completamente, aunque un pequeño sector de la comunidad científica disiente. Gérard Dine, profesor de Biotecnología de la Escuela Central de París, afirma que “existen numerosos métodos de modificación muscular y varios equipos de distintas partes del mundo son maestros en ello”. Con todo, según la mayoría de expertos, los Juegos Olímpicos de Turín 2006 pueden haber sido los últimos antes de la era genética.
La técnica más cercana a para su desarrollo en deportistas de élite es la estudiada por el doctor Lee Sweeney, catedrático de la Universidad de Pennsylvania. En 1998 Sweeney publicó sus experimentos de manipulación genética con ratones. El método consiste en inyectar un retrovirus con un gen sintético en el músculo que se quiere potenciar. Este gen aumenta la producción de una hormona de crecimiento, el IGF-1, y deja las indicaciones para que esta sustancia se sintetice de forma permanente. De este modo, los músculos y huesos afectados aumentaban su tamaño –en el caso de los ratones incrementaron su masa muscular en un 60 por ciento- y permanecían de por vida con tal fortaleza.
Aplicado a los humanos este descubrimiento supondría la aparición de seres con una capacidad muscular hasta ahora desconocida, que se recuperarían rápidamente de cualquier lesión y que conservarían su físico hasta la muerte. Es decir, bastaría una inyección para estar dopado para siempre.

Consecuencias y soluciones
Las repercusiones que estas prácticas pueden tener en la salud del atleta pueden ser desastrosas. Los científicos barajan efectos secundarios que van desde la aparición de cánceres a paradas cardiovasculares. Aunque la mayoría insisten en que no se conocen realmente los efectos que causará este tipo de doping. Lo que más preocupa a las instituciones deportivas, en tanto, es la dificultad que supondrá detectar a los farsantes.
“Si aparece un método en el que se incrementa el número de proteínas existente dentro de las células y ésto se hace de forma genética y directa, va a ser muy difícil dar con técnicas de detección satisfactorias”, explica el doctor Mats Garle, director del laboratorio de control de dopaje de la Universidad de Huddinge (Suecia).
Al producir el propio cuerpo las sustancias que incrementan el rendimiento, la única forma posible de detección sería el análisis directo de los músculos del deportista. Para ello habría que realizar una biopsia, lo que supondría la extracción de una muestra de tejido. Algo a lo que los deportistas no parecen dispuestos.
El profesor Dine, aboga por la creación de un sistema de seguimiento continuo del atleta. Los deportistas se dopan, en la mayoría de los casos, durante las vísperas de una competición importante. Por lo que si existiese una especie de pasaporte biológico del atleta, podrían detectarse los cambios sospechosos en su condición física. Pero, según Dine, no será fácil, pues sería necesario “un cambio de reglamentación para que pueda sancionarse a una persona que presente anomalías biológicas, algo imposible hoy por hoy”. Además, esta solución supondría un despliegue de medios enorme y “las federaciones nacionales e internacionales carecen de los medios científicos y logísticos”, explica Dine.
Otra solución sería que los fabricantes del gen introdujesen una modificación que permitiese diferenciar las hormonas producidas. Aunque también esta opción se presenta complicada. “Es posible que nunca se encuentre una solución a este problema”, concluye el doctor Garle.

Incógnitas por aclarar
De cualquier modo, a la vista de los progresos de la ciencia y la poca decencia de algunos deportistas, el futuro del deporte es incierto. “¿Hasta que punto podemos transformar el cuerpo humano para hacer cosas físicamente imposibles?”, se pregunta el doctor Friedmann. “Y si es así”, continúa, “¿Qué te queda al final? Pues algo que parece humano, pero tan transformado que no podrá hacer nunca más aquello para lo que el cuerpo fue diseñado”.
Lejos quedan tiempos como los de 1968, en los que Bob Beamon superaba el récord del mundo de salto de longitud por nada menos que cincuenta centímetros o tres atletas bajaban por primera vez de diez segundos en la misma carrera de 100 metros. “Entonces comíamos sardinas” confiesa Lee Evans, plusmarquista mundial de 400 metros lisos durante 20 años, orgulloso de no haber vivido esta era de pastillas, agujas y avances tecnológicos denigrados.

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