Ministerios como churros

Inmersos como estamos en una de las más graves crisis económicas de la historia, el presidente del Gobierno no deja de sacarse de la chistera estériles ministerios que no sirven para otra cosa que aumentar el gasto público. Tras la iluminación que le pasó por la mente al crear un Ministerio de Igualdad, Zapatero ha vuelto a ver la luz gracias a una propuesta de Emilio Sánchez Vicario, el ya ex capitán del equipo de Copa Davis y todo un ilustrado, al parecer, en asuntos de Estado. En el recibimiento a los campeones en La Moncloa, al hermanísimo del tenis español se le ocurrió solicitar al presidente que recuperara el Ministerio de Deporte. Y a Zapatero, ávido por apuntarse un tanto gracias al buen estado del deporte nacional, le faltó tiempo para prometer que lo haría.

La decisión, tomada en apenas unas fracciones de segundo y sin deliberación previa alguna, pilló por sorpresa a Mercedes Cabrera, ministra que actualmente posee esa competencia, al Secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky, y, probablemente, al propio Zapatero y todo su partido. No es propio de un presidente de gobierno tomar decisiones de ese calibre con tanta ligereza. Y, mucho menos, cuando, además, se está cometiendo un error mayúsculo. Crear un ministerio para gestionar una parcela tan pequeña del presupuesto estatal –al deporte se destina alrededor de un uno por ciento del PIB– es un derroche innecesario que no se puede llevar a cabo sin siquiera haber reflexionado sobre ello. La lógica transmite, además, un axioma rotundo: si en su momento desapareció el Ministerio de Deporte, sería por algo.

No hay duda de que en el deporte español falta organización. El Comité Olímpico, el Consejo Superior de Deportes y las federaciones hacen la guerra por su cuenta. El caos es evidente, aunque los resultados deportivos parezcan indicar lo contrario. Lo reconoce el propio Juan Antonio Samaranch, Presidente de Honor de Comité Olímpico Internacional, quien también aboga por crear un Ministerio de Deporte. Pero no hace falta llegar a tales extremos. Basta con coordinarse mejor y establecer políticas claras. Ahora bien, si finalmente nace esta nueva cartera y sirve para poner orden en un terreno tan turbio y en el que confluyen tantos intereses, el oportunismo de Zapatero y el gasto público tendrán, al menos, un lado positivo. Pero como el presidente se dedique simplemente a colocar a sus amigos e intentar ganar popularidad y no busque gente competente y concienciada con la causa, estamos perdidos. Y el deporte también.

Artículo publicado en LaSemana.es

Las muertes súbitas, explicadas en profundidad

La cuestión de las muertes súbitas de deportistas se ha vuelto a poner de actualidad con el síncope que sufrió Rubén de la Red, jugador del Real Madrid, y el reciente fallecimiento de un jugador de primera regional andaluza. Navegando por la red se puede encontrar un interesante reportaje audiovisual sobre este tema, el cual, por cierto, ya tratamos en Páginas Deportivas. Está realizado por una televisión peruana, es de hace algo más de un año y se centra en varias muertes que se produjeron a la vez en un breve periodo de tiempo, incluída la de Antonio Puerta. Lo interesante del documento es la intervención de varios especialistas médicos, que explican con minuciosidad y de forma clara la causa y las posibles prevenciones de este problema.

Primera parte del reportaje


Segunda parte

Al César lo que es del César

Si alguien hubiera presagiado hace apenas un mes que Fernando Verdasco y Feliciano López iban a dar, ellos solitos, una Copa Davis a España, cualquier interlocutor se habría reído en la cara del osado visionario. Lo prácticamente impensable ha sucedido. Si la primera Ensaladera española fue la de un Juan Carlos Ferrero en la mejor época de su carrera y la segunda encumbró a un joven Rafael Nadal, la tercera quedará en la memoria como la conquistada, en terreno enemigo, por un madrileño y un toledano que ni siquiera están entre los 15 mejores del mundo.

No es por quitar méritos a los chicos, que demostraron una fuerza mental excepcional y rompieron el gafe de no haber ganado nunca una final fuera de casa. Pero tampoco hay que excederse en los halagos. Sí, es cierto. Sin Rafael Nadal, Verdasco y Feliciano dieron a España los tres puntos necesarios para lograr un triunfo que parecía imposible. Pero no hay que olvidar las condiciones en las que lo lograron. El primero llegó gracias a la lesión de Juan Martín del Potro cuando Feli, eso sí, estaba aguantando el tipo, e incluso dominando por momentos, ante un rival en una forma excepcional y que le venía un tanto grande.

El segundo punto era previsible. La pareja española de dobles ha mostrado una excelente progresión este año, en el que sólo ha cedido, en la Davis, ante Estados Unidos. Lograr la victoria ante un dúo formado a última hora y carente de compenetración –el capitán argentino decidió introducir a David Nalbandián como compañero de Agustín Calleri en detrimento de José Acasuso– era totalmente previsible. Después, con Del Potro en el dique seco, Verdasco asumió la pesada responsabilidad de jugársela ante Acasuso. Fer sufrió, le costó entrar en juego y, al final, reaccionó como un grande para lograr el triunfo. Sin embargo, no debe uno taparse los ojos ante la realidad: haber caído ante un número 48 del ranking ATP que, además, llevaba semanas sin competir habría sido un estrepitoso fracaso.

Con 25 y 27 años respectivamente, sin haber cuajado nunca una gran actuación en ningún torneo de entidad (ténganse en cuenta los Grand Slam y los Masters Series), lo que han logrado Verdasco y Feliciano merece su reconocimiento. Pero tampoco hay que caer en el sensacionalismo ni el elogio excesivo. Tildarlos de héroes, como ya han hecho varios periodistas de medios nacionales, o pintar a Feliciano como un jugador capaz de todo es pasarse de populachero. Feli es un jugador del montón, cuyo máximo logro histórico son unos cuartos de final en Wimbledon. Y Verdasco es un tenista correcto. Las circunstancias hicieron que, tras la lesión de Del Potro, todo se les pusiera de cara para ganar la Davis. Lo lograron y hay que felicitarles y agradecérselo. Pero sin hipocresías ni excesos. No son ninguna divinidad. Así que, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Artículo publicado en LaSemana.es

Los deportistas también viven con miedo

Rara vez la controversia entorno a la denominación de un equipo de fútbol había causado tanto revuelo. Hace un año, la selección de Euskadi pasó a denominarse “selección de Euskal Herria” a petición de los jugadores. La Federación Vasca aceptó. Pero ahora quiere dar marcha atrás y volver al antiguo nombre, porque “Euskal Herria”, aunque nadie del organismo lo haya manifestado tan claramente, es un término manejado casi en exclusiva por la izquierda abertzale. Sin embargo, los futbolistas –hombres y mujeres– que integran esta selección no están dispuestos a ello. O, al menos, eso parece. En total, 165 han firmado un comunicado en el que dejan claro que no jugarán si se toca la nomenclatura de “selección de Euskal Herria”.


A raíz de la declaración de intenciones de los jugadores, dispuestos a boicotear el próximo compromiso del combinado, contra Irán, ha surgido toda una polémica sobre la implicación que la izquierda filoetarra ha podido tener en el comunicado. Pero, en este asunto, pocas cosas son como semejan. Parece extraño que los 165 futbolistas defiendan realmente ideologías tan radicales. Que en la lista de firmantes se encuentre prácticamente la totalidad de la plantilla del Athletic resulta más que sospechoso. Lo es más, aún, cuando la declaración está escrita y firmada en euskera, un idioma que probablemente la mayor parte de los jugadores no hablen ni entiendan (sólo el 16 por ciento de los bilbaínos son vascoparlantes).

Para aumentar las suspicacias, el principal argumento de los firmantes es que la selección la componen deportistas del País Vasco francés y de Navarra, territorios que los abertzales reivindican también como parte de Euskal Herria. Sin embargo, doce de estos futbolistas han jugado con la selección española y de ninguno se conoce arranque alguno de independentismo. Ninguno ha denunciado, por ejemplo, que se llame España un equipo que incluye también a la nación vasca. Y ninguno ha renunciado a jugar para un combinado que representa al estado que no concede la autodeterminación a su pueblo.

Se desprende de todas estas incoherencias lo que no hace falta ser un erudito para concluir: que la mayoría de los deportistas que se han sumado a la causa no lo han hecho por ser convencidos independentistas, sino por miedo. Lo ha reconocido hasta el ex presidente del PNV, Xabier Arzalluz, quien compartía las conclusiones de Antonio Basagoiti, presidente del PP vasco. “Alguno está acojonado por lo que pueda pasar”, sentenciaba el líder popular. Están asustados no sólo por lo que los radicales les puedan hacer, sino también por las medidas que sus propios clubes puedan tomar. Hace unos años, el navarro Ismael Urzáiz lo dejó claro. A la pregunta de por qué había decidido jugar con la selección vasca, él respondió: “dependo del club que me paga (entonces el Athletic)”.

El miedo reinante en múltiples sectores de la sociedad vasca –vean la película El infierno vasco, actualmente en los cines– está presente también en el deporte. El comunicado de estos 165 futbolistas sólo ha puesto la cuestión de actualidad. La realidad es que muchos deportistas llevan conviviendo con ello desde hace años. Más que criticarles por estampar su firma en la declaración, hay que compadecerse de ellos. No debe ser nada fácil vivir atemorizado.

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Ni la ‘Champions’ ni la Euroliga

El Real Madrid lleva años sediento de hacerse con el título en la máxima competición europea. Más de un lustro ha estado persiguiendo la décima Copa de Europa sin éxito. Y mucho más –13 años– lleva detrás de la corona por excelencia del baloncesto. Cada inicio de temporada, las secciones de fútbol y de baloncesto del club de Concha Espina apuntan en su lista de objetivos prioritarios la Champions y la Euroliga. Sin embargo, una campaña más, tales metas se antojan casi como una utopía.

Al equipo de fútbol le han caído encima, como una losa puntiaguda, dos derrotas consecutivas contra la Juventus y una plaga de lesiones. Caer por dos veces contra un equipo huérfano de estrellas, plagado de jugadores en la decadencia de su carrera y carente de caché alguno a nivel continental ha supuesto un duro palo. Pero mayor ha sido el golpe al comprobar que, con Arjen Robben y Ruud van Nistelrooy lesionados, al equipo le faltan efectivos para afrontar una dura temporada que apenas acaba de comenzar.

Pese a tan dolorosos males, en la casa blanca, el reconocer los errores es algo que no se estila. Bernd Schuster ya ha dicho que no ficharán en invierno pues, argumenta, no hay en el mercado nada que pueda mejorar la plantilla. ¿Y los millones de la venta de Robinho? ¿No pueden valer para traer a un extremo derecho o a un delantero joven? Pedja Mijatovic, en tanto, sigue empeñado en culpar a los árbitros. Y Ramón Calderón calla. Hace bien. Acostumbrado como está a soltar mentiras con esa lengua viperina, es mejor tener la boca cerrada. No vaya a ser que le pillen en otro renuncio más (o que se destape otra malversación de fondos del club para sus caprichos).

Con mayor indulgencia gestionan el equipo los directivos de la sección de baloncesto. Este año han reforzado el bloque con estrellas contrastadas en Europa –Jeremiah Massey fue el mejor jugador de la pasada Euroliga y Quinton Hosley fue el MVP de la liga turca– y han forjado un grupo con la suficiente calidad y profundidad de banquillo para optar a todos los títulos. Sin embargo, el arranque de la temporada está siendo toda una decepción.

El Madrid no carbura. Echa de menos a un cinco dominante (Lazaros Papadopoulos no acaba de arrancar), ha lastrado la ausencia por lesión de Raúl López y sueña con recuperar al mejor Louis Bullock, desaparecido en lo que va de curso. Con estas carencias y sin nadie, salvo el joven Sergio Llull y el siempre corajudo Felipe Reyes, que se haya atrevido a dar un paso adelante, en el horizonte blanco no se vislumbra nada positivo. Mucho tendrán que cambiar las cosas para que la afición merengue acabe festejando algún laurel continental esta temporada. Ni la Champions ni la Euroliga parecen, ahora mismo, dos objetivos factibles.

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Ha ganado y, sí, es negro

Por Alejandro G. Nieto

El gran circo acaba de vivir un momento histórico. Por primera vez un piloto negro ha ganado el Mundial de Fórmula 1. Sí, un negro. Por si algún británico llega a leer este artículo, he de especificar que al decir “negro” no lo escribo en tono despectivo. Simplemente, describo la realidad. Soy español, soy periodista, no soy racista y Lewis Hamilton, por si alguno todavía no se había dado cuenta, es negro.

Permítanme saltarme las normas del buen periodismo por una vez y escribir en primera persona, desde las entrañas. Porque este asunto me tiene, como dirían los ingleses, realmente pissed off (cabreado, aunque, cosas de los británicos, una traducción literal también podría ser meado fuera). Existe en la gran Bretaña una convicción total de que los españoles somos racistas simplemente por ser capaces de llamar negro a un negro o de hacer bromas sobre la etnia, el color de la piel o la raza de alguien (el humor inglés, por todos es sabido, nunca caería tan bajo).

Armaron la de Dios es Cristo cuando Luis Aragonés, en un entrenamiento de la selección nacional, llamó negro a Thierry Henry tratando de arengar a José Antonio Reyes. Sus palabras exactas, compruébenlo ustedes mismos, fueron: “Dígale al negro ‘soy mejor que usted’”. Tan inocente como eso. Después, nos crucificaron de nuevo cuando el equipo olímpico de baloncesto posó con ojos achinados en una foto antes de los Juegos de Pekín. Los titulares en Inglaterra fueron: “España lleva el racismo a los Juegos Olímpicos” y otros por el estilo. Pero, con el tema de Lewis Hamilton, la historia ha alcanzado ya lo esperpéntico.

A cada palabra, cada abucheo, cada comentario en un foro español que contuviera el mínimo indicio de tratar al negro de forma despectiva, toda Inglaterra levantaba la voz. Pidieron que España se quedara sin el Gran Premio de Catalunya porque cuatro borregos imitaron el sonido de un mono para presionar a Hamilton y otros cuatro se disfrazaron de la familia -negra también- del inglés. Y, en el Gran Premio de Brasil, han vuelto a poner el grito en el cielo por unos insultos de unos aficionados publicados en una página web de pacotilla, hasta el punto de afirmar literalmente, antes de la carrera, que “la fea cabeza del racismo español regresa para arruinar el título a Hamilton”.

Nos quejamos del periodismo deportivo en nuestro país, pero en Inglaterra la cosa está sensiblemente peor: “¿Qué ha hecho Hamilton en los entrenamientos? ¿Nada? Pues vamos a sacar lo del racismo de los españoles por enésima vez”. Dicen que en la citada web se llama "negro" en tono despectivo a Hamilton hasta 16.000 veces. Pero son unos ignorantes. Ingleses, galeses, escoceses,… británicos en general, prestad atención a esto, a ver si os entra en la cabeza: la traducción de la palabra castellana negro al inglés no es nigger, que sí es un término racista, sino black (black guy, black man o construcciones similares), que nada tiene de controvertido.

Uno de los grandes problemas de los ingleses, en general, es el considerarse tan divinos y superiores que no necesitan aprender otras lenguas para desenvolverse en el mundo. Deberían abrir la mente y ver que abrazar las diferencias culturales y bromear, sin maldad alguna, sobre ellas es dar un paso más hacia la abolición del racismo, algo que en Inglaterra todavía no se ha producido. Es más, permítanme otra licencia: la de contar la experiencia personal del año que pasé en Reino Unido. Los españoles, repito, no somos racistas por hacer chistes sobre negros, chinos, catalanes o leperos. Es racista el que te aparta de la cola de un cajero diciéndote que “yo voy antes porque éste es mi país”. Es racista el profesor que por sistema pone notas muy inferiores a los estudiantes extranjeros porque no concibe que puedan ser más inteligentes que los locales. Es racista el que, sin conocerte de nada, te cataloga como xenófobo por el hecho de ser español.

No extraña, por ello, que Hamilton, que creció en un país con esa mentalidad tan enfermiza con la cuestión del racismo, fuese un ejemplo de lucha contra la discriminación racial. Ahora, ha superado todas las trabas que los xenófobos –con los españoles a la cabeza, por supuesto– le han puesto en su camino hacia el éxito. Se ha convertido, para los suyos, en el Kunta Kinte que superó un millón atrocidades en su contra y alcanzó la gloria. Su triunfo es, por supuesto, un magnífico ejemplo de que la sociedad evoluciona hacia la igualdad (como lo será la victoria de Barack Obama, otro pionero negro, en las elecciones estadounidenses). Pero es una mala noticia para los españoles. Los ilustrados periodistas ingleses se han crecido. Le han dado en todo el trasero a los Spanish, a los racistas. Y están sedientos de seguir impartiendo lecciones de moralidad. La discordia por el amistoso de fútbol que debe enfrentar a España e Inglaterra removerá -seguro- otra vez las aguas.

Artículo publicado en LaSemana.es