10/2/09

Larga vida al rugby

El torneo de rugby más antiguo del mundo acaba de dar comienzo y muchas son las expectativas puestas en él. Predomina, ante todo, el interés por saber si Gales será capaz de consolidar su dominio, ahora que posee la selección más potente de los últimos años. Los dragones rojos se enfrentan a la historia por dos motivos: se encuentra ante una oportunidad única de alzar dos Grand Slam seguidos, cosa que nunca antes han conseguido, y pueden igualar a Inglaterra como el país más laureado en el torneo, con 25 victorias.

Los ingleses, en cambio, apenas tienen motivos para la alegría. Con Jonny Wilkinson fuera de juego, sus posibilidades son escasas y tendrán que conformarse con cruzar los dedos para que Francia o Irlanda dobleguen a los galeses y permitan a los de la rosa mantener su hegemonía en el palmarés del Seis Naciones. Galos e irlandeses son un buen ejemplo del gran estado que atraviesa el deporte del oval en el hemisferio norte. Ambos han armado dos equipos rebosantes de calidad y aspiran a un título que, en el caso de los de verde, se resiste desde hace más de 20 años.

Con todos esos alicientes, y con una Escocia y una Italia que tampoco dejan de crecer, el Seis Naciones ha alcanzado un enorme atractivo, incluso para países donde el rugby es un deporte tradicionalmente poco seguido. El tercer deporte que más audiencia congrega del mundo ha empezado a tener tirón en España: la final de la Heineken Cup (algo así como la Champions League del rugby) la siguieron por Teledeporte 400.000 personas. Una marca histórica pues, para más inri, no se trataba ni de un encuentro de la selección española ni de los torneos por naciones más importantes.

Los hechizos de este deporte, gran exponente de los principios de nobleza y juego limpio, cautivan cada vez a más seguidores a lo largo y ancho del planeta. Y no es para menos. Una vez captadas las reglas y las minuciosidades tácticas del juego, ver un partido de rugby del máximo nivel es una experiencia reconfortante y entretenida. Los propios jugadores transmiten una pasión y una capacidad de sufrimiento poco comparable a la de la mayoría de deportes tradicionalmente más televisivos. Y si uno tiene la oportunidad de seguir un partido del Seis Naciones rodeado de británicos o irlandeses, el fervor se le contagia hasta al más iletrado. Con estos argumentos, el rugby tiene todo lo necesario para empezar a triunfar también en España. Ojalá sea así. Larga vida al rugby.

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