11/2/09

Aprender a andar para alcanzar la gloria

Existen infinidad de hazañas deportivas escritas en los libros con litros de sudor. Abundan las gestas, labradas a través de una fuerza de superación excepcional, que suscitan una admiración y un sobrecogimiento supremos. Pero la mayoría de todas estas proezas ha de rendir pleitesía a lo que consiguió una mujer de color, desconocida para la mayoría de la afición, allá por los años sesenta.

Wilma Rudolph nació un 23 de junio de 1940 con los astros conjurados en su contra. Vigésima de 22 hermanos, nacida en el seno de una familia pobre, en una época en la que los derechos de los negros carecían de valor en Estados Unidos, Wilma fue un bebé prematuro, débil y enfermizo, de apenas dos kilos de peso al nacer. A los cuatro años sufrió una doble neumonía y con seis le atacó una extraña enfermedad, la poliomielitis, que la dejó paralizada de una pierna durante años.

Pero desde pequeña Wilma demostró una especial capacidad de lucha ante las adversidades. Aunque los médicos habían pronosticado que no volvería a andar, ella lo consiguió. Tuvo que aprender a caminar de nuevo. Pero, con tesón y coraje, logró incluso practicar deporte con éxito. Empezó en el instituto, donde jugó al baloncesto, y después se introdujo en el mundo del atletismo.

A los 15 años, Ed Temple, entrenador del equipo de atletismo de la Universidad Estatal de Tennessee, descubrió su potencial para las pruebas de velocidad. De su mano, en sólo un año logró clasificarse para los Juegos Olímpicos de Melbourne ’56. Con 16 años, Wilma obtuvo una medalla de bronce en el relevo de 4x100 y participó en los 200 metros estilos, prueba en la que cayó eliminada en las series clasificatorias.

Pero la semilla había sido sembrada y pronto empezaría a ofrecer frutos más jugosos. Wilma empezó a cosechar títulos de campeona nacional en categoría júnior y, aunque la maternidad cortó su progresión durante el ciclo olímpico, se clasificó con holgura para las pruebas de los 100 y los 200 metros de los Juegos de Roma ’60. De la capital italiana regresó nada menos que con tres preseas doradas: el doblete en las dos pruebas individuales y otro oro más en el 4x100.

Después de eso, Wilma, entonces ya conocida como la gacela negra, batió varios récords del mundo, siempre en pruebas de velocidad. Esos serían sus últimos logros como atleta pues, en 1962, con apenas 22 años, decidió retirarse. Desde entonces se dedicó a la defensa de los derechos de los negros y a entrenar a jóvenes promesas. Murió a los 54 años a causa de un tumor cerebral. Su caso ha perdurado en los libros de historia del deporte como uno de los mayores ejemplos de superación y ha servido de aliento a muchas mujeres deportistas.

4 comentarios:

  1. Hola, interesante tu blog te añado por supuesto a mi lista de Blogroll


    Saludos futboldelux.com
    24fotogramas.es
    labrujulaverde.com

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  2. Hola!, buenos articulos amigo, te felicito, saludos!!!

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  3. Muchas gracias, Rodrigo. Se hace lo que se puede.

    Alejandro y McAlv, ya os he agregado.

    Saludos a todos

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