¿Para qué?

¿Para qué? Esa es la pregunta que han debido hacerse todos los futbolistas de equipos importantes que, después de una temporada agotadora, han tenido que marcharse a Sudáfrica a disputar un torneo insípido en lugar de comenzar a recuperar fuerzas para la temporada que viene. Durante todo el año nos quejamos de las numerosas lesiones que se producen, de la sobrecarga de partidos que acumulan los jugadores, de lo mucho que podría aumentar el nivel si se elaborase un calendario más retocado,… Y como siempre todo queda en agua de borrajas por culpa del maldito dinero.

Porque fue el dinero el culpable del nacimiento de una competición, la Copa Confederaciones, que no tiene por dónde cogerla. Vio la luz gracias a los petrodólares de los multimillonarios árabes, caprichosos como pocos, deseosos de ver en su país a los mejores jugadores del mundo. Y ahora la herencia que queda de aquella iniciativa es un torneo desaborido, sin prestigio, al que las selecciones importantes acuden casi por obligación, con los únicos objetivos de llenar un poco las arcas y satisfacer a la FIFA.

Los máximos mandatarios del fútbol internacional se escudan en que es una buena forma de que el país organizador del Mundial vaya preparándose para la gran cita. Pero suena a excusa barata. Cuando los proyectos están realmente bien organizados y se dispone de los medios adecuados, no se necesitan torneos de pacotilla para comprobar que todo funciona correctamente.

A la FIFA le interesa que éste torneo se siga disputando porque el Mundial no le llega para llenarse los bolsillos. Pero a quienes no les interesa en absoluto es a los jugadores, quienes deberían tener algo de voz y voto en estos debates. Y está por ver si interesa también al público, más allá de los sudafricanos que podrán ver, por un precio razonable, a algunos de los mejores jugadores del mundo. Desde luego las previsiones apuntan a que las audiencias serán muy pobres. Y si ni a aficionados ni a jugadores les importa esta competición, queda claro para qué y para quiénes se hace.

Artículo publicado en LaSemana.es


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