2/8/09

Volver a los orígenes

El Mundial de natación de Roma pasará a la historia por diferentes motivos. Para el deporte español permanecerá en el recuerdo –al menos hasta dentro de dos años, cuando se dispute el próximo Mundial– como el campeonato más prolífico para la piscina nacional. Y en los libros de records ya ha quedado registrado como aquél en que se han batido más plusmarcas mundiales, un total de 43. Sin embargo, a muchos de esos éxitos les acompañará siempre una sombra de descrédito, la de haber sido conseguidos con la ayuda de unos bañadores, los de última generación, cuya legitimidad está más que en entredicho.

Pesa sobre estos trajes fabricados con poliuretano una lacra moral tan insostenible que la propia Federación Internacional de Natación (FINA) ha resuelto acabar con todas las suspicacias y prohibirlos definitivamente a partir de 2010. Estos bañadores aumentan la flotabilidad y reducen la fricción de forma artificial, lo que confiere a quienes los visten una cierta ventaja con respecto a sus oponentes. Los más críticos, como Michael Phelps, abogan por un regreso a los orígenes de la natación, erradicando toda ayuda tecnológica por legítima que parezca. Y otros, como el español Rafael Muñoz, son partidarios de abrazar cualquier elemento que pueda ayudar a la evolución de las marcas.

En realidad, resulta muy difícil cuantificar las ventajas que estos nuevos bañadores pueden ofrecer a quienes los utilicen. No en vano, el hecho de que la mayoría de plusmarcas batidas en Roma se lograran sin la ayuda esas polémicas prendas ha desatado aún más dudas. Por eso la única forma de resolver la discusión es desde la implicación moral que el uso de estos bañadores conlleva. Y desde ese punto de vista sólo caben dos soluciones: prohibirlos u obligar a todos a llevarlos. No se trata de frenar avances tecnológicos. No estamos hablando de un vídeo-árbitro ni de sensores para dilucidar si la pelota a traspasado la línea. Se trata de que si realmente la ventaja que otorgan estos trajes de baño es considerable (de no ser así probablemente nadie se habría planteado este debate), vestirlos sería lo más parecido a doparse con un trozo de tela.

Imaginen por ejemplo a un lanzador de jabalina que descubre que untando una sustancia en su lanza logra mejorar sus marcas. Nadie dudaría de que utilizar tal artimaña para sacar ventaja sería algo totalmente reprochable. Así, sólo cabría prohibir esa sustancia o bien bañar con ella todas las jabalinas, para que así nadie gozara de privilegios. Aunque la segunda opción sería un tanto injusta para quienes en su momento no tuvieron esa sustancia y por culpa de ella han visto caer los records que antaño escribieron. Lo de los bañadores es exactamente lo mismo. Consiste en obtener una ventaja gracias a un elemento externo, para ganar carreras o batir plusmarcas. Y por mucho que ese elemento sea algo tan inocente como una prenda de vestir, no deja de ser algo injusto.

Igual que a los atletas les invalidan los records cuando el viento supera la velocidad límite (dos metros por segundo), tampoco deberían quedar registrados como válidos los tiempos conseguidos con estos trajes de baño. En ese sentido la FINA ha actuado tarde, pues aunque ha optado acertadamente por la prohibición ahora ya no se podrán borrar las numerosas plusmarcas que Speedo y Jacked, las dos empresas que fabrican estas prendas, han proporcionado a sus clientes. Probablemente llevará muchos años borrar de los libros de records la impronta de estos bañadores. Pero al menos el mundo de la natación ha elegido retomar el camino correcto y regresar a los orígenes. Es muy simple. Sólo tres elementos son necesarios: el hombre, el agua y el cronómetro. Cualquier otro aditivo sobra.

Artículo publicado en LaSemana.es

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1 comentario:

  1. vine a conocer tu espacio y me gustó mucho!!
    me parece interesante y con todas las novedades.....

    un abrazo

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