Eternos campeones

Sólo el paso de los años confirmará si verdaderamente Valentino Rossi y Sébastien Loeb son, en sus respectivas disciplinas, los mejores pilotos de la historia. Pero ambos pueden presumir por ahora de que, para que alguien ose siquiera amenazar las marcas que ellos poseen, tendrá que cumplirse, al menos, un nuevo ciclo generacional.

Las baterías de uno y de otro parecen inagotables. Al italiano no se le han acabado la ilusión ni las fuerzas pese a llevar ya trece temporadas compitiendo al máximo nivel. Y parece que todavía le queda margen –si Jorge Lorenzo lo permite– para seguir batiendo récords. Hasta la fecha es el piloto que más podios, poles, victorias y puntos ha sumado en la máxima categoría del motociclismo. Y, a los 30 años, con su noveno título en la saca, todavía tiene margen para abrir una brecha estadística que permanezca insuperable durante décadas.

Algo similar le sucede a Loeb, que no ha parado de ganar desde que lo hizo por primera vez. Sus cifras, 54 victorias y seis títulos consecutivos, superan notablemente a las de los considerados como grandes pilotos de la historia. Ni siquiera la oposición de Mikko Hirvonen, todavía lejos del nivel del galo pese a la mejoría de este año, parece un obstáculo serio en su camino hacia la historia. Con sólo diez temporadas a sus espaldas, lo que le queda por ganar parece difícil de predecir.

Rossi y Loeb, Loeb y Rossi, dos campeones que lideran ya con holgura casi todos los apartados estadísticos, han demostrado esta temporada que todavía les queda cuerda para rato y que, gracias a ello, están en condición de dejar todos sus recórds a una altura inalcanzable. Con la tendencia a igualar las competiciones que impera en el mundo del motor, será difícil que alguien consiga superar lo que ellos ya han ganado. Y mucho menos lo que les queda por ganar. Puede que estemos ante una nueva especie de campeones: los campeones eternos.

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Andrés Montes, 'Melodía de Seducción'

He de confesar que yo era del bando crítico con las narraciones futbolísticas de Andrés Montes. Me molestaban sus continuas meteduras de pata y la escasez de sinónimos en su vocabulario. También es verdad que siempre preferí los entrañables errores de Montes a Antoni Esteva y su estilo radiofónico, tan acelerado y excesivo en palabras que puede causar ataques epilépticos. Lo cierto es que más de una vez me he despachado a gusto sobre el poco acierto de LaSexta para elegir a sus locutores futbolísticos. Pero a Andrés Montes, que en paz descanse, hay que reconocerle muchos más méritos que nada tienen que ver con su etapa en la cadena de Jaume Roures, en la que se hizo conocido para la mayoría de quienes estos días han lamentado su muerte.

En estos últimos tres años, Andrés gozó de más atención mediática que en toda su carrera. De hecho, si LaSexta no le hubiera lanzado a la fama, su fallecimiento no habría ocupado tantas portadas. Sin embargo –lo que son las cosas– el pasar tres temporadas aplicando su estilo inigualable a unas narraciones –las futbolísticas– que no se le daban nada bien ha servido para que, con su muerte, se le rindan los honores de mito del periodismo que merece.

Sólo los aficionados al baloncesto sabíamos de la grandeza de ese pequeño hombre antes de su fichaje por la cadena de Pozuelo de Alarcón. Porque fue en ese deporte donde Montes se convirtió en el gigante de los micrófonos como el que debe ser recordado. Nunca destacó por sus aportes técnicos o tácticos a las locuciones de los partidos. Su conocimiento del mundo de la canasta era amplio y su cultura no tenía límites. Pero en sus retransmisiones no se caracterizó por demostrar esa sabiduría.

Montes enamoró a los fanáticos de la NBA que le escuchaban todas las noches por su peculiar forma de entender el básquet. Lo concebía como una manera de disfrutar. Y por ello intentaba divertir y hacer felices a los espectadores, en lugar de informar y narrar las jugadas al modo tradicional. Él podía decir más con un simple mote que el resto de periodistas con sus parrafadas. Con esa habilidad para definir personalidades y estilos de juego con sobrenombres, con sus arrebatos de pasión, sus originales muletillas y sus referencias constantes al cine y la música –campos en los que era todo un experto– acababa enganchando a todo el que trasnochaba para seguir la mejor liga del mundo.

Su salto a la fama fue toda una revolución en la manera de hacer periodismo deportivo. Y probablemente la suya fuese la última transformación exitosa en un género muy estancado, en el que resulta harto complicado hacer algo diferente y triunfar. El periodismo tiene, por ello, una gran deuda con él. Aunque mucho más todavía le ha quedado a deber el baloncesto. Su prematura desaparición ha dejado muchas cuentas pendientes y, pese a los numerosos homenajes que proliferan estos días –sirvan estas líneas como ejemplo–, parece difícil poder devolverle todo lo que nos dio. Tal vez una buena forma sea mantener vivo su legado y recordarle cada vez que pronunciemos alguno de sus apodos. Personalmente, nunca olvidaré el que le puso a Latrell Sprewell, porque siempre he pensado que ese sobrenombre le hubiera venido al pelo para él. Si en su epitafio pudiera quedar grabado alguno de sus motes, seguramente ése sería “Andrés Montes, Melodía de Seducción”.

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Más sobre Periodismo Deportivo

Dos hombres y un punto

Ricardo Fernández.- La historia comienza el pasado 1 de Febrero, cuando el laureado Sébastien Loeb se adjudicaba el Rally de Irlanda, el primero de la presente temporada. Lo mismo haría con los cinco siguientes. Todo apuntaba a que el Mundial de Rallies sería un monologo del pentacampeón francés, un dominio absoluto. Nos aventuramos a predicar incluso la posibilidad de un pleno de victorias por parte del galo. Sin embargo, la citada historia cambiaría radicalmente.

El punto de inflexión llegaría en el Rally de Italia, cuando el imperturbable Loeb era penalizado a causa de un fallo de su copiloto, Daniel Elena. Si es difícil que el galo se equivoque, esta temporada a sorprendido a todos, con salidas de pista de forma consecutiva en el Acrópolis y en Polonia. Debido a esto, su ventaja inicial se neutralizaba en favor de Mikko Hirvonen; un Hirvonen que ha alcanzado una gran madurez y que con la asombrosa regularidad que ha mantenido durante toda la temporada, se sitúa a falta del Rally de Gales, al frente de la clasificación del Mundial de Rallies con un punto de ventaja sobre el piloto de Citroën.

Quizás no le vendría mal a Hirvonen en estos momentos los dos puntos que le sacó su compañero de equipo, Jari-Matti Latvala, en el Rally de Italia pero es que el equipo capitaneado por Malcolm Wilson parece no entender la idea de "equipo". Todo lo contrario a lo sucedido con el equipo Citroën en el pasado Rally de Catalunya, en el que, a pesar de las claras opciones a la victoria por parte de Dani Sordo, éste ejerció perfectamente de escudero de Loeb, cediéndole la victoria al francés e intercalándose entre él y el fines para reducir la distancia en el campeonato y de paso asegurar el título de constructores para Citroën. No puede decir lo mismo Hirvonen, ya que la fogosidad de su compañero de equipo, a pesar de haber conseguido la citada victoria en Italia, no ha ayudado a su compatriota en ningún momento en su lucha contra Loeb y su continuidad en el equipo Ford ha estado en el aire debido a que se ha pasado gran parte de la temporada haciendo chapa con su Focus.

En cuanto a la participación española, Dani Sordo ha mostrado una gran progresión (a pesar de que por un motivo u otro su primera victoria se le resiste), sobre todo en tierra, la especialidad que menos dominaba, ya que en asfalto ha demostrado ser de los mejores, como mínimo a la altura de Sebastien, y eso ya es mucho. No lo ha tenido nada fácil el piloto cántabro por el calendario tan extraño y desequilibrado como el de la presente temporada, con muy pocas pruebas sobre asfalto, pero se ha defendido mejor que nunca y tras el detalle con Loeb en Cataluña, seguro que se le abrirán nuevos horizontes para la próxima temporada.

Un rally, un punto

El próximo fin de semana se disputa en Gales la última cita de la temporada, con el comentado punto de diferencia entre los dos aspirantes al título, una cita propicia en principio para los pilotos de Ford, pero Loeb también ha vencido allí y salvo imprevistos, la lucha será cerrada entre Hirvonen y el francés. Lo que está claro es que si alguno de ellos gana el rally será campeón del mundo, independiente de lo que haga el otro. En el caso que ninguno de los dos consiga la victoria, las combinaciones son muchas, pero siempre que Hirvonen quede por delante de Sébastien, será campeón. En caso de empate a puntos el Mundial sería para Loeb por su mayor número de victorias. Cualquiera de los dos se merece el título, por tanto, como siempre, que gane el mejor.

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La ACB y el trabajo bien hecho

La temporada ACB echa a andar con más ilusión que nunca por abrirse espacio en el panorama deportivo nacional. El reciente triunfo de España en el Eurobasket, la revolución de Florentino Pérez en el Real Madrid y el fichaje de Ricky Rubio por el Barcelona han dado un empujón mediático a un deporte cuya presencia en televisión, radio y prensa no acaba de alcanzar los niveles deseados. Los mandamases de la ACB sueñan con que, gracias a ello, éste sea el año en que la segunda mejor liga del baloncesto del mundo alce por fin el vuelo.

Los ingredientes que se mezclan en la nueva campaña auguran unos platos de primer nivel para el deguste del espectador. Los dos clubes de fútbol, Real Madrid y Barcelona, han conformado dos plantillas de ensueño, que invitan a confiar en que un equipo español pueda volver a alcanzar el trono europeo. La enorme calidad de sus doce jugadores –notablemente superior a la del resto de equipos– y la tradicional rivalidad que les separa auguran una liga de fuertes emociones, capaz de enganchar también a quienes no siguen este deporte con asiduidad.

Blancos y azulgranas son, con diferencia, las dos grandes atracciones. Pero además hay que tener en cuenta varios factores que contribuyen cada año más a la expansión de esta competición. Desde la liga están desarrollando un trabajo de promoción excepcional, con contratos televisivos con canales extranjeros, mayores posibilidades de interacción a través de su envidiable página web y grandes esfuerzos en el fomento de este deporte a nivel nacional (como ha sido el reciente lanzamiento de la televisión online ACB360).

A todo esto hay que unir el excepcional trabajo de los clubes para crear plantillas cada año más competitivas. Pese a las limitaciones de sus presupuestos (Madrid y Barça son los únicos que no cargan con ese lastre), conjuntos como Baskonia, Unicaja, Valencia y Joventut explotan al máximo sus posibilidades para formar equipos capaces de pelear con los mejores tanto a nivel nacional como europeo. Los más modestos también dan lecciones de economizar recursos (ahí están los ejemplares casos de Bilbao, Gran Canaria y Fuenlabrada) y gracias a ello la liga va ganando en igualdad y emoción con el paso de los años. La lucha por entrar en playoffs o por lograr la permanencia se dirime cada temporada por diferencias menores.

Mención especial merece el Obradoiro, ejemplo sinigual de cómo conseguir sacar adelante un proyecto ilusionante con poco dinero y mucho trabajo. Pocos esperaban grandes cosas de un equipo que se ganó su plaza en los tribunales y ascendió cuatro categorías de un plumazo. Aún así, con apenas cuatro millones de euros y empezando desde cero, los gallegos han armado un conjunto que aspira seriamente a consolidarse en la ACB. Incluso desde la propia liga, donde más reticencias tenían a su incorporación, han llegado numerosas felicitaciones y alabanzas a Santiago de Compostela.

Con ejemplos como éste queda claro que el trabajo difícilmente se puede hacer mejor. La ACB está en el buen camino. Ahora sólo resta esperar a que los datos de audiencia y los ingresos cumplan las expectativas. Con suerte, si la cosa va bien, puede que las televisiones (sin contar a TVE) se dignen a dedicar un pequeño espacio en sus informativos al que es, y siempre ha sido, el segundo deporte nacional español.

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Basta ya de tanto engaño

Nadie se creyó en 2006, cuando Madrid anunció su candidatura para los Juegos de 2016, que la ciudad tuviera posibilidades reales de conseguir albergar esa cita. Conscientes de ello, muchos altos cargos del proyecto de 2012 decidieron desvincularse de la nueva tentativa. Aún así, la propaganda funcionó tan bien que la mayor parte de la población llegó a ilusionarse y a creer firmemente en las posibilidades de la villa. Y, ahora que se han llevado el golpe, los responsables todavía pretenden maquillarlo con variopintas excusas.

Uno se cansa ya de leer en la prensa tantas lamentaciones y tanta justificación barata. Seamos sinceros ahora que todo ha terminado ya. Ni la política antidopaje, ni la cercanía de Barcelona ’92, ni el último informe negativo ni leches en vinagre. La verdadera razón por la que Madrid no será ciudad olímpica en 2016 (conocida de sobra por todos en la oficina de la candidatura) es el poder de las empresas estadounidenses en todo el entramado de los Juegos.

Vaya, para abreviar, una explicación rápida. El 53 por ciento de los ingresos del COI proceden de la venta de los derechos de televisión, de los cuales casi la mitad los paga la NBC estadounidense. Del 47 por ciento restante, prácticamente todo llega a través de los patrocinadores, que en su mayoría son empresas del país norteamericano. He aquí el motor fundamental que mueve el principio (tan negado por parte de los responsables de la candidatura madrileña) de rotación de los continentes.

Si los estadounidenses son los que aportan la mayor parte de los ingresos del Comité Olímpico Internacional, los miembros de éste no pueden permitirse el lujo de tener a los gringos descontentos. Y, en ese sentido, organizar unos Juegos en una franja horaria distinta a la americana por quinta ocasión consecutiva supondría pegar un mordisco considerable a la mano que les da de comer. La NBC invierte muchos millones de dólares (alrededor de 600) en obtener los derechos televisivos del mayor evento deportivo del mundo, y lógicamente cortará el grifo si los horarios de las competiciones no les cuadran y dejan de amortizar ese gasto por la pérdida de audiencia. Por ello, Chicago y Río de Janeiro eran las dos únicas ciudades con posibilidades reales de llevarse el gato al agua.

Antaño, la rotación de continentes tenía sentido simplemente para contentar a los diferentes miembros del COI (Europa, con Helsinki ‘52, fue el último en repetir dos ediciones consecutivas). Pero en los tiempos que corren, antes de nada, hay que pensar en el dinero. Por eso, desde México ’68, cuando la televisión empezó a tener un mayor peso, el continente americano ha albergado una de cada tres ediciones. Cerrar los ojos a esa realidad ha sido una de las grandes mentiras de Madrid 2016, aunque en el trasfondo subyacía la intención de promocionar la ciudad a nivel mundial (la candidatura de 2012 sirvió para aumentar considerablemente el número de turistas). Incluso puede que la verdadera intención fuese perder en dos ocasiones consecutivas pensando que eso les aseguraría el éxito a la tercera, en 2020.

Ésas eran las únicas razones que encontraba quien me contó esta teoría hace tres años. Solo así, sostenía este hombre, se podría explicar por qué el Ayuntamiento se iba a embarcar en un nuevo proyecto de 30 millones de euros a sabiendas de que ganar era prácticamente imposible. Él, que había sido un alto cargo de Madrid 2012 y hablaba con conocimiento de causa, decidió, como muchos en su misma situación, no formar parte de tal pantomima. Al contrario que los ciudadanos, ellos sabían lo que se cocía, y no pudieron torearles. Para el resto, en especial para las 100.000 personas que soportaron estoicamente la lluvia para apoyar en Cibeles a la candidatura, todo ha sido una tomadura de pelo.

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¡Toma, toma y toma!

Ricardo Fernández.- Generalmente, cuando escribo para Paginas Deportivas, intento ser un poco objetivo en base a los datos que conozco, aunque en esta sección (la del motor), la unión hombre-maquina hace que existan infinidad de variables que pueden dar la vuelta a la situación de una semana para otra (como ha sucedido en el Mundial de Rallies). Dicho esto, con vuestro permiso (y el de Ales, por supuesto) me voy a tomar la licencia de expresar de la forma más visceral que me permite mi fría personalidad la actual situación de la Fórmula 1.

Tras unos meses de inactividad a causa de mis responsabilidades estudiantiles, me disponía la semana pasada a escribir unas líneas sobre todo lo sucedido en la categoría reina del automovilismo. Una vez acabado el artículo observé cómo mi ira, mi enfado y mi indignación cubrían profundamente un texto sobre un deporte que tanto me había hecho disfrutar. Sin embargo, no podía pasar por alto una temporada tan lamentable como la presente. Entre la mentira de Lewis Hamilton a principio de temporada, los difusores ilegales de Brawn, la rebelión del dictatorial Max Mosley en contra de los equipos y política y más política, unido al caso de Singapur 2008 terminó por llenar un saco ya muy pesado.

Esto último, para mí, es y será uno de los episodios mas repugnantes que ha vivido la F1. Es inaceptable que una panda de imbéciles cavilen semejante plan para que el otro piloto del equipo logre tan triste victoria. Y bien poco me importa que el beneficiado sea Fernando Alonso o Perico de los Palotes, lo único que han conseguido es desprestigiar y desacreditar un deporte ya bastante tocado. En referencia a las sanciones, salvo la de Flavio Briatore, me parecen cuanto menos ridículas, ya que estos personajes no sólo han puesto en peligro la vida de uno de sus pilotos, sino también del resto de participantes, comisarios, espectadores, etc. Mención aparte merece la actuación de Nelsinho Piquet, independientemente de que fuera idea suya u orden de equipo, es de igual modo vergonzosa.

Como me sucedió en el fallido artículo anterior, los sentimientos antes mencionados sobrevuelan también estas líneas, pero este cuenta con una gran diferencia, el final, feliz final.

Me apasiona el mundo del motor, el que me conoce lo sabe y entre otras especialidades sigo la Fórmula Uno con especial devoción. En todo este tiempo he visto muchas carreras, antes de que estallara todo el boom de la Alonsomanía, antes incluso de que otros pilotos españoles como Pedro de la Rosa o Marc Gené formaran parte de la parrilla. Recuerdo carreras en Telecinco (etapa anterior a la de TVE) en las que Gonzalo Serrano las retransmitía como bien podía y un campeón olímpico como Paquito Fernández Ochoa hacía las labores de Nira Juanco en el paddock. Una época en la que éste era un deporte muy minoritario en nuestro país, debido en gran parte, a nuestra escasa tradición automovilística.

Todo esto empezó a cambiar cuando un muchacho llamado Fernando Alonso Díaz, tras su debut en European Minardi en 2001 y probador de Renault en 2002, salió a la pista de Australia en 2003 con un bólido de la marca gala (carrera no televisada, por cierto). Se producía entonces en hito en el deporte español, ya que por primera vez, un piloto nacional contaba con un monoplaza con unas aceptables prestaciones (sin contar la infructuosa unión de Pedro de la Rosa con Jaguar). Los resultados pronto llegaron y el joven asturiano empezó a dinamitar todos los records de precocidad y juventud de la F1. A partir de ahí y sobre todo desde su victoria en Hungría 2003, las cadenas empezaron a interesarse por un deporte aquí olvidado, dándole una cobertura de primer nivel y no como relleno de cartelera como había sucedido hasta entonces. Hasta el día de hoy, afortunadamente todos conocemos el resto de la historia.

Por todo esto, cuando este jueves se confirmó el fichaje de Alonso por la Scuderia, he de reconocer que esta noticia me produjo una enorme alegría, perdida por los sinsabores antes comentados. Pero es que el hecho de formar parte de semejante equipo, es escribir con letras incandescentes tu nombre en la historia. Ferrari es una filosofía, es la esencia de la F1, la esencia de la competición, la pasión aplicada al frio proceso del desarrollo y la producción industrial, es alcanzar lo inalcanzable. Y si es especial siempre para un piloto formar parte del equipo italiano, más lo es todavía cuando llegas a él como Campeón del Mundo, ya que toda la maquinaria roja empieza a funcionar al doscientos por ciento para ofrecerle el mejor material posible.

Puedes haber logrado grandes gestas, pero si al final recaes en la Scuderia, serás recordado por esta etapa, y formarás parte del reducido grupo de los mejores pilotos de la historia, que salvo Stewart y Ayrton Senna, todos los grandes han pasado por equipo rosso. Este fichaje supondrá la guinda de la carrera deportiva del bravo piloto asturiano, que desde luego se lo merece y conseguirá que otra vez este país hierva por sus éxitos y victorias, y siga siendo tema de conversación en bares y descansos, tanto los adelantamientos, estrategias, difusores y detalles técnicos que por fin dominamos ahora los españoles.

Y como siempre hay medios que sólo se preocupan por rentabilizar sus inversiones a base de morbo y demás artimañas, pues ya se han apuntado a criticar sobre el salario que percibirá en Ferrari. Yo aconsejo que miremos un poco más allá, quitemos todo el envoltorio y tomemos la historia de Fernando como un ejemplo de perseverancia y superación, y nos demos cuenta que con un poco de talento, esfuerzo, paciencia y trabajo, mucho trabajo, se puede conseguir lo que uno se proponga, sea lo que sea. No lo duden nunca. Gracias.


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Lo mejor y lo peor del rugby

Entre los vídeos más llamativos de esta semana se han colado dos ejemplos del espectáculo que puede ofrecer el rugby, un deporte que en España tiene el peso de una mosca (el día que hablen de rugby en el informativo de una televisión nacional habrá que descorchar el champán).

Aquí las imágenes destacadas de esta semana:





Anteriores vídeos: