La importancia de definir el estilo propio

Poco se le puede reprochar al Real Madrid por dejar escapar el clásico y el liderato en el Camp Nou. Era un partido que parecía condenado a perder. Y pese a ello tuvo todas las de ganar durante gran parte del choque. Defendió con orden, supo controlar las zonas de creatividad de los catalanes y atacó con criterio y peligro siempre que tuvo ocasión. De no ser por las providenciales intervenciones de Carles Puyol y por el error defensivo (y posiblemente arbitral) en el tanto de Zlatan Ibrahimovic, la victoria habría volado a la capital. Pero lo malo para el Madrid es que un solo partido no da para realizar juicios válidos. De hecho, el haber ganado en casa del enemigo sólo habría servido para eclipsar la realidad.

Hasta la misma tarde del partido nadie dudaba de que entre blancos y azulgranas mediaba un abismo colosal en lo que a juego se refiere. La última jornada de Champions lo dejó claro como el agua. Por tanto, sería erróneo pensar que la distancia no es tal sólo porque el clásico resultó ser un encuentro igualado. Las diferencias entre culés y merengues radican en el origen de sus respectivos proyectos. Unos, los barceloneses, parten de una concepción clara de lo que debe ser su estilo y del juego que quieren realizar para a partir de ahí fichar a los jugadores que ese ideal requiere. Otros, los madrileños, fichan a los mejores futbolistas y a un entrenador al que en realidad no querían para posteriormente tratar de definir a qué quieren jugar.

La consecuencia de todo esto se vio en el Camp Nou. Ante un equipo que tiene enraizado hasta la médula un estilo de juego tan espectacular como efectivo, Manuel Pellegrini sólo pudo responder con una alineación planeada para defender, anular a los cerebros del oponente –especialmente Leo Messi y Xavi– y jugar al contraataque. Y si por lo menos esa actitud de dejarse la piel en defensa se prolongara ante el resto de rivales, la prueba ante el Barça habría servido de algo. Pero lo peor es que llegará otro Racing u otro Zúrich y los de Concha Espina, con la actitud defensiva del que se deja golpear hasta la inconsciencia, volverán a pedir la hora. La gran cruz de los de Pellegrini es que llevan ya cuatro meses intentando conjuntarse y ni siquiera han sentado las bases del fútbol que pretenden realizar. La improvisación y los cientos de millones invertidos en fichajes les han bastado de momento para mantenerse arriba. Pero hará falta mucho más que eso para destronar al equipo de Pep Guardiola.

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El triunfo de la perseverancia

Ricardo Fernández.- Hace poco más de una semana, se celebraba en tierras catalanas la penúltima prueba valedera para el Campeonato de España de Rallies de Asfalto, el Costa Brava. Además, esta edición era puntuable también para el Campeonato de Europa FIA de Rallies Históricos, en la que pilotos de la talla de Walter Rohrl o Jean Ragnotti luchaban tramo a tramo con viejas glorias del automovilismo como el Porsche 911 RSR, Alpine A-110, Lancia Stratos y Ford Escort RS entre otros.

Si todo esto suponía un aliciente de cara a los aficionados, la emoción estaría muy presente también en el Campeonato de España, ya que, los hermanos Vallejo podían alzarse con el título si Miguel Fuster terminaba por detrás. Aunque la victoria del rally se la llevaría el noruego Andreas Mikelsen con un Skoda Fabia S2000, que le serviría como test para sus neumáticos Hankook, y pese a que Alberto Hevia (Skoda Fabia S2000) y Xevi Pons (Mitsubishi Lancer Evo X Gr.N Plus) cerrarían el podio, la cuarta posición de los hermanos de Meira, tras el abandono de Fuster, les permitía alzarse matemáticamente con el campeonato.



Si la consecución de un título es motivo más que suficiente para experimentar una enorme alegría, en el caso de Sergio Vallejo es incluso superior, ya que el piloto lucense, con 42 años y más de 24 compitiendo ininterrumpidamente, ha alcanzado su meta y siempre fiel a su estilo, dando espectáculo.

Lejos queda su debut en el año 1985 a los mandos de un modesto Seat Panda en el regional gallego, pero excelente en su objetivo de adquirir experiencia. Más adelante se enrolaría en las copas monomarca de Peugeot, ya a nivel nacional, con los 205, 309 y 106, hasta que se alzó con el título en el 94. A partir de ahí, y tras una temporada como piloto oficial de Peugeot con el 106 Gr.A como premio a su victoria en el Desafío, se codearía con los mejores del campeonato hasta la temporada actual.

En el año 2000, tras su etapa con modelos de Citroën, sería el piloto elegido por Fiat España para pilotar uno de sus Punto oficiales, primero con los Kit Car y posteriormente con los S1600 (pionero con este tipo de montura en nuestro país), etapa que duraría seis años, incluyendo su participación en el Mundial Junior Super 1600 en 2001 (finalizando octavo en el campeonato). Durante este tiempo siempre se mantuvo entre los cinco primeros de la general, demostrando que podía luchar de tu a tu con pilotos de la talla de Luis Climent, Chus Puras o Dani Solá. En la temporada 2006, tras el abandono de Fiat en el nacional, afronta una temporada de transición con el Renault Clio S1600, finalizando tercero absoluto por detrás de Dani Solá y Miguel Fuster.

Para comenzar la última etapa de su carrera deportiva decide arriesgarse con una brava montura, el Porsche 911 GT3 (siendo el primero en utilizarlo en España), una maquina con más de 400cv, tracción trasera y difíciles reacciones. Una vez se reguló correctamente el reglamento de la categoría GT, en 2008 a punto estuvo de alzarse con el titulo, que finalmente recaería en Quique García Ojeda, pero esta temporada, ha conjugado a la vez inteligencia y velocidad, atacando en rallies favorables a su Porsche y defendiéndose maravillosamente cuando no lo eran tanto. Quizás todos estos años de alegrías y muchos sinsabores también, le hayan dado el vuelta de tuerca necesaria para alcanzar el campeonato con tan difícil maquina, además de brindar un gran espectáculo allá por donde pasaba su flamante 911 GT3 con los colores del equipo Nupel.

Sin embargo, para mí, lo más importante de este triunfo está en la referencia que debiera de ser el lobo de Meira para los que se inician en este complicado mundo. Los jóvenes que debutan y abandonan ante la mínima dificultad o se desmotivan y dejan de pelear por su objetivo a las primeras de cambio, ya que todas estas situaciones, las buenas y las malas, son las que forjan a los campeones. Y tanto Sergio como Diego Vallejo hace tiempo que lo son.

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La mano de Henry

Si uno se pone en el lugar de un irlandés, podría llegar a entender que el deseo de que quemar la sede de la UEFA con Michel Platini dentro se haya extendido tanto últimamente en la verde isla británica. La mano de Thierry Henry que apartó injustamente a Irlanda del próximo Mundial fue tan clara que resulta difícil juzgarla sin pensar en teorías conspirativas para que Francia, patria del honorabilísimo presidente de la UEFA, estuviera presente en Suráfrica. No obstante, es necesario analizar los hechos fríamente para no caer en exageraciones.

Viendo las imágenes repetidas, uno se da cuenta de que ni el árbitro ni el juez de línea estaban situados en un ángulo que les permitiera ver con claridad la mano. En ambos casos, una maraña de futbolistas se interponía entre ellos y la jugada, haciendo comprensible el hecho de que ninguno de ellos observase irregularidad alguna. Esto nos lleva a retomar el debate sobre la necesidad de que el fútbol siga el ejemplo de otros deportes y abandone definitivamente la Edad Media. En una época dominada por la tecnología, resulta incomprensible que cuestiones tan determinantes como el disputar o no un Mundial estén a merced del error humano. Parece increíble que una solución tan sencilla como permitir el uso del vídeo esté ya extendida en multitud deportes –el baloncesto, el tenis y el rugby, entre otros– pero permanezca vetada en el mundo del fútbol.

Cargar contra el árbitro de turno o demonizar al autor de la infracción, en este caso Henry, son reacciones que están totalmente fuera de lugar. Del primero cabe siempre esperar que vaya a equivocarse, pues ha sido así desde el principio de los tiempos y lo seguirá siendo mientras los colegiados sean seres humanos. Y al segundo tampoco se le puede juzgar por una acción cometida bajo presión, pensada en décimas de segundo y fruto de la impotencia de ver escaparse un balón que valía la clasificación para un Mundial. Convertir a Henry en un proscrito por esa pequeña mancha en su impoluta trayectoria semeja claramente excesivo.

Si hay que buscar culpables, uno debería mirar hacia las altas esferas del fútbol internacional. Y no con afán de idear teorías conspiratorias. Si realmente Platini hubiera tratado de beneficiar a Francia de alguna manera, lo más probable es que no hubiera sido necesario llegar a una prórroga. Pero el dirigente galo, así como los mandatarios de la FIFA, sí son responsables por no cumplir con su cometido. Igual que a un político se le exige que solucione los problemas que padece su país, a los cargos de los organismos deportivos se les debe reclamar que encuentren soluciones para los males de su deporte. En este caso, negar la introducción de los avances tecnológicos, cuando estos son claramente la respuesta, es dar la espalda a sus obligaciones.

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La temporada más igualada

La temporada tenística toca a su fin y uno puede obtener varias conclusiones de una campaña mucho más igualada de lo habitual. El imperio que habían construido Roger Federer y Rafael Nadal ha decrecido ante el avance poderoso de Novak Djokovic y Andy Murray, cuyo excelente año ha provocado que las diferencias entre los cuatro primeros de la clasificación sean exiguas. Poco más de mil puntos suponen ahora el escalón entre los dos intocables y los eternos perseguidores, una distancia impensable llegado el ocaso de campañas anteriores.

Tanto Federer como Nadal han tenido sus momentos de debilidad, bien por malas fases de juego o por problemas físicos. De ello se han aprovechado Djokovic y Murray. El británico, incluso, llegó a conquistar el número dos del ranking, pero las lesiones le han hecho caer hasta el cuarto puesto. Aún así, tanto Nole como él han dejado claro este año que el orden en el tenis mundial está cambiando y que la lucha por el preciado número uno ya no es sólo cosa de dos. Es cuestión de tiempo, si mantienen el nivel de este final de temporada, que alguno de los dos alcance ese objetivo. Y eso sin olvidar a Juan Martín del Potro, que sigue de cerca a los cuatro primeros después de completar el curso de su madurez.

Nadal tendrá que recuperar su mejor juego y conseguir superar los problemas físicos si quiere salir victorioso en esta lucha de poder. Desde su obligado parón por las lesiones no ha logrado desplegar su tenis, y ello lo ha aprovechado Federer para consolidar el número uno. Aún así, las distancias son tan cortas que el manacorí afronta el último torneo del año con posibilidades de acabar en lo más alto de la clasificación mundial. Las opciones son remotas, pues requeriría que el helvético fallara estrepitosamente, pero ello ejemplifica a la perfección la igualdad que se ha instalado en las altas esferas de la ATP. De lograr recuperar el trono, Nadal pondría un esperanzador broche a una de las campañas más complicadas de su carrera.

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La 'banda' de Memphis

El inicio del curso en la NBA está dejando un sabor agridulce al público español. José Manuel Calderón no acaba de recuperar su mejor nivel, y los Toronto Raptors, cuyas aspiraciones habían aumentado de cara a esta temporada, no acaban de dar el salto de calidad esperado. Rudy Fernández va perdiendo peso en Portland, donde juega cada vez menos y aporta menos puntos de lo habitual. Sergio Rodríguez, pese a su cambio de aires, disfruta de menos minutos en Sacramento de los que tenía en los Blazers. Y Pau Gasol continúa lesionado, frustrado por lo mucho que se está prolongando una recuperación que parecía fácil.

Ante ese panorama, muchos nos habíamos ilusionado con las espectaculares actuaciones de Marc Gasol en los primeros partidos, e incluso habíamos fantaseado con ver a los Grizzlies, reforzados con jugadores de contrastada calidad, deleitando con su juego y regresando a las eliminatorias por el título. Pero la realidad dista mucho de las fantasías. Ha bastado una semana más para comprobar que la posibilidad de que se den tales circunstancias es muy remota. Y lo peor es que todo se debe a hechos extradeportivos, más que a las capacidades de los jugadores en sí.

El problema es que en la franquicia de Memphis reina la misma seriedad que en una casa de lenocinio. El pasado verano fueron uno de los equipos que más se movieron. Pero lo hicieron siguiendo unos baremos totalmente carentes de lógica. Por un lado, apostaron por la seriedad y el juego de equipo manteniendo a Mike Conley Jr. como base y fichando a currantes como el novato Sam Young. Pero al mismo tiempo, el conjunto de Tennessee se convirtió en un vertedero al que llegaron todos los desechos del resto de la liga. Ficharon a Zach Randolph, cuya actitud problemática ha ensombrecido siempre su enorme calidad. Firmaron a Allen Iverson, que venía de dejar en la miseria, consecutivamente, a Denver y Detroit. Y se hicieron con los servicios del imprevisible rookie Hasheem Thabeet y del fracasado base Marcus Williams.

Todos ellos se unieron a un conjunto en el que, hasta entonces, todo giraba en torno a los egos de dos jovenzuelos con un enorme afán de protagonismo, Rudy Gay y O.J. Mayo. Por ello y por el enorme potencial baloncestístico de la mayoría de adquisiciones, cabía esperar que, o bien el nuevo proyecto fuese un estrepitoso fracaso, o la calidad se acabase imponiendo a la falta de cerebro y los Grizzlies deslumbraran esta temporada. Y por un momento pareció que esta segunda opción podía ser factible. Los dos jugones del equipo han estado rindiendo a un nivel envidiable, Randolph ha aparcado su conflictividad para relucir en la pista y, además, Marc Gasol estaba completando los mejores partidos de su carrera. Pero todo fue un espejismo.

Rudy Gay, humilde como es, no ha tardado nada en empezar a pedir un sueldo de estrella. Hasheem Thabet está dejando por los suelos su condición de número dos del draft. Y, para más inri, Iverson la está armado de campeonato –con críticas constantes al entrenador y una espantada en el partido contra Atlanta– por negarse a aceptar ser suplente por primera vez en su carrera. A ello se suma que Mayo sigue tirándose hasta las zapatillas y que los únicos que están mostrando una gran madurez son precisamente Gasol, Conley y Young.

La consecuencia, al final, es que los Grizzlies, más que un equipo, son una banda. Y las buenas actuaciones individuales no les están salvando de que, como grupo, estén en caída libre y sin paracaídas. Llevan cinco derrotas consecutivas, son el equipo con más partidos perdidos y están destacados a la cola de la Conferencia Oeste. Pero lo más preocupante es que, más que atisbarse síntomas de posible mejora, las noticias que llegan desde Memphis apuntan a pensar que la cosa irá a peor. Al menos, los últimos rumores apuntan a que los directivos pretenden ponerse serios finalmente y llegar a un acuerdo para que Iverson, el más desestabilizante hasta el momento, haga las maletas. Aunque pueda sonar extraño al hablar de un ex MVP, lo cierto es que su marcha sería beneficiosa para los Grizzlies. Porque si las cosas siguen así, por mucho que se esfuerce, Marc nunca conocerá los playoffs.

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Se acabó el 'circo'

Pocas veces el calificativo de circo para referirse a la Fórmula 1 ha sido tan acertado como en esta temporada. La competición más ostentosa del mundo del motor dice adiós a una de las campañas más tristes de su historia, en la que lo acontecido fuera de las pistas ha robado las portadas a la insulsa lucha por el campeonato.

Primero fue el lío de los difusores, después llegó el eterno enfrentamiento entre FIA y equipos que rozó la escisión de este deporte y por último Nelsinho Piquet destapó uno de los casos de trampas más flagrantes de la historia de las cuatro ruedas, que supuso la expulsión de por vida para Flavio Briattore. Si a todo ello sumamos el frustrado intento de regreso de Michael Schumacher, el accidente de Felipe Massa, el fichaje de Fernando Alonso por Ferrari y la llegada al poder de Jean Todt en sustitución de Max Mosley, lo cierto es que Jenson Button puede estar seguro de ser uno de los campeones con menor protagonismo de la historia.

En verdad, el tema deportivo no ha dado para mucho este año. Las seis victorias iniciales de Button arrasaron con toda posibilidad de vivir una lucha por el título igualada cuando todavía restaban diez pruebas por disputarse. Las escuderías grandes no supieron hacer frente a los cambios en el reglamento y los pilotos importantes, los de mayor tirón mediático, quedaron relegados a un papel secundario. Y todo ello ha propiciado una de las campañas más insípidas jamás disputadas.

La temporada ha acabado, y eso es, probablemente, lo mejor que se puede decir de ella. Ahora que la presión de los equipos ha dado sus frutos y para el año próximo no habrá novedades importantes (en especial han conseguido evitar la implantación del límite presupuestario), cabe esperar que los conjuntos con más dinero vuelvan a ocupar el lugar que les corresponde. Y con ellos volverán a pelear por el campeonato quienes, por el bien de las arcas de la FIA, deben hacerlo. El propio Bernie Ecclestone se frota las manos ante la posibilidad de revivir una lucha por el título entre Fernando Alonso y Lewis Hamilton, con todo el morbo que ello conllevaría.

La inclusión de tres nuevas escuderías, al margen de lo que vayan a aportar deportivamente, puede suponer también una inyección extra para los datos de audiencias (Estados Unidos volverá a estar presente en la F1, regresa la clásica Lotus y pueden debutar pilotos mediáticos como Bruno Senna). Así que, previsiblemente, lo que suceda dentro de los circuitos será lo que, como dicta la lógica, acapare de nuevo la atención. Desde luego, sería una alegría para todos que la Fórmula 1 volviera a ser el Gran Circo (con mayúsculas), y no un circo cualquiera.

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