24/1/10

Todavía hay esperanza para Robinho

Los buenos equipos suelen pegarse por contar con los mejores jugadores en sus filas. A David Villa, por ejemplo, han tratado de seducirlo escuadras de todos los colores, aunque el Valencia nunca ha dado su brazo a torcer. Algo similar le sucede a Frank Ribery, tentado por potencias de toda Europa. También ha pasado por esa situación el joven Sergio Canales, aunque de forma más fugaz, casi sin enterarse, convertido de la noche a la mañana en el objeto de deseo de los principales directores deportivos. Incluso, por poner un ejemplo más terrenal, pues es anómalo que un defensa reciba un seguimiento casi de estrella, podría entrar en el mismo saco el desafortunado Filipe Luis, por quien más de un grande pujaba fervoroso, al menos hasta este fatídico fin de semana.

Hay otros futbolistas, en cambio, que pese a poseer una calidad excepcional, acaban condenados por su mala cabeza, su excesivo afán de protagonismo o, simplemente, por una actitud incorrecta. Robson de Souza, Robinho, bien podría haber pertenecido al grupo de los primeros. De origen humilde, llegó al Real Madrid cuando el tiempo estaba revuelto por Concha Espina, y pareció desterrar el temporal para siempre aquella tarde de verano en la que iluminó Cádiz con su brillante y recordado debut. Pero, como a muchos chavales que llegan a la casa blanca antes de haber alcanzado una mínima madurez personal –el nombre de Sergio Ramos se viene a la cabeza automáticamente–, el ego de Robinho creció más rápido que su fútbol y, así, abandonó la capital por la puerta de atrás, frustrado por que no le hubieran tratado como al Zinedine Zidane que creía ser. “Me voy porque quiero ser el mejor del mundo”, fueron las palabras que dejó retumbando antes de partir.

A Robinho le traicionó el haber quemado etapas demasiado rápido. Encumbrado como salvador por la prensa blanca y propuesto para ser el futuro Pelé antes de tiempo, no supo aceptar el hecho de no poder cumplir con tales expectativas. Fue incapaz de entender por qué no se le cuidaba en la casa blanca como antes se había mimado a Zidane, Ronaldo y compañía. No comprendió que aquellos llamados galácticos habían alcanzado su estatus por su propio esfuerzo, con títulos, sacrificio e incluso balones de oro. Su gran error fue creer que estaba a la altura de tales leyendas, cuando en tres años ni siquiera fue capaz de aprender a pasar el balón a sus compañeros.

Llegó al City a cobrar una millonada y tratar de convertir a un conjunto modesto en un club capaz de aspirar a todo. El segundo equipo de Manchester ha crecido en este tiempo, pero ni ha alcanzado el nivel exigido por sus dueños ni Robinho ha dado muestras de poder convertirse en el guía que se esperaba. Hasta hace poco, estaba contento allí porque sí se le daba el trato que creía merecer. Pero cuando sonó la posibilidad de marcharse al Barça se le dilataron las pupilas como platos. Sin embargo, Pep Guardiola, que es un tipo serio, rechazó rápidamente la posibilidad de cargar con semejante lastre. Y ha tenido que llegar otro entrenador estricto, Roberto Mancini, para cortar a Robinho el grifo de la buena vida y el esfuerzo mínimo. Ningún club grande lo quiere ver ni de reojo. Y parece que habrá de regresar al Santos, de donde salió, para poder estar en el Mundial. Tal vez, con suerte, el volver a sus orígenes le ayude a madurar y a espantar los pájaros que pueblan su cabeza. Con 26 años, no es tarde para empezar de cero. Todavía puede haber esperanza para él.

Publicado en LaSemana.es


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