25/7/10

Dejarse ganar

Lejos de provocar el éxtasis y la admiración que rebosaron sus anteriores triunfos, las recientes victorias de Alberto Contador y Fernando Alonso han dejado un regusto extraño. Y todo porque en ambos casos ha adquirido especial protagonismo una práctica, la de permitir ganar al contrario, rara dentro del deporte de competición, aunque no se trate de nada nuevo. Lo curioso es que, siendo ambas situaciones similares, las reacciones que han despertado son totalmente opuestas.

Contador, convencido de tener encarrilado su tercer Tour, permitió a su amigo y gran rival Andy Schleck adjudicarse el triunfo en la mítica etapa del Tourmalet, a cuya cima llegaron de la mano. Lo del ciclista de Pinto fue visto como un gesto de amistad, y tal vez de redención, pues antes había birlado al luxemburgués el liderato atacando en el momento que a Schleck se le salía la cadena. Ese detalle, criticado por algunos, lo pudo redimir Contador en el mítico puerto de Los Pirineos, donde reconoció haber dejado ganar a su oponente. Y precisamente ahí fue donde se equivocó, pues si bien es un detalle de caballero ceder tan prestigioso triunfo, el hacerlo de forma tan descarada y además alardear de ello es un error, y una ofensa para un deporte que se ha hecho grande gracias a la crueldad y la dureza, algo que se ha echado de menos en este Tour de la fraternidad.

Felipe Massa, en cambio, no reconoció haber dejado pasar a Fernando Alonso en el Gran Premio de Alemania. Pero su expresión facial era toda una revelación. Ferrari le ordenó ceder la victoria al asturiano, y el brasileño, obediente, levantó el pie del acelerador para que Alonso, con más posibilidades en la lucha por el Mundial, volviera a optar al título. El caso del equipo italiano es todavía más vergonzoso, porque las descaradas órdenes a su piloto las pudo oír todo el mundo a través de la radio y porque en la Fórmula 1 tales maniobras están expresamente prohibidas. Por muy mal que siente verse incapaz de adelantar a un compañero notablemente más lento, la esencia del Gran Circo radica en esa especial dificultad para adelantar. Cualquier piloto debe defender su posición con uñas y dientes sin importar intereses de equipo, más aún cuando lo contrario es ilegal.

No es la primera vez que sucede algo similar, ni en el Tour ni en el Mundial de Fórmula 1. Sin embargo, no dejan de ser situaciones que hacen daño a ambos deportes. En los dos casos se atenta contra la competitividad, que es el alma misma de cualquier prueba deportiva a nivel profesional. Y, si bien en el caso de Contador puede llegar a entenderse, porque un tipo como Schleck se merece ese detalle, lo que más ha ensuciado ambos gestos es el poco tacto a la hora de enmascararlos. Si ya dejarse ganar no es algo del todo correcto, el hacer ostentación de ello debiera, incluso, acarrear algún tipo de sanción, pues es algo que destruye los principios básicos del deporte.

Publicado en LaSemana.es

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