11/7/10

Justicia poética

Escribo estas líneas antes de disputarse el partido definitivo del Mundial de Sudáfrica, ignorante de la suerte que deparará a España el encuentro más importante de su historia. Sin embargo, desde una concepción, digamos, poética del deporte del balompié, el resultado, quizás, sea lo de menos. Final y tambores aparte, hay motivos de sobra para exultación.

El ardor de la Oranje y la Roja, tan cálidos sus colores como su juego, ha seducido en Sudáfrica a las esquivas deidades del balón. A ellas les han cobrado un débito pendiente que el fútbol ya no podía sostener más. Sólo el alcanzar la final ya fue una recompensa, inesperada para los holandeses e histórica para los españoles, con la que saldar todo lo que se adeudaba: a unos por lo que fueron (infinitas generaciones de magia y plasticidad, como las de Cruyff, Van Basten o Bergkamp) y a otros por lo que son (tal vez la selección más alabada y más seductora, precisamente, desde la Holanda de los 70).

El fútbol, siempre caprichoso en los Mundiales
su cita más apoteósica, ha sido esta vez ecuánime, premiando el culto al balón y a la belleza, y castigando la medianía. Por el camino se han arrastrado y caído la rácana Italia, la circense Francia, la temblorosa Inglaterra, la irreal Argentina y la traidora Brasil, desleal la canarinha a los ideales que tantas alegrías les ha brindado en la Copa del Mundo. El corazón uruguayo y el descaro alemán se abrieron paso con merecimiento entre tanta hierba seca. Pero sólo a Holanda y España se les reservó el honor de desfilar gozosos sobre el verde terciopelo del Soccer City Stadium.

Abundan, probablemente en exceso, los campeones al estilo de Grecia en la Eurocopa de 2006 o del Inter de Milán en la última Champions. Y aunque merecida tienen su gloria, al amante del buen fútbol siempre se le apaga un poco la ilusión cuando el intentar jugar como los dioses conlleva castigos divinos 
en lugar de triunfos (la cruel derrota de Holanda en el ’74, el despiadado atraco a la España de Camacho en Corea y Japón,… y un largo etcétera).

Holanda y España han buscado esa perfección mística durante años. Bien es cierto que en Sudáfrica ni los unos practicaron el fútbol total que enseñara Cruyff, ni los otros fueron el equipo idílico de Austria y Suiza. Tal vez se volvieron más rudos e inflexibles, sin renunciar por ello a su celo por el toque. Pero, desde una perspectiva histórica, desde la visión de un apasionado de la exquisitez futbolística, el que ambos alcanzaran la final de Johannesburgo fue un acto de justicia absoluta, como una orden dictada por un tribunal de vigías de la excelencia. A los que adoramos este deporte Sudáfrica nos deja, pese a sus estridentes vuvuzelas, su infame Jabulani, sus funestos arbitrajes y su inseguridad, una sensación de justicia poética. Sólo por ello, los años de desazón parecen haber merecido la pena.

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