8/11/10

Adiós a Gebrselassie… ¿o hasta luego?

Cuesta creer que sea cierto. Será –murmura la negativista consciencia– un calentón pasajero, palabras que manan de la rodilla dolorida, silenciado el propio discernimiento por el dolor y la frustración. Sucede que Haile Gebrselassie, tal vez el mejor fondista de todos los tiempos, ha resuelto no volver a competir tras abandonar la Maratón de Nueva York lesionado. Se retira el ídolo atlético de nuestra generación, orgullo de Etiopía, legítimo heredero del gran Abebe Bikila.

Una tendinitis ha destrozado la moral del hombre indestructible. A los 37 años, Gebre porta la vitola de mejor corredor de maratón del planeta sin que la edad parezca suponerle un obstáculo. Su físico le ha respondido como lo hizo siempre desde que ganó su primer Mundial en 1993, con apenas 20 primaveras. Sin embargo, en el kilómetro 25 de la cita neoyorquina, sobre el puente de Queensboro, aquél que Woody Allen hizo eterno con su bella Manhattan, la historia idílica de Gebrselassie con el atletismo se topó con un inesperado final. El dolor era insostenible. Había que abandonar.

Si al guión de la carrera del etíope le queda todavía un epílogo, es una incógnita. Dependerá de lo que suceda en los próximos días. Sus dos oros olímpicos y cuatro Mundiales en los 10.000 metros nunca han sido suficientes para Gebre, que soñaba con subirse a lo más alto en la distancia más emblemática, la maratón, al menos una vez en su vida. Desde que diera el salto a la prueba de los 42 kilómetros pocos le han hecho sombra. A pesar de alguna lesión puntual, cuando ha estado en forma ha sido intocable. Suyos son los récords mundiales de maratón, del medio maratón y de la hora. Y sus marcas parecen tener un lugar asegurado en los libros durante unos cuantos años.

Ambicioso como es, Gebrselassie deseaba colgarse el oro olímpico antes de colgar las zapatillas para dedicarse, seguramente, a la política, pues siempre le hizo feliz poder ayudar a los suyos. Tenía marcada en el calendario la carrera de Londres 2012, tal vez su última oportunidad para alcanzar la gloria, esta vez sin el obstáculo de las condiciones ambientales adversas por las que renunció a correr en Pekín, temeroso de que además de no ganar, su salud se viera castigada. La lógica dice que, si trata bien esa rodilla, tiene tiempo de sobra para llegar a la capital del Támesis en condiciones. Otra cosa es que él encuentre la disposición moral necesaria.

A lo largo de las dos últimas décadas, Haile Gebreselassie ha sido un ejemplo de superación, sacrificio y constancia. Sus triunfos enamoraron a muchos escépticos del atletismo y le ganaron la admiración de todo el planeta. Lejos de dejarse consumir por el éxito, quiso estar siempre cerca de sus raíces, en la región etíope de Arsi, donde nació, invirtiendo sus ganancias en el futuro de su país, ayudando a crear empleo o luchando contra el SIDA. Siempre lo tuvo claro: “Podría vivir una vida muy cómoda en cualquier lugar del mundo. Pero elegí quedarme en mi patria porque aquí puedo marcar una diferencia”. De confirmarse su marcha, el atletismo habrá perdido a un mito, pero sobre todo a un ser humano excepcional. Etiopía, en cambio, espera con ansia a quien, a buen seguro, será un líder fiable, humilde y comprometido.

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