Cuando uno estaba prácticamente convencido de que ningún dirigente deportivo, por muy incompetente que fuera, podría superar a quienes guían el destino de la FIFA, la UEFA o el mismo COI, los mandatarios de la Confederación Africana de Fútbol (CAF) han desbordado por completo los niveles de ineptitud que cabe esperar de un organismo deportivo. La entidad que rige los destinos del balompié en el continente negro ha demostrado una carencia de lucidez y de sensibilidad insólitas al sancionar a la selección de Togo, víctima de un ataque terrorista que costó la vida a tres miembros de su expedición, por haberse retirado de la Copa de África después de la tragedia.
Los argumentos de Issa Hayatou, presidente de la federación, y sus colegas se basan en que Togo incumplió su deber de tomar parte en el torneo debido a la interferencia de sus políticos, quienes ordenaron al equipo regresar al país tras el atentado. No hay duda de que, con arreglo a la normativa, la sanción es totalmente lícita. Sin embargo, a la percepción de cualquier ser humano que esté en sus cabales, se trata de una enorme animalada. Una brutalidad que demuestra que si, en lugar de pagar un sueldo a todos estos señores para hacer su trabajo, se pusiera un ordenador en su lugar, los resultados serían prácticamente los mismos.
En la toma de decisiones, ya sea en un organismo deportivo o en uno gubernamental, hay que aplicar el sentido común tanto como la normativa. Y estos señores se han olvidado completamente del primero. Habría que ver si ellos hubieran podido presentarse a trabajar al día siguiente de haber sufrido un atentado similar. Seguramente se hubieran cogido varios meses de baja hasta superar el shock. Y, sin embargo, pretendían que los jugadores togoleses, después de ver la muerte a un palmo de distancia y perder a tres de los suyos, prosiguieran con sus vidas como si nada. Sancionar a quienes han padecido semejante desgracia es igual que pegarle una patada a quien yace en la carretera después de ser atropellado.
Y lo peor es el argumento que utilizan. “No se debe mezclar deporte y política”. La frase que se ha extendido como una plaga a lo largo del mundo porque alguien la pronunció un día y al resto, que no les apeteció detenerse a pensar en ello, les pareció bien repetirla. Dirigentes, deportistas, aficionados,… A todos se les llena la boca al pronunciar uno de los clichés menos meditados que existen, cuando seguramente en su vida hayan dedicado dos segundos a reflexionar sobre el tema.
¿Qué es mezclar deporte con política? Seguramente algún historiador pronunciase esa frase refiriéndose a los usos interesados del deporte que hicieron Mussolini o Hitler y desde entonces no se ha revisado su significado. ¿Acaso no necesita el deporte a la política más de lo que ésta requiere del primero? Que los atletas y los organismos reciban ayudas estatales, ¿no es mezclar deporte y política? Políticos que se apuntan tantos que no son suyos siempre los ha habido, y es cierto que tales estrategias de propaganda son un tanto vergonzosas. Pero es de hipócritas proclamar que no se debe mezclar lo que lleva años unido por su propia naturaleza. Igual que hipócritas y descerebrados son los dirigentes de la CAF, quienes seguramente actúen movidos por razones extradeportivas que sólo ellos conocen. Habría que dejar de preocuparse porque deporte y política interactúen entre sí, y empezar a trabajar para que ambos se mezclen con la sensatez.
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Atentado contra la sensatez
Todavía hay esperanza para Robinho
Los buenos equipos suelen pegarse por contar con los mejores jugadores en sus filas. A David Villa, por ejemplo, han tratado de seducirlo escuadras de todos los colores, aunque el Valencia nunca ha dado su brazo a torcer. Algo similar le sucede a Frank Ribery, tentado por potencias de toda Europa. También ha pasado por esa situación el joven Sergio Canales, aunque de forma más fugaz, casi sin enterarse, convertido de la noche a la mañana en el objeto de deseo de los principales directores deportivos. Incluso, por poner un ejemplo más terrenal, pues es anómalo que un defensa reciba un seguimiento casi de estrella, podría entrar en el mismo saco el desafortunado Filipe Luis, por quien más de un grande pujaba fervoroso, al menos hasta este fatídico fin de semana.
Hay otros futbolistas, en cambio, que pese a poseer una calidad excepcional, acaban condenados por su mala cabeza, su excesivo afán de protagonismo o, simplemente, por una actitud incorrecta. Robson de Souza, Robinho, bien podría haber pertenecido al grupo de los primeros. De origen humilde, llegó al Real Madrid cuando el tiempo estaba revuelto por Concha Espina, y pareció desterrar el temporal para siempre aquella tarde de verano en la que iluminó Cádiz con su brillante y recordado debut. Pero, como a muchos chavales que llegan a la casa blanca antes de haber alcanzado una mínima madurez personal –el nombre de Sergio Ramos se viene a la cabeza automáticamente–, el ego de Robinho creció más rápido que su fútbol y, así, abandonó la capital por la puerta de atrás, frustrado por que no le hubieran tratado como al Zinedine Zidane que creía ser. “Me voy porque quiero ser el mejor del mundo”, fueron las palabras que dejó retumbando antes de partir.
A Robinho le traicionó el haber quemado etapas demasiado rápido. Encumbrado como salvador por la prensa blanca y propuesto para ser el futuro Pelé antes de tiempo, no supo aceptar el hecho de no poder cumplir con tales expectativas. Fue incapaz de entender por qué no se le cuidaba en la casa blanca como antes se había mimado a Zidane, Ronaldo y compañía. No comprendió que aquellos llamados galácticos habían alcanzado su estatus por su propio esfuerzo, con títulos, sacrificio e incluso balones de oro. Su gran error fue creer que estaba a la altura de tales leyendas, cuando en tres años ni siquiera fue capaz de aprender a pasar el balón a sus compañeros.
Llegó al City a cobrar una millonada y tratar de convertir a un conjunto modesto en un club capaz de aspirar a todo. El segundo equipo de Manchester ha crecido en este tiempo, pero ni ha alcanzado el nivel exigido por sus dueños ni Robinho ha dado muestras de poder convertirse en el guía que se esperaba. Hasta hace poco, estaba contento allí porque sí se le daba el trato que creía merecer. Pero cuando sonó la posibilidad de marcharse al Barça se le dilataron las pupilas como platos. Sin embargo, Pep Guardiola, que es un tipo serio, rechazó rápidamente la posibilidad de cargar con semejante lastre. Y ha tenido que llegar otro entrenador estricto, Roberto Mancini, para cortar a Robinho el grifo de la buena vida y el esfuerzo mínimo. Ningún club grande lo quiere ver ni de reojo. Y parece que habrá de regresar al Santos, de donde salió, para poder estar en el Mundial. Tal vez, con suerte, el volver a sus orígenes le ayude a madurar y a espantar los pájaros que pueblan su cabeza. Con 26 años, no es tarde para empezar de cero. Todavía puede haber esperanza para él.
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'El Matador is back'
Ricardo Fernández.- El fin de semana pasado, en Argentina, el país donde logró su última victoria en el WRC, El Matador (Carlos Sainz) se alzaba vencedor, ante el clamor de un público que le tiene gran cariño en ese país, de su último reto propuesto, el rally más duro del mundo, el Dakar.
Un rally que, como siempre debe ser, ha tenido una dificultad enorme y, si en anteriores ediciones (salvo el año pasado, que un fallo en el roadbook hizo que se precipitara por un cauce seco cuando era líder a más de 27 minutos del segundo a falta de un par de jornadas) la fiabilidad de su Volkswagen Race Touareg TDI no le había acompañado, en esta ocasión ha aguantado estoicamente los más de 9.000 kilómetros de raid sin el mas mínimo desvanecimiento. Su método de trabajo, admirado en su época de rallies, ha demostrado ser un éxito también en esta categoría.
La batalla en la presente edición ha sido cerrada con su compañero de equipo, el príncipe qatarí Nasser Al Attiyah, buen conocedor también de los rallies, que se ha mostrado rapidísimo y combativo durante toda la competición. Tanto es así que, a falta de una etapa, Sainz sólo tenía poco más de dos minutos de ventaja sobre Nasser. Sin embargo, El Matador está acostumbrado de sobra a diferencias tan ínfimas de tiempo de su anterior etapa en el WRC y administró como el campeón que es ésta pequeña diferencia de tiempo (la más corta entre los dos primeros clasificados de toda la historia del Dakar). Además el equipo Volkswagen conseguía hacerse con el podio al completo con la tercera plaza del estadounidense Mark Miller.
Es cierto que el año pasado pudo haberlo conseguido también, pero la victoria en el Dakar es mucho más que ser el más rápido o tener la mejor máquina. Es un cúmulo de circunstancias que deben de alinearse exitosamente para obtener tan codiciado trofeo. Muchos otros aspirantes a la victoria final en anteriores ediciones han sufrido percances similares o mucho peores, pero es que en el caso de Carlos, rápidamente se acude a su falta de suerte. Pero, ¿es mala suerte habiendo ganado dos Campeonatos del Mundo de Rallies (cuatro subcampeonatos), un Campeonato del Mundo de Raids y ahora el mítico Dakar, siendo además el único español que posee cualquiera de estos títulos? Juzguen ustedes.
Todavía no sabemos si participará el año que viene o se planteará nuevos retos. Sea lo que fuere, espero con ansia cualquier decisión, que como siempre, se realizará con éxito. Desde estas líneas y con la admiración que le profeso, felicitar al gran Carlos, además de por este Dakar, por los más de 25 años de triunfos en el automovilismo internacional. Cabe felicitar también a Lucas Cruz, por su excelente trabajo en una faceta tan importante en este raid, como es la navegación y que muchas veces no se tiene en cuenta.Otras lecturas interesantes:
La 'metamorfosis' de los Grizzlies
Apenas habían pasado unas semanas desde el inicio de la temporada regular de la NBA y todo el mundo –un servidor incluido– auguraba que, un año más, los Memphis Grizzlies quedarían relegados al ostracismo en la mejor liga del mundo. Sin embargo, la situación de la franquicia de Tennessee ha dado un vuelco radical desde la marcha de Allen Iverson. El equipo practica un juego vistoso, ha sumado su mejor racha en años y aspira seriamente a regresar a las eliminatorias por el título después de tres años.
Las claves de la brutal transformación sufrida por el equipo son múltiples. La inicial fue la marcha de Iverson del equipo. La ex estrella sólo llevó a Memphis inestabilidad y polémica, y su salida llegó a tiempo para que los Grizzlies se libraran de sufrir toda la fuerza del terremoto AI: Denver y Detroit ya ofrecieron buena muestra de cómo un solo jugador puede hundir a un equipo (de hecho, el despegue de los Nuggets se produjo sólo con cambiar a Chauncey Billups por el denostado Iverson).
El base había sido una de las arriesgadas apuestas de Memphis para la nueva temporada, y la gran noticia ha sido que la otra, Zach Randolph, ha salido a las mil maravillas. El ala-pívot ha desterrado los problemas extradeportivos que le han perseguido a lo largo de su carrera y se ha centrado en trabajar duro en la cancha. Gracias a ello, se ha convertido en el líder indiscutible de un equipo que ya tenía calidad, pero echaba de menos un jugador con carácter y experiencia. Randolph ha sido ese ingrediente que faltaba en la fórmula. Además, se ha compenetrado a la perfección con Marc Gasol, con quien forma una de las parejas interiores más temibles de la liga.
De la mano de Randolph y del técnico Lionel Hollins, que ha sabido dotar al equipo de un estilo ofensivo y descarado, la panda de jovenzuelos que hasta hace poco era Memphis ha alcanzado la madurez. O. J. Mayo ha dejado de tirarse hasta las zapatillas, selecciona mejor sus lanzamientos y ha adquirido conciencia del juego colectivo. Rudy Gay, que había comenzado la temporada pidiendo un sueldo de estrella, ha explotado su mejor versión –tal vez porque al final no consiguió su objetivo y este verano habrá de buscar un nuevo contrato–. Y Mike Conley Jr., maltratado por anteriores entrenadores, ha sabido devolver la confianza depositada en él con una brillante labor de dirección.
A todo esto hay que sumar que el resto de apuestas veraniegas han funcionado bastante bien. Los novatos Sam Young y DeMarre Carroll se han convertido en piezas imprescindibles del puzle. Y Hasheem Thabeet, cuyo segundo puesto en el draft se ha destapado claramente como una exageración, ha sabido aceptar que necesita un par de años para aprender el oficio. También están funcionando los bases suplentes, el imán para las lesiones Marcus Williams y el inestable Jamaal Tinsley, con lo que el roster conformado invita a pensar en que hay plantilla de sobra para regresar a los playoffs. Si las lesiones respetan a sus figuras y mantienen un nivel de juego similar, no hay duda de que lo conseguirán. Han ganado ocho partidos consecutivos en casa, suman ocho victorias en sus últimos diez encuentros y se han impuesto a algunos de los rivales más duros de la liga. Antes nadie daba un duro por ellos. Ahora pocos se atreverían a predecir cuál es su techo.
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El terror envuelve la Copa de África
El terror ha visitado en varias ocasiones al mundo del deporte desde que los violentos se dieron cuenta de la enorme propaganda que pueden conseguir gratuitamente a través de él. Tras la cancelación del Rally Dakar hace un par de años, uno ya casi se había acostumbrado a que indeseables de la calaña de los terroristas irrumpieran de vez en cuando para conseguir que su nombre se pronunciara en los medios. Pero el cruel y sangriento ataque al autobús de la selección de Togo escapa a todo lo que cualquiera podría esperar.
Probablemente no sea exagerado decir que el terrorismo no atacaba al deporte de manera tan violenta desde la masacre de Múnich '72. Desde entonces, ante las crecientes amenazas contra las competiciones más mediáticas, las medidas de seguridad en torno a las principales citas deportivas se han recrudecido. Sin embargo ello no ha impedido que el Dakar se tuviera que suspender por primera vez en tres décadas, ni que un grupo de independentistas sin alma cosieran a balazos a la expedición togoleña.
La seguridad ha fallado en esta ocasión y parece que África es siempre el lugar donde se conceden más oportunidades a los violentos. Mientras el mundo del deporte se lamenta por las pérdidas, Suráfrica toma nota de lo sucedido para que su Mundial no se vea comprometido. Togo, en una sabia decisión, vuelve a casa, pues sería difícil poder mantener el nivel competitivo que requiere una Copa de África después de semejante trauma. La competición, en cambio, continúa sin alteraciones. Haber suspendido el torneo o modificado lo que estaba previsto desde meses atrás hubiera sido erróneo, pues sólo serviría para dar más publicidad a un grupo separatista cuyo nombre ni siquiera merece ser mencionado.
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Muerte e incongruencias en el Rally Dakar
Apenas ha dado el Rally Dakar sus primeros pasos y ya se ha cobrado una nueva víctima. Natalia Sonia Gallardo, una joven argentina de 28 años, falleció a causa de un cúmulo de fatales casualidades. Fue fortuito que al alemán Mirco Schultis se le descontrolara el vehículo en ese preciso punto del recorrido. Y fue imprudente que Natalia, junto con otros espectadores, se encontrara en ese justo lugar, fuera de la zona habilitada para los espectadores.
Parece que el aumento de las medidas de seguridad nunca es suficiente. El Dakar sigue cobrándose víctimas a un ritmo de casi dos fallecidos por edición y los esfuerzos por evitarlo resultan en vano. Las características propias de la prueba la definen como una carrera peligrosa e imprevisible. Resulta difícil adivinar dónde se podrá cruzar un animal perdido o dónde te encontrarás con un socavón cuando tu moto rueda a velocidades de vértigo. Lo que sí se puede controlar mejor, en lugares civilizados como Argentina y Chile, es el flujo del público. Pero ni siquiera los 2.000 agentes de seguridad situados a lo largo del recorrido pueden evitar que, en un punto determinado, a los espectadores, siempre excesivamente curiosos, les dé por abandonar la zona que, por su integridad física, se les ha habilitado.
Al leer estas noticias uno se pregunta qué necesidad existe de correr estos riesgos. Es decir, de disputar un rally que, por mucho que se trate de mejorar, siempre acaba con alguna tragedia. 55 muertos es una cifra que debe despertar reflexiones. ¿Vale la pena organizar ese espectáculo anual a cambio de la vida de dos personas? Es, más o menos, la duda que le asalta a uno cuando oye que han perecido varios alpinistas en el Himalaya. ¿Compensa jugarse la vida y la de quienes tengan que arriesgarse para rescatarte por el simple hecho de querer coronar una montaña?
Lo cierto es que, si ya el Dakar ha perdido un atractivo enorme desde que abandonó África, noticias como esta le hacen perder todavía más sustancia. Por no decir que todavía hay muchos espectadores incapaces de concebir que un rally que se llame “Dakar” se dispute en Argentina y Chile, a 7.000 kilómetros de distancia del mítico Lago Rosa. La esencia de la prueba se está perdiendo. Y su interés y credibilidad, también. Los organizadores necesitan empezar a buscar alternativas si quieren asegurar la supervivencia y el éxito de una de las pruebas más emblemáticas en el mundo del motor.
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