Al final va a resultar que Jenson Button no era del todo un fraude. Puede que nunca hubiera ganado un Mundial de no ser por la maravilla de máquina con la que se encontró el año pasado. Tal vez su palmarés se reduciría a una única victoria en un Gran Premio (el de Hungría 2006) si el azar no le hubiera situado aquel inigualable Brawn GP. Probablemente nunca habría llegado a McLaren, ni hubiera alcanzado la condición de ídolo para la afición de Gran Bretaña. Pero en Australia Button nos ha demostrado a muchos que, pese a la suerte que le acompañó en su triunfo de 2009, tiene calidad de sobra para defender con honor los colores de las flechas plateadas.
Le benefició una acertada estrategia, la lluvia y los percances que se produjeron en las primeras vueltas, pero Button fue justo vencedor del Gran Premio de Australia. Supo rodar con inteligencia, a un ritmo que le permitiera mantener a raya a sus perseguidores al tiempo que conservar los neumáticos. No cometió errores y se aprovechó del mal fario de Sebastien Vettel, condenado una vez más por la escasa fiabilidad de su Red Bull, para regresar a lo más alto del podio y callar numerosas voces. Muchos le acusaban en Inglaterra de ser un piloto fino en la conducción, pero desapasionado. Decían que no merecía un volante tan prestigioso como el de McLaren. En apenas dos carreras, el vigente campeón mundial les ha demostrado lo contrario.
Con todo, uno puede llegar a entender semejantes críticas hacia el inglés si se fija en la cantidad de pilotos de enormes dotes relegados a posiciones postreras por tener un coche que no está a su altura. Si Button dio buena muestra de su calidad en Melbourne, Robert Kubica ofreció una exhibición de cualidades todavía más impactante. Como Fernando Alonso en los últimos dos años, el polaco, uno de los pilotos más virtuosos del circuito, está condenado a la mediocridad. Su Renault está muy por detrás de los ocho monoplazas punteros de la parrilla, y en condiciones normales será muy complicado poder oler el podio. Pero Kubica ya ha superado todas las expectativas con su segundo puesto en Albert Park. Él, al contrario que Button, no ha tenido nunca la fortuna de contar con un coche ganador. Pero está claro que si algún día le dan un bólido de primera línea, será un claro candidato al trono. De momento, como le sucedió al asturiano, tendrá que armarse de paciencia y seguir peleando por conseguir hazañas como la de Australia.
Y también armado de paciencia habrá de estar Vettel si no quiere acabar en el diván de un psicólogo a mitad de temporada. Lo que le está sucediendo es para arrancarse los pelos a puñados. Posee el coche más veloz, domina con autoridad los entrenamientos y las calificaciones, ha liderado con holgura las dos primeras carreras del campeonato y hasta Bernie Ecclestone le ha señalado como el gran favorito para el título esta temporada. Sin embargo, al Red Bull le ha fallado en los dos grandes premios disputados. De no ser por los problemas de fiabilidad (en Bahrein fue un fallo de una bujía y en Australia han sido los frenos) contaría ahora con 50 puntos y encabezaría el Mundial. Vettel suma sólo 12, los que consiguió en el desierto de Sahakir, y un pinchazo le pondría en una situación crítica a nivel anímico. Ya ha dicho abiertamente que sus problemas le están “rompiendo las pelotas”. Así que a Red Bull más le vale ponerse las pilas para que tanto su coche como su piloto dejen de echar humo.
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La calidad, sola, no basta
2010, el año del 'otro' Barça
Si el mundo del baloncesto se guiara por la lógica, no cabe duda alguna de que el Barcelona debería llevarse este año todos los títulos en juego. El conjunto de Xavi Pascual es digno heredero del Barça de las seis copas que Pep Guardiola llevó a la perfección. La sección de baloncesto azulgrana lleva toda la campaña dominando el básquet nacional y continental. Y en las últimas semanas su juego ha alcanzado tal perfección que el equipo parece no tener techo.
Los catalanes exhibieron un baloncesto celestial en su contundente victoria en la Copa del Rey, hace apenas cuatro semanas. El Real Madrid, con todos sus millones y fichajes estelares, hubo de inclinarse en reverencia ante el poderío del sólido bloque azulgrana (y ya era la segunda vez que lo hacía en la temporada). Hasta entonces los barceloneses sólo habían perdido dos partidos en liga y uno en Europa. Y desde la Copa no han hecho sino encadenar una exhibición tras otra.
Su último festín se lo dieron nada más y nada menos que en el Fernando Buesa Arena, donde el Baskonia encadenaba 30 victorias consecutivas y más de dos años sin conocer la derrota en temporada regular. Tuvo que llegar la precisa máquina azulgrana para acabar con semejante racha triunfal con una demostración de cualidades que hizo temblar a todos sus rivales. El Barça, mejor defensa de la liga, secó a las figuras de los vascos, tercer ataque más fructífero del campeonato. Y para ello no le hizo falta siquiera echar mano de Fran Vázquez, segundo mejor taponador de la ACB, que apenas disputó once minutos, ni exprimir a Gianluca Basile, uno de sus pilares defensivos, que jugó el mismo tiempo que el gallego.
El Barça de Xavi Pascual es una fuente de recursos inagotable. Presume de tener la plantilla más completa de Europa y lo demuestra en cada partido. Rara es la ocasión en que algún jugador supera los treinta minutos de juego. El banquillo destila tanta calidad como el cinco titular, poseen jugadores de renombre a razón de hasta tres por cada posición (la única algo más coja es la de alero, debido a la eterna baja de Lubos Barton) y el estilo de juego dinámico que ha inculcado su técnico permite que todos rindan al máximo tanto en defensa como en ataque cuando están en cancha.
Pascual ha sabido infundir espíritu de equipo y de sacrificio a sus jugadores. No existe el afán de protagonismo y todos ponen de su parte para que los esquemas funcionen a la perfección. El Barça juega tan de memoria que no importa si en la dirección de juego está Ricky Rubio, Jaka Lakovic o Víctor Sada. Los tres tienen sus minutos y cumplen a la perfección con su rol, el de ser el brazo ejecutor del entrenador sobre la cancha, cuando se les requiere. Incluso figuras como Juan Carlos Navarro, Erazem Lorbek y Pete Mickael, acostumbrados a tener un protagonismo ofensivo mayor, han sabido adaptarse a los nuevos requerimientos. Se juegan menos tiros y pasan más el balón, pero siempre sacan a relucir su calidad cuando el equipo necesita que alguien se la juegue.
Especialmente sintomático es el caso de Ricky Rubio, que ejemplifica a la perfección lo que es el actual Barcelona. Pudo haberse marchado a la NBA (perdiendo dinero, eso sí) velando por el futuro de su carrera personal. Pero decidió atarse al Barcelona por dos años, para servir a un proyecto destinado a ganar todos los títulos y seguir creciendo como jugador de equipo, lejos del individualismo de la NBA. Pese a su corta edad, Ricky ha sentado a dos bases de la talla de Lakovic y Sada y es el guía indiscutible del equipo. Se sacrifica como el que más, tanto en defensa como en ataque, y trabaja constantemente en los entrenamientos por mejorar todas las facetas en las que cojea, fundamentalmente el tiro. Y vaya si lo está consiguiendo. Contra el Baskonia anotó cinco triples de cinco intentos, algo totalmente impensable hace unos meses.
El Real Madrid sigue intentando alcanzar a los azulgranas a base de fichajes a mitad de campaña (parece que Bostjan Nachbar, otro ex NBA, puede ser el siguiente). Los blancos ya han sumado dos jugadores nuevos desde que empezó el campeonato. El Barça, en cambio, cuenta exactamente con los mismos que realizaron la pretemporada. Xavi Pascual tenía un proyecto claro y ambicioso en la mente, y lo está llevando a cabo prácticamente sin fisuras. El baloncesto, como cualquier deporte, es casi siempre impredecible. Pero, si el Barcelona sigue así, lo lógico es que 2010 sea el año de su pleno, como 2009 lo fue para la sección de fútbol.
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Vuelve la emoción a la Fórmula 1
El tedio y la ausencia de emoción han quedado enterrados en el baúl de los recuerdos de la Fórmula 1. La insípida temporada 2009 está ya olvidada en todos los sentidos y de sus cenizas ha resurgido la que se presagia como una de las campañas más apasionantes de los últimos años. Así se demostró en el Gran Premio de Bahrein, donde hasta tres equipos, en concreto Ferrari, Red Bull y McLaren -y aún se podría incluir a Mercedes-, demostraron estar en condiciones de luchar por el título.
Bahrein brindó, entre otras cosas, dos sensacionales noticias para el aficionado a la Fórmula 1 y para el público español en particular. La primera es que el caso Brawn GP raramente se volverá a repetir, salvo que Ferrari acabe imponiendo su mayor capacidad económica y marcando las distancias con Reb Bull. Esta vez, salvo sorpresas, habrá lucha, y uno podrá dejar de hacer zapping en busca de algo interesante que ver en la sobremesa del domingo.
La segunda conclusión que deja Bahrein es que los tiempos de penurias se han acabado para Fernando Alonso. Después de dos años alejado de los focos y pasando miserias en Renault, el asturiano vuelve a tener un coche ganador, y lo que es más importante, una hambre de victorias descomunal. No lo tendrá fácil, pues Felipe Massa y Sebastien Vettel, que nunca han ganado un título, demostraron en el circuito de Sakhir que este año tienen ese objetivo marcado a fuego. Ello obliga a Alonso ha esforzarse como nunca para sumar el que sería su tercer campeonato, pues tanto el brasileño como el alemán han demostrado que, si se dan las circunstacias, pueden rodar igual o más rápido que el español.
Bernie Ecclestone y compañía deben felicitarse por haber hallado al fin, tras años de pruebas e innovaciones, una fórmula que parece destinada a funcionar. El cambio del sistema de puntuación, una de las pocas variaciones introducidas este año, ha sido todo un acierto, pues premia especialmente al que finaliza en primera posición y hace que la lucha por la victoria en cada Gran Premio se recrudezca. El regreso de Michael Schumacher y el atractivo que despiertan las nuevas y más modestas escuderías dotan todavía de más color a una temporada que, de cumplir las previsiones, puede batir récords de audiencia. El gran circo puede regresar en 2010 al lugar que, en justicia, nunca debió abandonar.
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Historias que se repiten
Es curioso cómo la historia, en ocasiones, parece recoger un guión usado de la estantería para volver a aplicarlo casi al pie de la letra. La eliminatoria de Copa Davis en Logroño fue un claro ejemplo de ello. Ante Suiza, mismo rival y misma ronda, España revivió el calvario que pasó hace tres años en Ginebra, aunque esta vez la tensión no llegó al mismo nivel.
Era el año 2007 y el equipo español, capitaneado entonces por Javier Sánchez Vicario, se jugaba el pase a cuartos de final contra una Suiza descafeinada, sin Roger Federer ni Stanislas Wawrinka. Pero todo se empezó a torcer cuando Rafael Nadal, número uno del equipo, se lesionaba en la misma mañana del inicio de la competición. Fernando Verdasco, que estaba durmiendo en el hotel, tuvo que cambiar a toda prisa el pijama por la ropa de tenis y saltar a la pista. Todavía adormecido, naufragó ante el número 137 del mundo, Marco Chiudinelli, y una eliminatoria que se contaba como un paseo pasó a convertirse en una pesadilla. Al final, el dobles, con sufrimiento, consiguió poner las cosas en su sitio y el propio Verdasco se encargó de sellar la victoria final después de un fin de semana de muchos nervios.
Suiza viajó a Logroño para volver a enfrentarse a España en primera ronda tres años después. Y desde el principio pareció que el destino guiaba cruelmente los acontecimientos para que todo se volviera a repetir. Como en 2007, el número uno español, esta vez Juan Carlos Ferrero, cayó lesionado, y Nicolás Almagro, encargado de sustituirle, pinchó en el primer encuentro ante Wawrinka. Lo que se presumía como una eliminatoria de trámite se convirtió otra vez en un suplicio para los hombres de Albert Costa. Aunque en esta ocasión, el liderazgo de David Ferrer y el buen rendimiento de una pareja de dobles inédita -Marcel Granollers y Tommy Robredo- impidieron que la tensión y las críticas se desbordaran. España, al igual que tres años atrás, acabó ganando por 4-1. Y Suiza, como entonces y como casi siempre, deberá recurrir a Federer para intentar salvar la categoría. Aquel año no lo consiguió.
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Estamos de obras
Hemos tenido un problema con la plantilla. El blog estaba desaparecido. Para que vuelva a estar disponible hemos tenido que cambiar la plantilla por el momento y ha quedado todo hecho un desastre. Estamos trabajando para arreglarlo cuanto antes. Perdonad las molestias.
Vancouver 2010 cierra con nota
Tal vez no hayan sido los mejores de la historia, pero los Juegos Olímpicos de invierno de Vancouver 2010 han concluido con un balance positivo para sus organizadores. Canadá ha vivido la cita olímpica más grande de su historia, en su propia casa, con una afición volcada, unos resultados de audiencia impresionantes y un espectáculo deportivo pocas veces visto. Los problemas que se acechaban a Vancouver desaparecieron a tiempo para dejar paso a unos Juegos soñados, al menos para sus organizadores, y dejando de lado los asuntos de índole económica.
Canadá vivió unos de los Juegos de invierno más vibrantes en el aspecto deportivo. Y además los abandonó por la puerta grande, liderando el medallero por primera vez en la historia, con un récord histórico de oros ganados en la misma edición (14) e imponiéndose a su eterno rival, Estados Unidos, en las dos finales –femenina y masculina– de su deporte nacional, el hockey sobre hielo. La disciplina que levanta más pasiones en el país de la hoja de arce batió todos los récords de audiencia en la televisión canadiense (más de 26 millones, el 80 por ciento de la población, vieron algún momento de la final). Y la agonía ante el televisor mereció la pena, porque el equipo masculino venció a los estadounidenses en la prórroga para poner el broche de oro a los Juegos y dar el pistoletazo de salida a unas celebraciones históricas.
Se mereció la afición canadiense semejante traca final, pues durante las dos semanas de competición se volcaron con sus colores como nunca se había visto. El rojo y el blanco reinaban en las vestimentas de quienes acudían a sus puestos de trabajo, de los ociosos y, por supuesto, de los miles de personas que abarrotaron las gradas. Canadá se unió para engrandecer sus Juegos y sus deportistas respondieron con brillantez. Alemania y Estados Unidos, los dos gallitos de los deportes invernales, tuvieron que conformarse con los peldaños bajos del podio. Pero aún así también ellos, junto a figuras individuales de la talla de Marit Bjoergen, Ole Einar Bjoerndalen y Simon Ammann –por citar algunos protagonistas–, engrandecieron unos Juegos sublimes.
A nivel organizativo tampoco hubo errores. La trágica muerte del georgiano Nodar Kumaritashvili antes del comienzo de los Juegos fue la única mancha negra en el expediente. Las modernas instalaciones hicieron las delicias de competidores y espectadores; el despliegue policial, concebido a lo grande, ahuyentó cualquier tipo de situación comprometida; y el concienzudo plan de lucha antidopaje, a falta de conocer parte de los resultados de los controles, ha logrado que la mayoría de tramposos ni siquiera pudieran pisar Vancouver. Tras dos ediciones marcadas por la gigante sombra del doping, todo apunta a que los Juegos de 2010 quedarán libres de escándalo, e incluso serán recordados por su limpieza.
Quedará saber solamente si el éxito deportivo ha compensado la enorme inversión requerida. La deuda económica que quedó tras los Juegos de Montreal, en 1976, tardó 30 años en saldarse. En plena crisis mundial, tampoco parece que Vancouver vaya a tener fácil el recuperar los millones gastados. El hecho de que varias de las instalaciones ya estuvieran construidas ha ayudado. Y el éxito en cuanto al número de espectadores, avivado por nuevas y espectaculares modalidades como el ski-cross, ha sido clave. Pero sólo el tiempo dirá si la ciudad logrará recuperar fácilmente todo lo que ha invertido. De hacerlo, el comité organizador se ganará el sobresaliente.
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