Con esas solemnes palabras, "una victoria de la ética y la corrección", el Comité Olímpico Italiano celebró la noticia que tanto tiempo llevaba esperando: la sanción deportiva a Alejandro Valverde por su implicación en la Operación Puerto. El ciclista murciano permanecerá dos años apartado de la competición, hasta el 31 de diciembre de 2012, y pierde todos los éxitos cosechados en 2010 por un delito de tentativa de dopaje del que el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) le ha considerado culpable.
No hay nada sorprendente en tal decisión, salvo la tardanza del proceso que ha llevado a condenar a un deportista a todas luces culpable. La sangre de Valverde fue encontrada, con restos de EPO, en una de las bolsas confiscadas a Eufemiano Fuentes. El CONI, en una maniobra contraria a las exigencias administrativas, consiguió hacerse con esa sangre para demostrar, con un análisis de ADN, que efectivamente pertenecía al reciente campeón de la Vuelta a España. Sin embargo, las condenas del organismo italiano sólo pudieron aplicarse a su territorio, y el único castigo que recibió Valverde fue el de perderse el pasado Tour, pues su recorrido atravesaba parte de Italia.
La claridez del caso era, no obstante, evidente. Sin embargo, las trabas judiciales -especialmente las procedentes de magistrados españoles- y la negativa de la Federación Española de expedientar a Valverde han alargado un proceso que debió haber sido mucho más breve e infinitamente más transparente. Las autoridades españolas han quedado en evidencia por no saber resolver un asunto en el que se jugaban su prestigio deportivo. Cierto es que nadie puede demostrar -y los numerosos controles a los que se ha sometido lo certifican- que Valverde se dopara. Pero la sangre encontrada prueba que, si no lo hizo, al menos en algún momento lo intentó, y sólo eso ya constituye motivo de sanción.
Pero las autoridades internacionales también han destapado sus vergüenzas en este caso. Incapaces de sancionar al corredor desde un principio, han enrevesado la situación hasta el punto de alcanzar un veredicto apresurado e ilógico. Se sanciona a Valverde mientras la mayoría de implicados en la Operación Puerto han quedado impunes, y además se impone un castigo muy superior al que recibieron aquellos cuya culpabilidad en los cargos de dopaje sí se pudo demostrar. Para más inri, se establece el inicio de la sanción en una fecha totalmente aleatoria, el 1 de enero de 2010, lo que anula los triunfos conseguidos por Valverde esta temporada, todos ellos éxitos transparentes a tenor de los controles antidopaje realizados.
Valverde todavía puede recurrir al Tribunal Federal Suizo, pues el TAS tiene su sede en Lausana. Sin embargo, tanto su nombre como el de quienes han fallado al sancionarle no pueden estar más manchados. El recurso prolongará todavía más un proceso vergonzoso que ha dañado enormemente al ciclismo. En buena lógica, ello debería servir para rebajar el castigo y dejar en evidencia -por enésima vez- a las instituciones de justicia deportiva. La absolución de Valverde sería un final injusto, pues su culpabilidad en el delito que se le imputa ha quedado destapada. En cualquier caso, tanto una parte como la otra han fallado estrepitosamente. Lo que el CONI anuncia como una "victoria de la ética y la corrección" ya no puede ser tal, porque tanto la ética como la corrección han sido tratadas a patadas.
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¿Una victoria de la ética y la corrección?
Mourinho también sabe jugar bonito
José Mourinho ha demostrado al mundo que es capaz de llevar a lo más alto a cualquier equipo. Lo hizo con el modesto Oporto –eso sí, con jugadores de calidad y en una temporada europea descafeinada– y lo ha vuelto a lograr con un Inter de Milán de perfil bajo. Sin grandes estrellas en la plantilla y utilizando apenas 13 jugadores con asiduidad, el portugués ha dado más de una lección de táctica y de motivación colectiva. Una muestra más de que por algo se le considera el mejor entrenador del mundo.
Hacer jugar bien a un equipo plagado de genios, como el Madrid de Zidane o el Barça de Messi, no es tan sorprendente. Lo realmente complicado y meritorio es convertir en campeón a dos conjuntos –el Oporto y el Inter, en este caso– en los que abundan futbolistas de limitada técnica y cuyos máximos exponentes –ya sean Deco, Milito o Sneijder– tienen incluso complicada la titularidad con sus selecciones. Con una pizca de fortuna, jugando a la defensiva y apelando a la garra, cualquier técnico –Otto Rehhagel lo demostró con Grecia en la Eurocopa– puede hacer campeón a un equipo corriente. Pero cuando esa situación se repite está claro que quien maneja los hilos es alguien especial.
El juego del Inter de Mourinho no habrá enamorado a muchos, pero nadie puede quitarle el mérito de haber sabido utilizar a la perfección las armas con las que contaba, de haber inculcado a sus jugadores una mentalidad ganadora inusual y de haber ganado la partida táctica a todos los técnicos con los que se ha medido. Mourinho es, probablemente, el cerebro más privilegiado que pulula por los banquillos de todo el mundo, y si el Real Madrid se hace con sus servicios será un acierto absoluto.
Muchos le señalan como un entrenador defensivo y amante de un juego poco atractivo, algo contrario a los principios que imperan en la casa blanca. Sin embargo, aunque sí es un obseso de la táctica y el orden –algo que en el Santiago Bernabéu hace buena falta– Mourinho también ha demostrado que sabe practicar un fútbol de calidad. Su Oporto fue, en su momento, uno de los equipos más alabados en ese aspecto, y con el Chelsea también llegó a tener momentos de cierto esplendor futbolístico.
Cierto es que Manuel Pellegrini ha completado una temporada digna y que, por trabajo y rendimiento, merecería quedarse. Pero, puestos a sustituirle, no hay mejor opción que la de contratar al técnico más brillante. Y ése –ha quedado claro– no es otro que Mourinho. Los aficionados blancos que ven con recelo su llegada no deben preocuparse. En el Bernabéu se verán menos goles porque la defensa dejará de hacer aguas, pero la belleza del juego ofensivo no tiene por qué resentirse. Mourinho también sabe jugar bonito.
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La Liga más desigual
La Liga "más igualada de la historia", como muchos han resuelto en llamarla, ha tocado a su fin. El desenlace fue el esperado, pues por mucho que el Real Madrid le haya echado corazón y casta, el Barça ha demostrado esta campaña que, en lo que a juego se refiere, todavía está un paso por delante. La emoción, con todo, aguantó hasta la última jornada, y ello embelleció una temporada vibrante como pocas, pues hasta los tres puestos de descenso hubieron de resolverse en la fecha final.
Con todo, la temporada 2009/2010, por mucha emoción que haya brindado a los aficionados, ha reflejado con claridad las enormes desigualdades que existen entre los clubes españoles. Al contrario que en ligas como la inglesa, la alemana, la italiana o la francesa, en las que las diferencias entre los cinco primeros clasificados han sido inferiores a veinte puntos, en España la brecha es impresionante. Casi treinta puntos han separado al Barcelona del tercero, el Valencia, y de ahí al resto ha emergido un abismo insólito.
Barça y Madrid han completado, en números, la mejor temporada de su historia, y de ahí que nadie haya podido hacerles sombra. Pero precisamente la facilidad con la que culés y merengues se han deshecho de sus rivales es un síntoma que debe empezar a preocupar. Al margen de los dos grandes, y tal vez salvando al Valencia, la competitividad del resto ha dejado mucho que desear. Sevilla y Mallorca fueron unos meros juguetes cuando se enfrentaron a campeón y subcampeón, especialmente en una recta final de la temporada en la que se esperara que al menos ellos pudieran arañarles algún punto. Y el resto, salvo por alguna hazaña puntual, como las protagonizadas por el inconsistente Atlético de Madrid, nadaron en la mediocridad.
Por mucho que Barcelona y Real Madrid hayan demostrado que están en condiciones de llevar, en los próximos años, su rivalidad histórica hasta cotas casi inimaginables, lo cierto es que los responsables de la Liga deberían estar con la mosca detrás de la oreja. Aunque los dos grandes se refuercen hasta las trancas, el prestigio internacional de la competición depende también de lo que hagan el resto. Y ni Valencia, ni Sevilla ni mucho menos Mallorca parecen estar en condiciones de decir una palabra alta en la Liga de Campeones. El hecho de que este año sólo el Barcelona haya logrado alcanzar los cuartos de final de la principal competición europea es ciertamente revelador.
Que el Atlético haya ganado la Liga Europa, un torneo plagado de equipos vulgares, es una mera anécdota. Una liga es más fuerte cuanto mayor sea la competitividad. Y sólo por ese camino se logra dominar en Europa como los españoles hacían antaño, cuando en las semifinales de la Champions prácticamente sólo se hablaba castellano. Para volver a ser la mejor liga del mundo hay que empezar a tomar medidas. La decisión de crear una competición independiente, desligada de la Segunda División, en la que todos los ingresos por derechos vayan a los clubes de Primera, es un primer paso. Aunque parezca una medida injusta con los equipos pequeños, los nuevos tiempos exigen que nos adaptemos a ellos, y España es uno de los pocos países que no lo ha hecho. Con suerte, para el año próximo, habrá menos récords y más nivel.
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Un 'rey' para largo
Mientras España cruza los dedos para que su Rey, Juan Carlos I, se recupere pronto de su reciente operación, el baloncesto continental ha podido constatar la salud de hierro que luce su nuevo monarca, un Barcelona que amenaza con instaurar en Europa un régimen hegemónico duradero, al menos hasta que la NBA se lo permita.
El equipo azulgrana alcanzó el ansiado objetivo de proclamarse campeón de la Euroliga, quimera perseguida durante años con diferentes proyectos que nunca dieron los frutos esperados en el Palau. Ha tenido que llegar un grupo de hombres de la casa, culés hasta la médula y amantes de un tipo de baloncesto moderno y vistoso, para que el Barça se haya convertido, con diferencia, como demostró en París, en el mejor equipo de Europa.
Chichi Creus y Joan Plaza habían configurado la pasada campaña el germen de lo que podía ser un conjunto de leyenda. Los planes se les trastocaron ligeramente cuando la NBA se llevó a Ersan Ilyasova y David Andersen, pero del esfuerzo para suplir esas bajas ha surgido el equipo perfecto, una máquina de hacer baloncesto de una precisión y brillantez pocas veces conocida en el Viejo Continente.
Llegaron este verano Boniface Ndong, Ricky Rubio, Pete Mickael y Erazem Lorbek, y los cuatro han pasado a formar, junto a Juan Carlos Navarro, el quinteto titular más temido de la Euroliga. Ricky se ha convertido en el mejor base de la ACB, Mickael es la experiencia y la sangre fría cuando al resto les tiembla el pulso, Ndong es la muralla defensiva y Lorbek, el que más minutos disputa, es la clase y la elegancia personificadas. Con Navarro viviendo en la plenitud de su carrera profesional y un banquillo plagado de currantes, pero también con estrellas de la talla de Fran Vázquez, Terrence Morris y Jaka Lakovic, el Barça posee la plantilla deseada por cualquier entrenador.
Y Xavi Pascual ha sabido tomar ese equipo soñado para hacer la utopía realidad, añadiendo una filosofía de trabajo exigente y exhaustiva, y cultivando una mentalidad ganadora excepcional. El Barça es un colectivo desprendido, sin egoísmos, con todos sus jugadores entregados al bien común, devotos a la primacía de los esquemas tácticos y el sacrificio defensivo. Cada uno se conoce a la perfección la libreta mágica concebida por Pascual y sus asistentes. Y gracias a ello los azulgranas practican un baloncesto que encandila hasta al más merengue, con guantes de seda en la dirección, dinamismo e inteligencia en los movimientos de ataque y espectacularidad en la definición.
El Olympiacos, el club más rico del continente, un proyecto concebido para ganarlo todo, ya sabe quién es el verdadero rey de Europa. Con la Copa del Rey y la Euroliga en el bolsillo, este Barça lo tiene todo para seguir ganando títulos y emular el pleno que la temporada pasada consiguiera la sección de fútbol. El futuro, al menos el más inmediato, también es suyo. El problema llegará cuando la NBA vuelva a entrar en escena y le birle a Ricky y a Lorbek. Creus y Pascual tendrán que volver a tirar de ingenio. Y si sus elecciones funcionan como hasta ahora, Europa habrá encontrado a un monarca para muchos años.
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¿Debe Xavi jugar lesionado?
En el artículo de la semana pasada mencionaba la posibilidad de que la cruda pugna por la Liga entre Real Madrid y Barcelona pudiera provocar una sangría de lesionados que restara efectivos a la selección. Cruzaba los dedos, especialmente, pensando en la importancia de Xavi para el juego de España, pues él es sin duda el jugador que marca mayores diferencias en el equipo de Vicente del Bosque. Y parece que el destino ha querido ser cruel, porque la salud del catalán se ha complicado y se ha convertido en un foco de debate para los seguidores de la Roja.
El catalán, líder espiritual del Barcelona y de España, mediocentro por el que suspira todo el planeta futbolístico, jugó contra el Villarreal con una rotura de tres centímetros en el sóleo, músculo que envuelve la cara posterior del peroné. Lo hizo por decisión propia, sabedor de que la rotura podía empeorar y consciente de que ello podría costarle una recuperación de varias semanas, con lo que peligraría su participación en el Mundial. Y ahora que España se encuentra tal vez ante la que es su oportunidad más clara de ganar tan preciado título, la decisión de Xavi ha suscitado numerosas reacciones.
Lo cierto es que el de Tarrasa es un jugador de una clase inigualable. Ningún mediocentro en el mundo tiene tanto peso en el éxito de su equipo ni semejante facilidad para crear, desde la posición de organizador, tantas ocasiones de gol. Xavi es todo un líder, en el aspecto táctico y también en el anímico. Y por ello de su salud física dependen buena parte de las opciones de éxito de cualquier equipo. Es lógico, por tanto, que ningún médico ni responsable del club le haya tratado de persuadir para que no fuerce la maquinaria, ahora que el Barcelona se juega el conquistar el único título al que todavía aspira este año.
Comprometido como es, tanto en el Barcelona como en la selección, es lógico que Xavi quiera disputar todos los minutos, incluso aunque tenga que hacerlo a la pata coja. Pensar en condicionales o hipotéticos no tiene sentido cuando está en juego la Liga más disputada de la historia, y menos si el que aprieta es el eterno rival. Por tanto, el aficionado rojo debe entender, sea merengue o culé, que Xavi haya dado prioridad a su objetivo más inmediato y por el que lleva luchando desde septiembre. Llamarle irresponsable o considerar, como han hecho algunos, que se trata de una traición a España, es pasarse de la raya. Sobre todo cuando se está hablando de un jugador implicado como pocos y sin el cual la Eurocopa se habría ido, seguramente, para Alemania.
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