El torrente de información sobre el Mundial de Sudáfrica que anega los medios en estas fechas ha hecho pasar desapercibidas, con escasa repercusión, dos citas que anualmente copan las portadas de las secciones de deportes. El draft de la NBA y el mítico torneo de Wimbledon han tenido que conformarse con las páginas de desecho precisamente en uno de los años que más emoción han destilado.
Sólo la proeza de John Isner y Nicolas Mahut, que se desafiaron en una de las batalla más épicas vivida jamás en el mundo del deporte, logró que el planeta apartara la vista por un momento de Sudáfrica. Fue una distracción fugaz para quienes sólo tienen ojos para el Jabulani. Y eso que en la hierba de Londres se están viviendo algunas jornadas vibrantes. A los tres días que tardaron Isner y Mahut en acabar su partido y destrozar todos los récords existentes se le añaden la corajuda lucha de Roger Federer contra su destino y las exhibiciones de un rejuvenecido Lleyton Hewitt.
El suizo, contra las cuerdas en todos los partidos que ha disputado, logra sostenerse en pie aferrado al sufrimiento y a su amor por un torneo en el que se siente como en casa. El australiano, con un tenis espectacular, ha demostrado que todavía tiene mucho que decir cuando se juega sobre verde. Gracias a ellos y a Rafa Nadal, entre otros, la capital británica, iluminada estos días por un sol abrasador que no se veía en años, está disfrutando del espectáculo del tenis como pocas veces lo ha hecho.
Al otro lado del Atlántico, donde por primera vez se han apasionado con ese deporte que llaman soccer gracias a las proezas de su selección, los amantes del baloncesto han vivido con pasión la noche del Draft, cita anual para seleccionar a las futuras estrellas de la NBA. Y no es que el nivel haya estado este año a un listón superior; más bien lo contrario. Ni siquiera han tomado parte jugadores europeos de gran proyección que pudieran despertar mayor atención a esta orilla del charco. La emoción de esa vibrante noche se ha centrado esta vez en los movimientos paralelos a las selecciones del Draft con los que las franquicias han animado el mercado.
LeBron James, Chris Bosh, Dwayne Wade y Amare Stoudemire, amén de otros grandes nombres, están en el mercado. Y muchos equipos suspiran por hacerse con dos de esos jugadores franquicia para crear una nueva dinastía que pueda situarse a la altura de Lakers y Celtics. Los que mejor se han movido, de momento, han sido los Chicago Bulls, que se deshicieron del contrato de Kirk Hinrich en un hábil movimiento y ya tienen espacio de sobra para recibir a King James, la pieza más codiciada. En Illinois sueñan con que el Rey tome el relevo de Michael Jordan y devuelva los tiempos de gloria a su equipo. Mientras, Rudy Fernández, Sergio Rodríguez y José Manuel Calderón aguardan impotentes a saber cómo afectarán todas estas transacciones a su futuro. El mercado veraniego más apasionante de los últimos años ha dado su pistoletazo de salida con la noche del Draft.
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Lo que el Mundial hace olvidar
Contra el aburrimiento, baloncesto
Mientras el desaborido Mundial de Sudáfrica prolonga las últimas horas de la temporada de fútbol (si es que se puede llamar así a lo que se está viendo estos días en el país africano), el curso baloncestístico ha tocado a su fin en los dos lados del Atlántico. Y lo ha hecho dejando para la historia dos finales magníficas, excitantes como pocas y dignas del que para muchos es el deporte más espectacular del mundo.
La ACB, pese a resolverse la pugna por el título por un rápido 0-3, coronó campeón a un soberbio Baskonia en una de las finales más vibrantes de los últimos años. El Barcelona, consolidado este año como el mejor equipo de Europa, se quedó sin el ansiado triplete. Cedió la liga que en buena lógica debía acompañar a la Copa del Rey y la Euroliga. Pero cayó como los grandes, luchando hasta el último momento, aunque desbordado por la apabullante fe que pusieron en cada instante los jugadores de Dusko Ivanovic.
Fernando San Emeterio y Thiago Splitter, más que sublimes, guiaron a los vascos en una clara demostración de que hasta el más grande y poderoso puede ser derribado. Lior Eliyahu, Marcelinho Huertas, Mirza Teletovic,… Todas las piezas baskonistas impulsaron un preciso engranaje que funcionó a las mil maravillas, pues sólo alcanzando la perfección es posible doblegar a este Barça, un equipo llamado a dominar el baloncesto actual en el Viejo Continente. El Real Madrid, atropellado por su propia necesidad de títulos, deberá esperar y reconstruir su proyecto, esta vez con más pausa y meditación.
Aires de reconstrucción también soplan en Los Ángeles, aunque en ese caso más bien se debe a las jubilaciones ilustres –Phil Jackson y Dereck Fisher– que podrían firmar el fin de una época gloriosa. Tres finales y dos títulos adornan el currículum de Pau Gasol desde su llegada a la ciudad californiana. Y éste último ha sido, seguramente, el más especial. Para consumar la venganza contra los Boston Celtics, sus verdugos en 2008, los Lakers tuvieron que protagonizar una memorable remontada en la que Gasol se erigió en el salvador en el séptimo y decisivo partido.
Celtics y Lakers, los dos clásicos del baloncesto americano, ofrecieron una intensidad que no se veía en unas finales desde varios años atrás. La liga estadounidense vomita cada semana numerosos partidos horrendos, extremadamente lentos y con equipos cuyo orden táctico recuerda al de las competiciones escolares de la Comunidad de Madrid. Sin embargo, con playoffs de este nivel, uno entiende que se considere a la NBA uno de los mayores espectáculos del mundo. Ahora llega el Mundial de Turquía y, pese a las notorias ausencias, la inercia apunta a que la cita otomana tiene mucho que ofrecer al espectador. A buen seguro que el amante del deporte lo agradecerá, sobre todo ahora que el otro Mundial, esa maravilla creada por la FIFA, no ha propiciado, hasta la fecha, más que bostezos.
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Sudáfrica 2010, la última ‘pifia’ de la FIFA
Apenas ha echado a rodar el balón en Sudáfrica y ya empieza a olerse que el mayor evento futbolístico del mundo no tendrá, en esta ocasión, el brillo y el esplendor que se espera de tan distinguida cita. La FIFA quiso saldar una cuenta pendiente con África al darle su primer Mundial, y no ha tardado mucho en empezar a arrepentirse de ello.
Las dudas que asolaron los meses previos al Mundial, concretamente las referentes a la seguridad, se han convertido rápidamente en realidades. Los atracos y los robos empezaron incluso antes de la inauguración y se han sucedido sin que las fuerzas de seguridad del país hayan dado síntomas de poder prevenir o evitar tales actos delictivos. Afortunadamente, por ahora, no ha habido que lamentar más que la desaparición de bienes materiales, algunos de los cuales se han recuperado. Pero el hecho de que un periodista portugués fuera retenido a punta de pistola mientras le robaban ilustra la seriedad del problema y demuestra que, por desgracia, peores cosas pueden pasar en Sudáfrica.
A la falta de seguridad se suman las carencias de ciertas infraestructuras y los problemas de organización que han denunciado muchos de los están viviendo el Mundial en persona. Y lo peor es que, de momento, a todas esas contrariedades externas también hay que añadir el escaso espectáculo que se está viendo en los terrenos de juego. Y mucha culpa de eso la tiene también la FIFA. Cada Mundial los cerebros del máximo organismo futbolístico tratan de introducir un balón más volátil y más fácil de rematar, lo que, en teoría, debiera aumentar el número y la espectacularidad de los goles. Sin embargo, lo único que están logrando es acabar con la carrera de varios porteros y dificultar el juego, pues la mayoría de pases largos o tiros lejanos acaban en la grada. Y por si todo eso no fuera poco, los árbitros aficionados que la FIFA parece rebuscar en países subdesarrollados ya han empezado a hacer de las suyas.
Queda un mes de Mundial por delante y está claro que lo mejor está por llegar. Los comienzos siempre son difíciles, pues los nervios siempre juegan malas pasadas (que se lo digan a Argentina, que falló tiros como una escopeta de feria y estuvo a punto de dejarse empatar por Nigeria). Pero los errores de la FIFA ya han empezado a aflorar. Y el primero de ellos ha sido llevar el torneo más prestigioso del mundo del fútbol a un país que no estaba preparado para ello. Ya se sabe que los favores políticos casi siempre se imponen a la lógica a la hora de conceder responsabilidades tan notables como la de acoger un Mundial (ahí está el caso de los Juegos de Londres 2012). Sólo cabe esperar que esta pifia ayude a que los mandatarios del fútbol internacional actúen con mayor responsabilidad a la hora de conceder los próximos torneos.
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Nadal encuentra el equilibrio
Sólo los más forofos, los ilusos o los excesivamente optimistas habrían vaticinado hace algo más de un par de meses, cuando Rafael Nadal caía al número cuatro del mundo tras perder en semifinales en Indian Wells, que el manacorí ascendería hasta lo más alto de la clasificación mundial antes incluso del ecuador de la temporada. Los torneos de tierra que se avecinaban no eran muy halagüeños, pues el español debía defender una gran cantidad de puntos. Pero por enésima vez Nadal ha demostrado que no es un tipo contra el que se pueda apostar.
Roland Garros ha vuelto a encumbrar a su hijo adoptivo, un niño de 24 años que cautivó definitivamente al público parisino con sus lágrimas por la victoria y sus palabras de agradecimiento en francés. Con la edad a la que Roger Federer había sumado sus cuatro primeros Grand Slam, Nadal atesora ya siete, cinco de ellos sobre la arcilla de la capital gala. Y su reconquista del número uno mundial tiene especial mérito teniendo en cuenta a las circunstancias en las que lo ha logrado.
Consumido por las lesiones, Nadal ha debido pulir su juego para desgastar menos su físico y sorprender a unos rivales que habían aprendido a contrarrestar su tenis. Jugando más profundo y dominando más los puntos, el mallorquín se convirtió en un ser de otro planeta en París, donde no cedió un solo set. Los gestos de impotencia durante la final de Robin Soderling, su verdugo en 2009, el hombre que le impidió sumar cinco títulos consecutivos en Roland Garros, fueron el ejemplo más claro.
El regreso a lo más alto de Nadal se ha fundamentado en saber encontrar el equilibrio perfecto. Renunció por primera vez a jugar el Conde de Godó, torneo por el que profesa un especial cariño, y la estrategia para dosificarse le ha salido a la perfección. Los tropiezos de Federer, que con 29 años ya empieza a dar muestras de cierto cansancio, especialmente en lo mental, han adelantado lo que tenía que suceder tarde o temprano. Ahora, desde el número uno, Nadal afronta la segunda mitad de la temporada con tranquilidad, pues el esfuerzo más grande ya está hecho y, a partir de aquí, todo es más favorable. Mal tendrán que dársele las cosas para que ceda el trono este año. Su objetivo, por tanto, debe ser llegar al máximo a los dos grandes que quedan para seguir sumando.
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