Lejos de provocar el éxtasis y la admiración que rebosaron sus anteriores triunfos, las recientes victorias de Alberto Contador y Fernando Alonso han dejado un regusto extraño. Y todo porque en ambos casos ha adquirido especial protagonismo una práctica, la de permitir ganar al contrario, rara dentro del deporte de competición, aunque no se trate de nada nuevo. Lo curioso es que, siendo ambas situaciones similares, las reacciones que han despertado son totalmente opuestas.
Contador, convencido de tener encarrilado su tercer Tour, permitió a su amigo y gran rival Andy Schleck adjudicarse el triunfo en la mítica etapa del Tourmalet, a cuya cima llegaron de la mano. Lo del ciclista de Pinto fue visto como un gesto de amistad, y tal vez de redención, pues antes había birlado al luxemburgués el liderato atacando en el momento que a Schleck se le salía la cadena. Ese detalle, criticado por algunos, lo pudo redimir Contador en el mítico puerto de Los Pirineos, donde reconoció haber dejado ganar a su oponente. Y precisamente ahí fue donde se equivocó, pues si bien es un detalle de caballero ceder tan prestigioso triunfo, el hacerlo de forma tan descarada y además alardear de ello es un error, y una ofensa para un deporte que se ha hecho grande gracias a la crueldad y la dureza, algo que se ha echado de menos en este Tour de la fraternidad.
Felipe Massa, en cambio, no reconoció haber dejado pasar a Fernando Alonso en el Gran Premio de Alemania. Pero su expresión facial era toda una revelación. Ferrari le ordenó ceder la victoria al asturiano, y el brasileño, obediente, levantó el pie del acelerador para que Alonso, con más posibilidades en la lucha por el Mundial, volviera a optar al título. El caso del equipo italiano es todavía más vergonzoso, porque las descaradas órdenes a su piloto las pudo oír todo el mundo a través de la radio y porque en la Fórmula 1 tales maniobras están expresamente prohibidas. Por muy mal que siente verse incapaz de adelantar a un compañero notablemente más lento, la esencia del Gran Circo radica en esa especial dificultad para adelantar. Cualquier piloto debe defender su posición con uñas y dientes sin importar intereses de equipo, más aún cuando lo contrario es ilegal.
No es la primera vez que sucede algo similar, ni en el Tour ni en el Mundial de Fórmula 1. Sin embargo, no dejan de ser situaciones que hacen daño a ambos deportes. En los dos casos se atenta contra la competitividad, que es el alma misma de cualquier prueba deportiva a nivel profesional. Y, si bien en el caso de Contador puede llegar a entenderse, porque un tipo como Schleck se merece ese detalle, lo que más ha ensuciado ambos gestos es el poco tacto a la hora de enmascararlos. Si ya dejarse ganar no es algo del todo correcto, el hacer ostentación de ello debiera, incluso, acarrear algún tipo de sanción, pues es algo que destruye los principios básicos del deporte.
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Dejarse ganar
Pilotos 'inhumanos'
Los deportistas de élite, por lo general, son seres humanos con una resistencia y una capacidad de recuperación, tanto física como mental, que escapan muchas veces a lo imaginable. El Mundial de motociclismo es un prolífico huerto donde germinan algunos de los superhombres más sorprendentes. Pilotos que salen ilesos de las caídas más brutales, capaces de acabar ganando una carrera pese a besar el suelo o de resistir el dolor más violento para competir al máximo nivel pese a acarrear una grave lesión.
Esta temporada el campeonato del mundo de las dos ruedas ha confirmado que entre su nómina de participantes cuentan con un buen número de extraterrestres. El caso más insólito lo ha protagonizado Valentino Rossi. El italiano se fracturó la tibia y el peroné el pasado 5 de junio. En principio, el tiempo de recuperación estimado era de seis meses, es decir, que no volvería a competir hasta la próxima temporada. Doctores italianos redujeron esas estimaciones a cuatro meses. Pero el verdadero Dottore dictó su propio juicio y sólo 41 días después regresó a la competición de máximo nivel, un récord probablemente insólito en el mundo del deporte.
Los esfuerzos de los doctores, la cuidada y concienzuda rehabilitación y, sobre todo, las sesiones de recuperación en una cámara hiperbárica fueron claves en el milagro. Pero está claro que para cualquier otra persona, deportista o no (sólo hay que pensar el mantecoso Ronaldo Nazario de Lima), tal hazaña habría sido inalcanzable. Rossi lleva años demostrando que es un superdotado, inteligente como pocos en las pistas, el más hábil sobre dos ruedas e, incluso, un destacado piloto sobre cuatro. De sus excepcionales condiciones físicas nadie dudaba, pero esta última proeza sobrepasa cualquier estimación.
Con todo, el italiano no es el único que parece escapar de los dolores y debilidades que la naturaleza ha guardado siempre para el ser humano. Ahí está el imberbe Marc Márquez, un chavalito de 17 años que ha desarrollado con una rapidez asombrosa la fortaleza mental y la madurez de los mejores. Empezó a ganar hace unos meses, y ya no ha parado. Lleva cinco victorias consecutivas y va camino de convertirse en el acaparador de todos los récords de precocidad. Él es el tercer eslabón del terceto de pilotos españoles que pueden acaparar este año los tres títulos mundiales. Toni Elías y, sobretodo, Jorge Lorenzo, son otros dos ejemplos, dos seres especiales más que esta temporada pueden hacer historia. Rossi, aunque no ganará, ya la ha hecho.
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Justicia poética
Escribo estas líneas antes de disputarse el partido definitivo del Mundial de Sudáfrica, ignorante de la suerte que deparará a España el encuentro más importante de su historia. Sin embargo, desde una concepción, digamos, poética del deporte del balompié, el resultado, quizás, sea lo de menos. Final y tambores aparte, hay motivos de sobra para exultación.
El ardor de la Oranje y la Roja, tan cálidos sus colores como su juego, ha seducido en Sudáfrica a las esquivas deidades del balón. A ellas les han cobrado un débito pendiente que el fútbol ya no podía sostener más. Sólo el alcanzar la final ya fue una recompensa, inesperada para los holandeses e histórica para los españoles, con la que saldar todo lo que se adeudaba, a unos por lo que fueron (infinitas generaciones de magia y plasticidad, como las de Cruyff, Van Basten o Bergkamp) y a otros por lo que son (tal vez la selección más alabada y más seductora, precisamente, desde la Holanda de los 70).
El fútbol, siempre caprichoso en su cita más apoteósica, los Mundiales, ha sido esta vez ecuánime, premiando el culto al balón, a la belleza, y castigando la medianía. Por el camino se han arrastrado y caído la rácana Italia, la circense Francia, la temblorosa Inglaterra, la irreal Argentina y la traidora Brasil, desleal la canarinha a los ideales que tantas alegrías les ha brindado en la Copa del Mundo. El corazón uruguayo y el descaro alemán se abrieron paso con merecimiento entre tanta hierba seca. Pero sólo a Holanda y España se les reservó el honor de desfilar gozosos sobre el verde terciopelo del Soccer City Stadium.
Abundan, probablemente en exceso, los campeones al estilo de Grecia en la Eurocopa de 2006 o del Inter de Milán en la última Champions. Y, aunque merecida tienen su gloria, al amante del buen fútbol siempre se le apaga un poco la ilusión al ver que el intentar jugar como los dioses conlleva castigos divinos (la cruel derrota de Holanda en el ’74, el despiadado atraco a la España de Camacho en Corea y Japón,…), en lugar de triunfos.
Holanda y España han buscado esa perfección mística durante años. Bien es cierto que en Sudáfrica ni los unos practicaron el fútbol total que enseñó Cruyff, ni los otros fueron el equipo idílico de Austria y Suiza. Tal vez se volvieron más rudos e inflexibles, sin renunciar por ello a su celo por el toque. Pero, desde una perspectiva histórica, desde la visión de un apasionado de la exquisitez futbolística, el que ambos alcanzaran la final de Johannesburgo fue un acto de justicia absoluta, como una orden dictada por un tribunal de vigías de la excelencia. A los que adoramos este deporte Sudáfrica nos deja, pese a sus estridentes vuvuzelas, su infame Jabulani, sus funestos arbitrajes y su inseguridad, una sensación de justicia poética. Sólo por ello, los años de desazón parecen merecer la pena.
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Tecnología y deporte: las dos caras del dilema
En el mundo del deporte, práctica lúdica casi tan antigua como la propia humanidad, a la tecnología se le ha mirado siempre con el ceño fruncido. O, como en el caso de la FIFA, directamente con los ojos fuera de sus órbitas y un hacha de guerra en la mano. No ha sido fácil conseguir que disciplinas de tan pulcra tradición como el tenis o el golf, por citar dos ejemplos, abrieran su reglamento a los nuevos materiales y aparatos que la evolución nos ha brindado. Y también costó en su momento que los mandamases de esos deportes asumiesen la necesidad de dotar a árbitros y jueces de una ayuda virtual, enterrando el factor de la imprevisibilidad pero favoreciendo la aplicación de la justicia.
La cuestión es complicada. En las dos decisiones posibles sobre el dilema -el de aplicar la tecnología al deporte o no- el excederse, tanto por quedarse cortos o por rebasar los límites que dicta la razón, puede desvirtuar enormemente la competición. Los dos extremos se han debatido en las últimas semanas en los que han sido, en estos días, los dos polos del planeta deportivo, Wimbledon y Sudáfrica.
En el Mundial, los errores de la FIFA han quedado una vez más al descubierto. Este mismo año la comisión encargada de estudiar la inclusión de las tecnologías en el fútbol denegó tal avance, apelando a las raíces y la tradición de su deporte. Sin embargo los clamorosos errores arbitrales, por los que Joseph Blatter ha tenido que pedir disculpas en un harakiri público, han destapado lo desacertado de tal decisión y han provocado que el asunto vuelva a considerarse de forma oficial. Eso sí, de ceder, la FIFA sólo accederá a introducir un mecanismo para evitar los goles fantasma, lo cual no acaba de resolver el problema. La introducción del vídeo podría dañar la esencia del deporte, ralentizándolo y perjudicando al ritmo del juego, pero la clave está en saber aplicarlo con cabeza, estableciendo restricciones para que sólo se pueda recurrir a él en jugadas clave y con unos límites razonables.
El ojo de halcón, en el tenis, es un buen ejemplo de cómo el vídeo puede ayudar al desarrollo de un deporte si se sabe introducirlo con juicio. Sin embargo, también en el mundo de la raqueta se demuestra que el no poner límites a la tecnología puede ser perjudicial. Wimbledon ha visto renacer a Thomas Berdych, un tenista que vagaba perdido en el olvido desde hace años. En enero decidió cambiar su raqueta y probar un cordaje de última generación, que da mayor efecto a la pelota y favorece a los jugadores de técnica menos precisa. Con él, Berdych ha logrado los mejores resultados de su carrera y ha estado cerca de conquistar su primer Grand Slam en la primera final que disputaba. Rafael Nadal, que sólo entiende de sentimientos, ajeno totalmente a la ciencia, fue el único capaz de pararle. Con todo, las voces en contra de estos nuevos materiales se han multiplicado, y la pelota está, otra vez, en el tejado de la Federación Internacional. Parece claro que, mientras siga avanzando la técnica, a los organismos deportivos no les faltará trabajo.
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