Más cerca de Escocia que de Inglaterra

La semana pasada más de 2.000 personas acertaron el pleno al 15 de la Quiniela. Lejos de suponer una excepción, lo cierto es que rara es la jornada en la que los ganadores no se cuentan por decenas. Poco margen para la sorpresa hay últimamente en una campeonato cada vez más predecible, más desigual y, en consecuencia, menos emocionante. La otrora mejor liga del planeta navega por aguas turbulentas con un rumbo peligroso: el que la puede llevar a convertirse en una copia de la Premier League escocesa, en lugar de, como sucedía hasta hace poco, competir por el trono mundial con la inglesa.

La crisis ha agravado un problema que hasta ahora no había resultado tan perturbante. Diferencias económicas entre los dos grandes –Real Madrid y Barcelona– y el resto siempre ha habido. Pero la delicada situación actual ha incrementado el abismo. Ni siquiera los históricos del campeonato, como Atlético de Madrid y Valencia, tienen el potencial suficiente para contratar a los jugadores de primerísimo nivel que sí pueden permitirse merengues y azulgranas. Y ello hace que cada año, fichaje a fichaje, las distancias futbolísticas vayan aumentando.

Disputadas doce jornadas el Madrid, parejo con el Barça, ya está a ocho puntos del tercero. Y el resto saludan desde la lejanía, a más de diez puntos del líder. Hay que viajar hasta Escocia para encontrar una situación similar, con los dos equipos de GlasgowCeltic y Rangers– claramente destacados por encima del resto y deseando desde hace años que les permitan competir en Inglaterra. Allí, en la Premier, sí han conseguido confeccionar un campeonato apasionante, con emoción cada fin de semana y derbis electrizantes a puñados. En Inglaterra, donde cuentan ya 14 jornadas, a los seis primeros les separan apenas seis puntos. Y eso que todavía se espera al Liverpool, dormido en este inicio de año.

Bien es cierto que allí, en la pérfida Albión, la irrupción de los magnates multimillonarios ha convertido en aspirantes a equipos que nadaban en la vulgaridad en manos de sus anteriores dueños. Sucedió primero con el Chelsea, ahora con el Manchester City y seguramente pase con alguno más en el futuro. Pero también es un hecho que la buena organización y la sólida estructura con la que cuentan allí todos los clubes de la primera y la segunda división harían sonrojarse a la mitad de clubes de nuestra Liga.

Lo más grave es que ahora pretenden introducir un nuevo reparto de los derechos televisivos con el que Barça y Madrid se lleven todavía más parte del pastel. Y sí, siendo ellos quienes más generan, la lógica del mercado impone que sean los que más reciban. Pero si hemos de anteponer el bien de la competición, tal vez haya que reconsiderar nuestras convicciones para no agravar lo que ya es un serio problema. Seguro que ninguna de las partes implicadas desea que esto se convierta en Escocia, ni mucho menos que los dos grandes acaben suplicando que se cree una liga europea donde competir con equipos de su nivel, una opción que se barajó en su momento y que supondría, seguramente, la muerte de los campeonatos nacionales. Seamos sensatos y busquemos la forma de que el resto de clubes puedan ir asomando la cabeza. Sólo así nos podremos acercar a la mejor liga del mundo que, hoy por hoy, es sin duda la inglesa.

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Alonso, de las lágrimas a la perspectiva

A principios de año parecía más que probable. Mediado el campeonato, semejaba una quimera. Y al abordar la última carrera se había tornado una apuesta segura. Lo ha visto muy lejos y muy cerca, pero finalmente Fernando Alonso no ha podido convertirse en tricampeón del mundo. Las mieles del éxito fueron para el joven Sebastian Vettel por gracia de un doloroso error de Ferrari, que tiró por la borda con una decisión todo el trabajo de una temporada histórica. El año del esfuerzo más heroico por pelear por el título en claras condiciones de inferioridad será recordado por las lágrimas finales de Alonso, que no deben, pese a todo, empañar la increíble hazaña del asturiano.

Lejos de intentar señalar culpables o torturarse reflexionando sobre lo sucedido, lo más sensato en estas situaciones es responder como lo hizo Alonso, tras los llantos, en su primera comparecencia ante las cámaras: reconociendo el sobresaliente éxito alcanzado esta campaña y comenzando a pensar en la siguiente. Nadie hubiera adivinado que, con un monoplaza tan inferior al Red Bull, el español estuviera tan cerca del título. Ello ha evidenciado que Alonso es, en este momento, el mejor piloto del mundo. Y raro será que, a poco que Ferrari le proporcione un monoplaza más competente, el asturiano no conquiste su tercer título en el futuro. Aunque decisivos, los errores de la Scuderia y su piloto han sido escasos este año, y ése debe ser el camino que han de seguir para regresar a lo más alto.

El sustantivo “fracaso” se asoció más que nunca a Fernando Alonso porque a la hora de tomar la última salida del año tenía el Mundial en su mano. Pero también Mark Webber abandonó Abu Dabi cabizbajo. Por el global de su temporada, era el segundo piloto que más merecía ese título. Sobre todo por haber remado contra corriente en las aguas de su propio equipo, víctima de decisiones que favorecían siempre a Vettel para perjudicarle ocasionalmente a él. Si el alemán no hubiera embestido a su compañero de equipo en Turquía, por ejemplo, puede que otro gallo hubiera cantado para el australiano. Webber se ha mostrado inconsistente en el momento decisivo de la temporada y, aunque ha perdido una oportunidad única para coronarse campeón, puede caminar por el paddock con la cabeza bien alta.

La fiesta, finalmente, ha sido total para Red Bull, que se ha llevado el título de marcas y ha coronado a su ojito derecho. Siendo puramente objetivos, nadie puede dudar de que ambos laureles son claramente merecidos, pues se ha impuesto el primer piloto del equipo con el mejor coche. Sin embargo queda la sensación de que el joven Vettel, un piloto excepcional pero todavía inestable e imprudente, ha hallado excesivo premio para una temporada irregular, plagada de errores y salvada por la excelsa superioridad de su monoplaza y los favores de su equipo. Es casi indudable que, de haber conducido un Ferrari o un McLaren, el imberbe teutón nunca se habría convertido en el campeón del mundo más joven de todos los tiempos.

La historia ya está escrita, y los libros recogerán en el futuro el Mundial 2010 como uno de los más apasionantes que jamás ha brindado la Fórmula 1. El talento de Alonso, la furia de Lewis Hamilton y la intrepidez de Vettel seguirán ofreciendo batallas memorables si los mandamases del gran circo continúan fomentando la igualdad y la competitividad con los continuos cambios que introducen. Eso sí, si Adrian Newey y su equipo de ingenieros siguen sacándose maravillas como el RB6 de la chistera, esa paridad quedará comprometida, especialmente teniendo que cuenta que Vettel habrá de madurar algún día. Aún así, a buen seguro que Ferrari y Alonso estarán, como este año, dispuestos a aceptar el reto. No en vano, analizando con cierta perspectiva, el desarrollo del nuevo monoplaza, primer paso para arrebatar el trono al equipo energético, comienza en unos pocos días.


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Adiós a Gebrselassie… ¿o hasta luego?

Cuesta creer que sea cierto. Será –murmura la negativista consciencia– un calentón pasajero, palabras que manan de la rodilla dolorida, silenciado el propio discernimiento por el dolor y la frustración. Sucede que Haile Gebrselassie, tal vez el mejor fondista de todos los tiempos, ha resuelto no volver a competir tras abandonar la Maratón de Nueva York lesionado. Se retira el ídolo atlético de nuestra generación, orgullo de Etiopía, legítimo heredero del gran Abebe Bikila.

Una tendinitis ha destrozado la moral del hombre indestructible. A los 37 años, Gebre porta la vitola de mejor corredor de maratón del planeta sin que la edad parezca suponerle un obstáculo. Su físico le ha respondido como lo hizo siempre desde que ganó su primer Mundial en 1993, con apenas 20 primaveras. Sin embargo, en el kilómetro 25 de la cita neoyorquina, sobre el puente de Queensboro, aquél que Woody Allen hizo eterno con su bella Manhattan, la historia idílica de Gebrselassie con el atletismo se topó con un inesperado final. El dolor era insostenible. Había que abandonar.

Si al guión de la carrera del etíope le queda todavía un epílogo, es una incógnita. Dependerá de lo que suceda en los próximos días. Sus dos oros olímpicos y cuatro Mundiales en los 10.000 metros nunca han sido suficientes para Gebre, que soñaba con subirse a lo más alto en la distancia más emblemática, la maratón, al menos una vez en su vida. Desde que diera el salto a la prueba de los 42 kilómetros pocos le han hecho sombra. A pesar de alguna lesión puntual, cuando ha estado en forma ha sido intocable. Suyos son los récords mundiales de maratón, del medio maratón y de la hora. Y sus marcas parecen tener un lugar asegurado en los libros durante unos cuantos años.

Ambicioso como es, Gebrselassie deseaba colgarse el oro olímpico antes de colgar las zapatillas para dedicarse, seguramente, a la política, pues siempre le hizo feliz poder ayudar a los suyos. Tenía marcada en el calendario la carrera de Londres 2012, tal vez su última oportunidad para alcanzar la gloria, esta vez sin el obstáculo de las condiciones ambientales adversas por las que renunció a correr en Pekín, temeroso de que además de no ganar, su salud se viera castigada. La lógica dice que, si trata bien esa rodilla, tiene tiempo de sobra para llegar a la capital del Támesis en condiciones. Otra cosa es que él encuentre la disposición moral necesaria.

A lo largo de las dos últimas décadas, Haile Gebreselassie ha sido un ejemplo de superación, sacrificio y constancia. Sus triunfos enamoraron a muchos escépticos del atletismo y le ganaron la admiración de todo el planeta. Lejos de dejarse consumir por el éxito, quiso estar siempre cerca de sus raíces, en la región etíope de Arsi, donde nació, invirtiendo sus ganancias en el futuro de su país, ayudando a crear empleo o luchando contra el SIDA. Siempre lo tuvo claro: “Podría vivir una vida muy cómoda en cualquier lugar del mundo. Pero elegí quedarme en mi patria porque aquí puedo marcar una diferencia”. De confirmarse su marcha, el atletismo habrá perdido a un mito, pero sobre todo a un ser humano excepcional. Etiopía, en cambio, espera con ansia a quien, a buen seguro, será un líder fiable, humilde y comprometido.

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