7/5/11

Con Mussolini el deporte era más rentable

La Universidad Carlos III de Madrid acaba de publicar un estudio que cifra en 40 millones de euros el dinero que cuesta fabricar un oro olímpico. Es decir, que esa es, aparentemente, la inversión que un Gobierno ha de realizar para que un deportista alcance la gloria en los Juegos. ¿Es éste un ejemplo más del escaso criterio con el que se gestiona el gasto en investigación? Si Benito Mussolini despertara del sueño eterno podría, seguramente, ofrecer una opinión contundente al respecto.

El otrora dictador italiano fue un maestro en el arte de utilizar el deporte para el ensalzamiento de su persona y del régimen fascista. Sus mecanismos propagandísticos incluyeron una forma de rentabilizar la inversión en deporte que, de seguir vigente, bien podría haber contradicho a los citados investigadores de la Carlos III.

Italia finalizó en séptimo lugar en los Juegos Olímpicos de París 1924, conquistó un impresionante segundo puesto en Los Ángeles 1932 y ganó más de veinte medallas en Berlín 1936. Todo ello siguiendo una estrategia muy sencilla: centrar gran parte de sus inversiones y esfuerzos en los deportes más minoritarios, los menos populares y en los que la competencia es mucho menor, como por ejemplo las diferentes modalidades de tiro y las disciplinas menos practicadas del atletismo.

¿40 millones de euros por un oro olímpico? Parece difícil pensar que formar un equipo competente de cama elástica, de curling o de sófbol pudiera costar tanto. El hecho de que en los Juegos Olímpicos se incluyan deportes de tan escaso pedigrí bien podría servir de incentivo para que algún país retomara las prácticas de Mussolini en nuestra época para tratar de triunfar sin tener que desembolsar (si es que el estudio tiene algo de cierto) esos 40 kilos.

El deporte, herramienta del fascismo italiano

No sólo en ese aspecto se sirvió Mussolini del deporte. Empeñado en adoctrinar al pueblo para crear una especie de veneración hacia su figura, el Duce se retrataba frecuentemente como un valeroso jinete, un experto tenista, un gran campeón de esgrima o un musculado atleta. Fotografías que luego hacía llegar a los italianos con la intención de suscitar su admiración.

Las actividades deportivas adquirieron también una relevancia importante en la integración de los jóvenes en el movimiento fascista. En la Opera Nazionale Balilla (ONB), única organización juvenil permitida por el régimen, utilizaba el deporte como medio de "educación física y moral". O, dicho de otro modo, como una forma de lavar cerebros.

La mecánica propagandística de Mussolini es la culpable, igualmente, de que en el lenguaje deportivo italiano se instauraran términos como "calcio", "rigore" y "volata". La Subsecretaría de Prensa y Propaganda (más tarde conocida como Ministerio de Cultura Popular) veló por la romanización e italianización del habla en todos los ámbitos, evitando que en el deporte se propagasen anglicismos como "fútbol", "penalti" y "sprint". Por ese motivo Italia es uno de los pocos países donde el fútbol no se llama fútbol, sino calcio. Una curiosidad que, al igual que mucho éxitos olímpicos del pasado, los azzurros deben a su ex dictador.


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1 comentario:

  1. Es verdad si queremos que nuestros deportistas nos den triunfos, hay que invertir, no tanto haciendo un lavado de cerebro para beneficio personal, como si estimular al deportista tanto como se debe estimular a cualquiera que le de glorias a un país, no podemos esperar recibir glorias sin invertir, el deportista necesita tener toda una concentración y satisfacción; pero si esperamos que un padre de familia o un hijo trabaje para mantener a su familia y en los ratos libre los dedique al deporte es casi imposible que se logre una victoria.

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