Ajedrez, modelo ético contra el dopaje

Acostumbrados como estamos a ver en la competición a deportistas que en algún momento de sus carreras se doparon y fueron sancionados por ello, sorprende el esperanzador caso del ajedrez, un deporte (o juego) en el que los castigos por hacer trampas deberían servir de modelo a otros muchos. No son frecuentes las prácticas ilegales sobre el tablero cuadriculado, donde imperan la nobleza y la caballerosidad. Pero, cuando alguien se sale del carril, la reacción contra el tramposo es contundente.

Así ha sucedido esta semana con tres ajedrecistas franceses, apartados de la competición por la federación de su país sin que tan siquiera se haya probado todavía su culpabilidad. Sébastien Feller, Arnaud Hauchard y Cyril Marzolo están siendo investigados por hacer trampas de forma organizada durante la pasada Olimpiada de Janti-Mansisk (Rusia), posiblemente por dopaje electrónico. La FFE, lejos de aferrarse al patriotismo y hacer oídos sordos, como ocurre en un sinfín de ocasiones en el ciclismo español, ha reaccionado de forma rápida e inflexible.

Y es que el ajedrez ha sido testigo ya de sanciones ejemplares, como la que recibió el indio Umakant Sharma, suspendido por diez años tras probarse que le habían chivado las jugadas a través de un pinganillo. Incluso aunque no haya sanción oficial, las trampas marcan la carrera de un ajedrecista enormemente. Cualquiera que sea cazado es expulsado automáticamente del torneo en que se encuentre, y durante el resto de su vida porta una mancha imborrable que le costará invitaciones a otros campeonatos y la repudia de sus compañeros.

Uno se pregunta qué sucedería si las federaciones de ciclismo o atletismo funcionaran de la misma manera. Posiblemente cientos de deportistas, como Alejandro Valverde o Dwain Chambers, hubieran sido apartados para siempre de la competición. Seguramente, el proceso contra Alberto Contador, a estas alturas, ya estaría resuelto. Y es muy probable que las prácticas ilegales destapadas por la Operación Galgo hubieran salido a la luz mucho antes. En el ajedrez, si uno sospecha que alguien hace trampas, lo denuncia. En el resto de deportes impera el secretismo y el enmascaramiento. Bien harían muchos en tomar ejemplo.


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Millones extranjeros, oxígeno para la Liga

Ha desembarcado en un club español otro multimillonario extranjero y miles de puristas han exprimido sus gargantas a coro para denunciar con fervor tal perjuicio a la esencia del fútbol patrio. Sinceramente, no lo entiendo. Desde una perspectiva pragmática del negocio del fútbol, está claro que es lo mejor que le puede pasar a la Liga, dada la situación en la que se encuentra.

La ecuación es muy simple. Es obvio que en España el reparto de las riquezas entre los clubes –sobre todo de los derechos televisivos– es tan desigual que antes de llegar al ecuador del campeonato el nivel de emoción roza lo absurdo, con un abismo mediando entre los dos grandes y el resto. Puesto que parece imposible alcanzar un acuerdo para dividir más justamente el pastel porque los más beneficiados no ceden, la única forma de conseguir que los demás equipos puedan alcanzar un nivel decente es con la inyección económica que proporcionan los acaudalados inversores extranjeros.

Si la liga inglesa nos supera con creces desde hace años es, en gran medida, por esto. Chelsea y Manchester City, por ejemplo, se hicieron grandes gracias a sendos multimillonarios foráneos, y ello ha propiciado que ahora mismo hasta cinco equipos peleen encarnizadamente por un vibrante campeonato. Y a ello contribuye también el que allí, en la pérfida Albión, el reparto de los derechos televisivos se realiza de forma racional, sin discriminaciones. Mientras en España equipos como el Sporting de Gijón o el Málaga reciben 11 veces menos dinero que Real Madrid y Barcelona, en Inglaterra las diferencias son escasas, pues el peor pagado cobra más de la mitad de lo que perciben Manchester United, Liverpool o Chelsea (aquí los datos de 2010).

El Málaga fue el pionero en la Liga con la llegada del jeque catarí Abdullah ben Nasser Al Thani, y ahora el Racing de Santander sigue su ejemplo al vender la mayoría de su capital al indio Ahsan Alí Syed. Tras el anuncio de la operación, he leído comentarios como “Si se pierde la esencia del club y su historia, se perderá todo” o “Mi equipo también está mal de dinero y no quiero una operación de esas en mi club”. Quienes opinan así deberían pararse a reflexionar y analizar qué es lo que más les conviene.

Cierto es que estos señores no conocen la historia ni la tradición de los clubes que compran, pero casi todos –siempre hay algún inconsciente que quiere controlar todo y se acaba estrellando– vienen con una idea de negocio clara y con la intención de rentabilizar su inversión obteniendo éxitos deportivos. Si una invasión de señores como estos hace que los clubes saneen sus cuentas, iguala la competición y eleva el rendimiento de los equipos españoles en competiciones europeas, bienvenidos sean. Ojalá lleguen tres o cuatro más y dentro de unos años podamos decir que la española vuelve a ser la mejor liga del mundo.

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De competiciones y competencias

Ahora que el temporal en la guerra por los derechos televisivos del fútbol había amainado, calmados Mediapro y Sogecable por un concurso de acreedores y el inicio de la competición, el Gobierno de Canarias ha levantado las espadas en duelo contra la Liga y las televisiones. El Tenerife – Las Palmas de la próxima jornada de la Liga Adelante, si nadie lo evita, se emitirá en abierto por deseo del presidente de la comunidad. Y Canal+, que había escogido ese partido para retransmitirlo el domingo por la mañana, perderá uno de los choques más atractivos del calendario.

El asunto cobra relevancia porque la decisión del ejecutivo canario se acerca mucho, a simple vista, a una cacicada. Las comunidades autónomas no poseen, según la ley, competencia para determinar qué partidos son de interés general. Y el gobierno que dirige Paulino Rivero se ha tomado la licencia de adjudicarse esa potestad con total impunidad, adoptando una medida populista que solo servirá para avivar la controversia en los siempre espinosos litigios sobre los derechos televisivos del fútbol.

Con las vergonzosas cantidades de dinero que pagan Mediapro y Sogecable por televisar el deporte rey, lo último que van a consentir es que por ganar unos cuantos votos cualquier gobierno autonómico de turno pueda chafarles las retransmisiones más interesantes. Sobre todo cuando ese tipo de partidos no se acerca ni por asomo a lo que la ley reconoce como acontecimientos de interés general. Lo lógico es que los jueces actúen rápido y paren los pies a Rivero y compañía, porque de lo contrario en el futuro surgirán graves problemas en situaciones similares, cada vez que se dispute un derbi regional.

Si los canarios quieren ver el partido y no tienen Canal+, que vayan al bar, como el resto de los mortales. El aficionado de a pie debe entender que las televisiones son las que sostienen económicamente la Liga. Por ello, en infinidad de ocasiones, las decisiones impopulares son justas y necesarias para el futuro de la competición. Si obligamos a dar en abierto todo acontecimiento deportivo que tenga un mínimo interés, las plataformas de pago se quedarán sin partidos que ofrecer, y su quiebra supondría el final de la Liga tal y como la conocemos.


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¿Es justo el sistema del Balón de Oro?

El Balón de Oro adorna la estantería en la casa de Lionel Messi por segundo año consecutivo y en España se ha vivido un cataclismo. Nadie que esperara cierto criterio de quienes otorgan tan valorado galardón podía imaginar que el premio no acabara en manos de un jugador español, ya fuera Xavi o Iniesta. Pero lo cierto es que si nos hubiéramos parado a reflexionar sobre el nuevo sistema de votaciones instaurado este año, la cosa habría estado más clara desde el principio.

Cabía esperar, por la ilógica tradición que envuelve al Balón de Oro, que el premio recayera en un jugador de la España campeona del mundo. Hasta Fabio Cannavaro, futbolista que no llega a la suela del zapato a tantos otros nunca galardonados, recibió por ese motivo la citada distinción. Vale que el sistema ha variado este año y ya no son sólo los periodistas quienes deciden el ganador. Pero, una vez conocidos los resultados, la incongruencia sigue presente, pues los plumillas habían votado en masa a Wesley Sneijder, con siete votos de ventaja sobre Andrés Iniesta, rompiendo así una costumbre a la que llevaban años aferrados.

El caso es que sumando también los votos de los seleccionadores y los capitanes de los equipos nacionales, el Balón de Oro se lo ha quedado Messi, quien muy probablemente no ha sido el mejor jugador de 2010 y que firmó un Mundial, termómetro por excelencia al hacer una comparativa entre futbolistas, digno de Fredy Rincón en sus mejores años. Ahora bien, habría que aclarar si el premio se entrega al mejor jugador del año en cuestión (desde el 1 de enero al 31 de diciembre) o si se premia al mejor del mundo en el momento de la votación. Sin dejar eso claro de antemano este reconocimiento pierde coherencia y prestigio.

Se podrá discutir que Messi mereciera ganar el Balón de Oro este año o no. Lo que no se puede perdonar es que los españoles nos obcecáramos tanto en nuestro convencimiento de que nadie podía arrebatar la gloria a Xavi o a Iniesta. ¿Cómo pudimos estar tan ciegos? Estaba clarísimo que este premio roza la farsa. ¿Cómo se puede dar una papeleta a dos tipos de Anguila, Islas Vírgenes Británicas, Bután o Monserrat y esperar que no voten a Leo Messi o a Cristiano Ronaldo? ¡Si muchos de ellos ni siquiera sabrán con certeza en qué posición juega Xavi!

Tal vez convendría reconsiderar el sistema de votación. Aunque al final, lo lógico es que todos los miembros de la FIFA tengan derecho a expresar su opinión. Lo que sí habría que aclarar desde un primer momento es qué se está votando, para que quienes tienen el privilegio de poder participar en ese veredicto sepan desde qué perspectiva opinar. Si el premio es por los méritos hechos exclusivamente en 2010, Messi no lo merecía e Iniesta ni siquiera debió estar nominado (no olvidemos que hasta el Mundial había vivido una temporada bastante floja). El ganador moral, para quienes amamos el fútbol, siempre será Xavi. Pero lamentablemente en el futuro apenas se recordará siquiera que fue finalista en dos ediciones consecutivas.

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